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13 1 08 EN PORTADA Civilizaciones Diálogo en la inopia POR JON JUARISTI. ESCRITOR n el XIX se soñaba en una Alianza de Naciones que terminaría para siempre con las guerras: la liga o alianza de naciones, eso es lo que veremos cantaba el bardo vascongado José María de Iparraguirre en las postrimerías de la segunda guerra carlista. La Sociedad de Naciones, creada en junio de 1919, no impidió una nueva guerra mundial y sus pretensiones de arbitraje naufragaron en el marasmo de las movilizaciones totalitarias. En octubre de 1945, la ONU sucedió a la inoperante Sociedad de Naciones, inspirada en ilusiones análogas a las que presidieron la fundación de ésta. Su ejecutoria no ha sido muy brillante, pero ha tenido un mérito indiscutible: perdurar. Y aunque no ha evitado conflictos armados ni matanzas de poblaciones civiles (en Bosnia y en Ruanda los cascos azules ni siquiera se interpusieron entre verdugos y víctimas) quizá todo habría sido mucho peor de no haber existido dicha organización. La ONU es lo más lejos que ha llegado la humanidad, en materia de diálogo y cooperación internacional. No es como para estar muy orgullosos, pero no cabe esperar más. Las naciones- estado son entidades políticas reconocibles, mejor o peor representadas por gobiernos democráticos o dictatoriales que pueden dialogar entre sí para colaborar en determinados ámbitos o dirimir conflictos. Las civilizaciones no son entes de ficción. Ahora bien, resultan difíciles de definir y no tienen gobiernos que las representen, como las naciones. En la idea de la Alianza de Civilizaciones subyace la incomprensión de una metáfora. Nosotras, las civilizaciones, sabemos que somos mortales afirmó Paul Valéry. Sin embargo, Valéry no era una civilización: era un poeta de radiantes metáforas que no con- E viene tomar al pie de la letra. Nadie puede hablar en nombre de una civilización ni, mucho menos, en nombre de todas. Dentro de algunos años no se dudará de que el choque de civilizaciones de Huntington era una metáfora tan falta de fundamento empírico como otras del mismo tipo que le precedieron- lucha de clases o lucha de razas por ejemplo- aunque todas ellas se refieran a fenómenos que tienen alguna relación con lo que los hombres creen. En la Europa del siglo XVIII se creía en la existencia de razas estables, perfectamente definidas por características físicas y disposiciones morales e intelectuales, destinadas, en función de las mismas, a mandar o a obedecer. El imperialismo y la trata de negros encontraron su justificación en esta creencia que hoy nos parece aberrante y absurda. En el XIX, Marx introdujo la noción de clase, que tomó de los historiadores franceses y definió de nuevo a partir de categorías de la economía política. Aunque llevó su tiempo vulgarizarla, buena parte de la humanidad creyó, durante el siglo pasado, pertenecer a alguna clase enfrentada a muerte con otra que la explotaba y la sometía a una opresión intolerable. Hoy ni los sindicatos que fueron de inspiración marxista mantienen la retórica de sus fundadores. Hablan de trabajadores y patronal, no de clase obrera y burguesía. Algo semejante ocurrirá en un futuro con las civilizaciones de las que creemos formar parte. Hace medio siglo, Fernand Braudel emprendió la más seria tentativa de definir y clasificar las civilizaciones actuales que se haya propuesto hasta la fecha (la de Huntington se apoya en datos más recientes, pero es menos rigurosa) Para Braudel, las civilizaciones son muchas cosas a la vez: espacios, temporalidades de lar- De Braudel a Huntington ga duración, economías, mentalidades. Los años transcurridos desde la publicación de su ensayo obligan a revisar sus certezas de entonces, que eran pocas y cautas, y, a pesar de ello, no inmunes al paso del tiempo. Hoy sería imposible confinar las civilizaciones en geografías bien delimitadas: no sólo las fronteras civilizatorias son cada día más borrosas, LOS PADRINOS José Luis R. Zapatero Presidente del Gobierno Durante una legislatura en la que apenas ha salido de casa ha convertido el diálogo de civilizaciones en el proyecto estrella de su tan recogida política exterior. Diálogo de civilizaciones era la típica consigna puesta a circular por los diplomáticos para calmar el juego durante un tiempo de crisis como el que siguió al 11 de Septiembre. Pero, en su entusiasmo de neófito, el presidente convirtió aquel buen deseo en todo un programa ejecutivo. No se Ban Ki Moon Secretario General de la ONU Recibió el encargo de promocionar el diálogo de civilizaciones de manos de su predecesor, Kofi Annan, quien, a su vez, fue embarcado por Zapatero en la aventura. Se trata, en todo caso, de la típica invitación que nunca podrá ser rechazada por un secretario general de la ONU, que es una institución con una sobrada dosis de fe y que asume que no le queda más remedio que apadrinar todo proyecto con vestiduras de filantropía. Cuando era ministro de puede decir que haya cosechado resultados muy concretos, pero sí le ha dado ocasión para arar en las nubes y repetir al mundo entero sus consignas de laica santidad. EFE Exteriores de Corea del Sur, la Prensa de su país le llamaba La Anguila por su capacidad para escapar de cualquier tipo de encerronas y situaciones comprometidas. AFP