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D 7 6 1 08 GUTIERREZ Y DE LA FUENTE 36 D 7 LOS DOMINGOS DE Don Juan se cuadra ante el Rey tras cederle los derechos dinásticos el 14 de mayo de 1977 ABC EL ESLABÓN No podrán borrarnos nunca la certeza de la felicidad que llenaba a Don Juan el día que renunció a los derechos dinásticos en su hijo n estos días de aniversario y recordatorio fluyen los especialistas en la Familia Real que nos explican cuál ha sido la verdad de Don Juan Carlos y de todo su entorno familiar. Esa verdad de la que no hemos sido capaces de enterarnos porque ellos no habían tenido ocasión de contárnosla. Y entre las muchas barbaridades que se han dicho llama la atención una escuchada esta misma semana en televisión en la que se destacaba la tristeza de Don Juan el 14 de mayo de 1977 al hacer acto de renuncia histórica de los derechos dinásticos recibidos del Rey Alfonso XIII en favor de su hijo, el ya Rey Juan Carlos I. Don Juan de Borbón, para tantos Juan III, supo llevar adelante, con la ayuda callada pero fundamental de Doña María de las Mercedes, una pesada carga. Imaginemos lo que es nacer con la comodidad de ser el tercero en la línea de sucesión de una Monarquía plurisecular, venir al mundo con un futuro razonablemente asegurado y, además, que se te E Ramón Pérez- Maura conceda el mejor de tus sueños: ser marino. Que cuando la tormenta descarga sobre ti, todavía veas una línea de fuga enrolándote en la Armada Británica al amparo de tu tío el Rey de Inglaterra y Emperador de la India. Y que, cuando estás precisamente en la India recibas un telegrama de tu padre en el que se te comunica que todo lo que tú habías previsto para tu futuro, incluso después de tener que redefinir objetivos, se ha acabado porque vas a tener que asumir la carga de ser jefe de la Casa Real española en el exilio. Tras aceptar el mandato de su padre, derivado de las renuncias de sus dos hermanos mayores, Don Juan encontró una Princesa madrileña- -pero sevillana de corazón- -que estaría a una altura que hubiera tenido difícil igualar cualquier otra regia persona. Y desde la muerte de Alfonso XIII en una habitación del Gran Hotel de Roma, Don Juan, con el respaldo de Doña María, supo asumir el papel más incómodo. Porque reconozcámoslo, si Franco era un monárquico declarado y su obje- tivo no era otro que la restauración, ¿no hubiera sido mucho más sencillo para Don Juan obviar manifiestos de Lausana y panfletos similares y acomodarse a la situación con la garantía de asegurarse el Trono? ¿No se hubiera ahorrado Doña María tantas difíciles mediaciones en las lógicas tensiones familiares en las que ella siempre entendió que por encima de los problemas del núcleo familiar estaba el bien de la Familia Real, es decir, el bien de España? Don Juan creyó que lo mejor para la dinastía y para España era que su hijo fuera plenamente español. Que creciera y se educase en España aunque fuese a costa de estar en manos de Franco. Y Don Juan sufrió lo indecible en 1969 cuando vio a Don Juan Carlos jurar como sucesor a título de Rey. En esos días, más que nunca, fue crucial el papel de Doña María como componedora de una familia que a nadie hubiera podido sorprender si se hubiera roto de forma irreparable. Pero el impacto ya fue menos acusado el 22 de noviembre de 1975. Es cierto que Don Juan y Doña María estuvieron ausentes de la Carrera de San Jerónimo. Pero ya se había dado el primer gran paso. Don Juan asumía el papel de eslabón entre la dinastía que encabezaba y un hijo aupado anticipadamente el Trono por el régimen de Franco. A quienes todavía se nos humedecen los ojos cada vez que vemos las imágenes de la posterior ceremonia del 14 de mayo de 1977 en el Palacio de Zarzuela- -una ceremonia que algunos miembros del Gobierno de la nación quisieron cuasi clandestina, una ceremonia que ABC convirtió en acto de Estado al anunciarla ese mismo día en portada a toda página, una ceremonia que Don Juan tuvo que ensayar la víspera en casa del conde de los Gaitanes a falta de palacio o residencia pública en la que prepararse- -a quienes aún nos emocionamos cada vez que la televisión nos trae aquellas imágenes, no podrán borrarnos nunca la certeza de la felicidad que llenaba a Don Juan el día en que se cuadró ante su hijo y en presencia de su nieto y de toda su familia, proclamó ¡Majestad, por España, todo por España! ¡Viva el Rey! ¡Viva España! Había cumplido con el mandato recibido de su padre, Alfonso XIII: la restauración de la Monarquía. La Monarquía plenamente legítima.