Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
20 1 08 EN PORTADA Sin piedad Temporeros del crimen Paisaje tras el crimen. Familias amenazadas de muerte por mafiosos armados y destrucción. Víctimas solas y sin justicia POR VIRGINIA RÓDENAS L es ataron con las corbatas del marido y padre de los cinco niños que dormían en el piso de arriba, por donde entraron a eso de las 2,30 de la mañana. El esposo y el hijo mayor, un adolescente, en un cuarto; la madre y los cuatro pequeños, a otro. Nadie sabía de nadie. Golpes. El dolor seco del miedo perforando el estómago. Cinco encapuchados con acento sudamericano por la casa. Es Madrid capital. Saben lo que quieren y a por lo que van. Noventa minutos de tortura. Saña contra el matrimo- nio de servicio que se resiste a entregar los ahorros de su sacrificada vida de inmigrante la víspera del retorno. Noventa minutos eternos de locura. Lágrimas que bombardean el cerebro. Luego, una existencia colgada del terror, que no sacian siquiera con amurallarse. No quieren recordar más porque no pueden vivir con ello. Nadie puede. Podría haberles tocado también a ellos, un matrimonio y su hijo, un bebé que duerme en la cuna, pero no oyeron nada. Nada. Ni siquiera ladró el perro. Vacaciones en Alicante. Un primer piso en una urbanización cerrada. Abierta la terraza. Vía libre. Cuando se despertaron, les habían desvalijado: ni cámaras, ni dinero, ni documentación, ni llaves, ni relojes, ni teléfonos móviles, ni el coche que estaba en la puerta... Violada la casa, fue menos su casa, y su vida, contaminada con el aliento fantasmal de ellos, de él, o vaya usted a saber de quién, se estremece cuando vuelven a preguntarse qué hubiera pasado si el niño llora, si el perro ladra, si alguno abre los ojos... ¿Nos echarían algo? No lo pueden evitar. Vuelven sobre ello sin proponérselo porque su sueño estuvo en sus manos, ¿qué manos? Atraco a punta de pistola a una entidad bancaria de la Sierra de Madrid Les ataron con las corbatas del padre, al matrimonio y a los cinco niños que dormían arriba, por donde entraron. Luego, les separaron. Nadie sabía nada. Sólo oían golpes De seis a ocho. Como la cita de un médico, de la clase de gimnasia, para las últimas gestiones del día o el tiempo de hacer la compra. De seis a ocho, ni un minuto más, ni un minuto menos. Lo sabían porque la habían vigilado: mujer sola que habita una segunda planta en una urbanización de lujo en el Soto de la Moraleja (Madrid) Vigilancia 24 horas. Primeros de octubre. Plena luz del día. Testigos: una mujer y sus dos niños pequeños que vieron caminar por las calles privadas a tres individuos con una caja fuerte cubierta por un cojín de seda. ¡Qué rara es esta Rosa que hace obra justo después de pasar el aspirador! les extrañó a otros vecinos, pared con pared. Entraron por la venta de la cocina armados con picos y palas. Derechos a la habitación principal y allí, tras el cuadro, a la caja de seguridad. Demolición de la pared. Cuando Rosa llegó a casa, dos horas después de que se hubiera ido la asistenta, pasó al dormitorio a ponerse cómoda y se volvió del revés. Desde entonces no ha sabido nada de su colección de joyas, la mayoría recuerdos de familia, las alhajas de mi madre ni de aquel almohadón de seda con el que los asaltantes abanderaron su impunidad. Exactamente la misma de la que se han beneficiado todos los atracadores y aluniceros que han arrasado otra vida de 40 años de joyera. Porque Marisa abrió tiendas en centros comerciales creyendo