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28- 29 D 7 LOS DOMINGOS DE M. FRANCISCO REINA Cultura Palabra de Rey ecoge el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española una frase en desuso, en este tiempo de frivolidades de todo a cien, perdón, de todo a un euro- -que empiezo a ser antiguo también yo- -que hunde sus raíces en las tradiciones literarias españolas de los Siglos de Oro, en las que los literatos- ¡y qué literatos! -escribían comedias y dramas como El mejor alcalde, el rey de Lope de Vega, o Del rey abajo ninguno de Francisco de Rojas, en los que aparecía la figura regia como garante de las virtudes y la ley de su pueblo. Esta expresión que es dar palabra de rey significa precisamente esto, que es que la palabra dada tuviese la misma garantía de aquellos reyes barrocos que velaban como un padre celoso por el bien de sus hijos. Esto que tiene mucho de tópico literario, y que con el devenir histórico entró muchas veces en contradicción con la realidad, vuelve a ser válido e incluso valioso para referirse a la figura de Don Juan Carlos de Borbón y Borbón- Dos Sicilias, coronado rey de España un 27 de noviembre de 1975 como Juan Carlos I, y designado como tal mayoritariamente por la soberanía popular con el referéndum del 6 de diciembre del 78, cuyo esfuerzo, reconocido desde amplios sectores de izquierda y derecha, republicanos incluidos, e internacionalmente, ha ido parejo de su mano con el progreso y la ardua conquista de las libertades de esta nación. A pesar de que voceros de ciertas ondas turbias y radiofónicas traten de menoscabar su figura, ésta es ya con sus siete décadas recién cumplidas, historia viva y testimonio del progreso de España. Su labor es una obra de delicadísima ingeniería política, digna de estudiarse en las universidades, para desmantelar la rancia y represora dictadura de Franco, desde dentro, y conseguir una transición ejemplar, y una carta de conviven- R cia impecable, como fue la Constitución española. En su discurso como Jefe del Estado, un 22 de noviembre, S. M. dejó bien claras sus intenciones, aunque éstas no fuesen tomadas en serio por unos ni otros, y aunque este menosprecio pusiese en riesgo su futuro como monarca e incluso su vida. En él aseguraba: Hoy comienza una nueva etapa de la historia de España. Esta etapa, que hemos de recorrer juntos, se inicia en la paz, el trabajo y la prosperidad, fruto del esfuerzo común y de la decidida voluntad colectiva. La Monarquía será fiel guardián de esa herencia y procurará en todo momento mantener la más estrecha relación con el pueblo. La institución que personifico integra a todos los españoles, y hoy, en esta hora tan trascendental, os convoco porque a todos nos incumbe por igual el deber de servir a España. Que todos entiendan con generosidad y altura de miras que nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional. El Rey es el primer español obligado a cumplir con su deber y con estos propósitos. En este momento decisivo de mi vida, afirmo solemnemente que todo mi tiempo y todas las acciones de mi voluntad estarán dirigidos a cumplir con mi deber Esta declaración institucional, en momentos tan complicados, fue llevada a cabo con pulso firme y para bien de nuestro país con una entereza no exenta de amarguras y renuncias, que han hecho de la monarquía constitucional española un ejemplo intachable en todo el mundo de solidez y garante de paz y de progreso. No en vano también decía en esta asertación: La justicia es el supuesto para la libertad con dignidad, con prosperidad y con grandeza Merece la pena recordarlo, como testimonio histórico, para los que se desmemorian, envenenados por cierto charlatán mercenario al que yo daría un trato muy humano, como le pidió a S. M. el Rey cierta amiga suya. Tan humano que le aplicaría todas las leyes contra la difamación y las calumnias, que el código penal recoge, y que diferencian perfectamente entre el insulto insidioso e infundado y la libertad de expresión, aunque vaya reculando en su discurso. Entretanto, felicitar a los españoles y su cultura en auge gracias también al patrocinio, mimo y labor internacional de La Corona, por estos espléndidos setenta años, un regalo de paz y sentido del deber, de inteligencia, que parece que los Reyes Magos de Oriente nos lo trajeron con un día de antelación como promesa de esperanza en un país roto por una guerra fratricida. No voy a ser nada