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6 1 08 7 0 A N I V E R S A R I O LA IMAGEN Reales retratos Retrato del Monarca, obra de Daniel Quintero Los Reyes, ante sus retratos pintados por Revello de Toro, propiedad de la Colección ABC J. DE DOMINGO Así vio Antonio Mingote al Rey, en la viñeta dibujada con ocasión del discurso de Navidad de Don Juan Carlos Ricardo Macarrón ha pintado a varias generaciones de la Familia Real. Sobre estas líneas, el retrato del Rey (Viene de la página anterior) máxime si es el protagonista de la obra quien mira. E inquietan porque si sitúan en un territorio incierto e intermedio entre la imagen fugaz que un espejo puede o pudo reflejar en un momento determinado y la máscara que, como artificio artístico, pudo suplantarle o interpretarle, ya fuera por necesidades del artista o por cómo quiso ser representado el retratado. Es decir, que en muchas ocasiones el espejo está en los ojos de quien pinta o mira y no en lo representado en la imagen, sombra intencionada del espejo, invención artística o histórica que tiene al tiempo por protagonista. Un tiempo que es, sobre todo, propio del retratado y del retrato, lo que le lleva a contemplarse con un mucho de nostalgia o melancolía, como si se tratase de un territorio de recuerdos en los que no siem- pre se reconoce o, reconociéndose, le incomodan por haberse ido para siempre. Es posible que, por esa razón, los retratados suelan mirar fugazmente, como a hurtadillas, sus propios retratos, compañeros de viaje no siempre cómodos. Si además, el protagonista de los retratos es Don Juan Carlos I, las cosas se complican apasionadamente, ya que siempre ha sabido que habría de ser retratado a lo largo de su vida, unas veces por necesidad propia o del artista que en ello se empeñase o por la obligada construcción de una imagen representativa y simbólica de su figura y de lo que representa históricamente. La larga serie de importantísimos retratos del Rey realizados por artistas de primer orden constituye un extraordinario ejemplo de las virtudes y enigmas del género del retrato. Así, si pudieran verse en conjunto, podrían interpre- tarse como una serie de secuencias autobiográficas, biográficas e históricas, además de artísticas y simbólicas. Los recuerdos se agolparían como en un torrente de imágenes, de las oficiales a las metafóricas, de las familiares a las íntimas. Por eso, la nostalgia y la melancolía del pasar de la vida se encadenan de forma tan peculiar a sus retratos, a los retratos del Rey, a todos los retratos. Y cada cual puede mirarlos como representaciones de un tiempo detenido que remite a su vida y a la de la Familia Real, a la vida histórica de todos. Cada artista que lo ha retratado lo ha hecho con sus propios medios y formas de expresión, como apropiándose de ese instante, colocándose un espejo en los ojos. La imagen del Rey es la pintada, no es real, aunque las formas y los parecidos hablen de momentos precisos o eso nos parezca a todos. Pero,