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6 1 08 7 0 A N I V E R S A R I O PROYECCIÓN PÚBLICA NORMAL? veces se achaca a la Monarquía que, en pleno siglo XXI, resulta improcedente la herencia para la sucesión de la Jefatura del Estado, cuando en las instituciones públicas se valora la elección como soporte democrático. Más aún, en las sociedades modernas, todo ciudadano tiene la posibilidad de alcanzar cualquier puesto, pero en una Monarquía constitucional no puede ocupar la Jefatura del Estado; logrará todo el poder, esto es la Jefatura del Gobierno, pero no la del Es- EL REY ¿CIUDADANO La fuerza de la Monarquía reside en su independencia, y lo es precisamente porque no está condicionada por una elección A Iñigo Moreno marqués de Laula El Rey saluda a una multitud de ciudadanos de Estepa durante la apertura de este curso escolar tado. ¿Por qué? La aparente contradicción se debe a que esa única excepción es conveniente para el conjunto de la sociedad. En la Monarquía constitucional, al Rey se le ha vaciado de contenido, carece de poderes, su función está reducida a pura representación y a ser, con la bandera, emblema de la Nación. No compite con los políticos, está en una esfera distinta, y ese hecho es de la mayor importancia para la comunidad y para los propios políticos. En beneficio de la sociedad, el Jefe del Estado ha de ser independiente y no estar sujeto a coacciones, grupos de presión, favores. No deberse a nadie, a ninguna ideología, a ningún partido... tampoco a voto alguno. Y ahí reside la fuerza de la monarquía: en su independencia, y lo es precisamente porque, y eso es lo más chusco, no está condicionada por una elección. El sufragio es la norma en la política, pero está sujeto a propagandas, presiones e intereses; para conseguir la necesaria independencia hay que utilizar un mecanismo distinto y ajeno a voluntades. La herencia lo es, se basa en la naturaleza humana y es tan sencillo y automático que ni el propio rey puede influenciarlo. La Monarquía hereditaria es el mecanismo idóneo para garantizar a cualquier sociedad la necesaria independencia de quién está a la cabeza del Estado, pero no siempre es posible llevarla a la práctica excepto en los países cuya historia la ofrece de modo natural. En España, la Monarquía hereditaria ha regido durante 1.487 años si datamos desde Recaredo, y 528 si lo hacemos a partir de los Reyes Católicos, con la excepción de 48 años en que estuvo gobernada por otros regímenes políticos. Es bien conocido lo que suponen unas elecciones y sus costos, en presupuestos, en paralización de la vida social, en lucha política, en descalificaciones sino insultos... Pues piensen mis lectores, si los tuviera, a qué punto subiría todo ello si además de Municipios, Comunidades, Congreso y Senado, se tratara de la Jefatura del Estado. Sufragios a una persona determinada, no a un partido. Sufriríamos unas campañas de continúo sobresalto. Imaginen las lindezas que podrían dedicarse los candidatos unos a otros, las acusaciones descalificatorias que escucharíamos, las memorias dormidas que se despertarían, para que, al final, uno de ellos resultara elegido, y ese denostado personaje se convirtiera en la imagen de España. Todo eso nos ahorramos. Más... la base filosófica de la democracia es la igualdad esencial de los humanos y por lo tanto la de todos los ciudadanos, verdad incuestionable. Entonces, ¿por qué se actúa como si el Rey fuera distinto? Es cierto que se parte de una verdad: la igualdad fundamental de todos los hombres, y también es cierto que se olvida otra verdad del mismo rango: la desigualdad en lo accidental entre todos los hombres ¿Vamos a exigir que, por ley, todas las mujeres sean como Catherine Zeta Jones y todos los hombres como Robert Redford? A lo mejor la naturaleza no va a estar conforme y nacerán siempre nuevos Cuasimodos. Resulta chocante que nuestra época, laicista y casi agnóstica, alce un altar a la igualdad y, para distinguirse de dos mil años de amarse unos a otros (todos en teoría y sólo algunos en la práctica) en su diversidad accidental, imponga una nivelación absoluta en lo accesorio. ¿O subyacen otras aspiraciones como sugieren los versos satíricos del XIX? Igualdad oigo gritar al corcovado Torroba. Y se me ocurre pensar, ¿Quiere verse sin joroba, o nos quiere jorobar? La igualdad no consiste en café para todos, supone que el que lo desee, desayune café y el que prefiera chocolate, se lo tome con churros. Si conviene al país una desigualdad, asimetría es el vocablo políticamente correcto, dejemos que el Rey sea distinto. La independencia de un rey y la autoritas que ello suscita, explican que un país como Bélgica, con una división étnica, cultural y lingüística tan pronunciada como existe entre valones y flamencos, no haya entrando en conflicto interno, o la larga vida del imperio Austrohúngaro, verdadero conglomerado de naciones. La Monarquía es el mejor garante de nuestro futuro, en esta España nuestra, con cuatro idiomas, un litoral cantábrico lluvioso y una meseta castellana que roza el desierto, donde se bailan sevillanas, jotas y muñeiras, con el fútbol como embajador ¡y se deletrea con nombres extranjeros! el Rey es nuestro símbolo de unidad y de pervivencia. ¡Bendita asimetría!