original en esto: Yo también soy Juancarlista Felicidades Don Juan Carlos. Felicidades España y, Fede ¿Por qué no te callas? aunque sea un rato. FERNANDO FERNÁNDEZ Economía Necesaria estabilidad sta semana en que la crisis le ha estallado al Gobierno con todo su dramatismo es una buena oportunidad para reflexionar sobre la estabilidad necesaria para que las cosas marchen bien. Una estabilidad que ha sabido proporcionar siempre la Corona, aunque su influencia en política económica nunca haya sido destacada. La España en la que Don Juan Carlos cumple 70 años es una historia de éxito económico gracias a esa estabilidad, que es necesaria para el progreso económico en dos sentidos complementarios. En primer lugar, sin estabilidad política no hay economía que funcione. Los ejemplos son infinitos, nuestro fracaso en la era moderna es uno de ellos, pero la actualidad está en Kenia como ejemplo del drama africano. Un país rico en petróleo y con un desarrollo turístico que aporta el 14 del PIB y en el que el enfrentamiento civil puede anular toda expectativa de progreso. Lo hemos visto en los Balcanes, o en otra dimensión más comparable en Italia donde un régimen político estancado ha impedido el crecimiento. Hay ya una conclusión indiscutible, las instituciones no son irrelevantes en el proceso de desarrollo económico, sino que son instrumentales al mismo. Es en ese sentido general que podemos afirmar que la Monarquía constitucional ha sido motor de crecimiento en España porque ha aportado la estabilidad política necesaria en momentos de crisis. Y no me refiero solo al 23- F, sino a cuestiones trascendentales, como los Pactos de la Moncloa, la integración europea o el desarrollo autonómico. Don Juan Carlos ha sabido ser el mejor embajador de España en el mundo. El Rey ha contribuido a la imagen España más que todos los estudios encargados por el ICEX o el Instituto Elcano juntos E y ha sabido transformar esa imagen hacia la modernidad, el progreso tecnológico y la defensa de los derechos humanos. La Corona es el activo intangible más valioso que tiene la empresa España para abrir mercados y atraer capitales en la era de la competencia globalizada. Otra cosa bien diferente, y que no toca esta semana de onomásticas y celebraciones, es que la política exterior española haya sabido crear valor con ese activo. Hay un segundo sentido en el que la estabilidad es también necesaria para el progreso. Se trata de la estabilidad de las reglas de juegos, de la seguridad jurídica y de las grandes orientaciones de la política económica. Que un gran cambio político como el tránsito de la dictadura a la democracia se haya producido sin alterar el modelo económico, que la transición económica se haya limitado a consolidar y perfeccionar la economía social de mercado y el Estado de Bienestar sin caer en experimentos adanistas, es un logro que hoy puede parecer menor. Pero en la España de los setenta, con el mayo del 68 como referencia ideológica para la izquierda, nadie estaba curado de bolcheviquismo. La sensatez de la sociedad española en esos momentos es encomiable. Cierto que Chile hizo otro tanto en condiciones aún más difíciles, y que ese ejemplo disminuye la importancia de la Corona como factor de estabilidad necesaria. Pero no lo anula. Hurgando en los discursos económicos de Don Juan Carlos se encuentran unas cuantas referencias permanentes que son todo un programa de estabilidad y crecimiento. La primera, la más recurrente, ha sido la necesidad del consenso social como garantía de crecimiento justo. Un consenso que no ha de llevar a la parálisis reformadora, sino a la búsqueda de lugares de encuentro, de un mínimo común denominador. La segunda, el respeto a la iniciativa privada y el fomento del espíritu emprendedor como garantía de dinamismo y competitividad. La tercera, la dimensión social, como el filtro que tamiza toda política económica entendida como una referencia ética. La cuarta, la internacionalización de la empresa y la economía española como la manera de alcanzar y mantener la prosperidad económica, la presencia cultural y la relevancia política. La quinta, la apuesta por la modernización tecnológica, porque solo rompiendo con la tradición de que inventen ellos es posible construir un país próspero y solidario. Cinco ejes de estabilidad requeridos por don Juan Carlos que son todo un programa económico para cualquier partido que aspire a gobernar.