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6 1 08 7 0 A N I V E R S A R I O LA INSTITUCIÓN CORONA Y PERMANENCIA En el año 1998, el autor publicó el ensayo Cuando sea Rey: consejos a un futuro monarca Diez años más tarde, escribe sobre el presente de la Corona española n los últimos diez años la Monarquía hispánica ha elevado su cotización e incrementado su fortaleza como gran plinto que sostiene su nervadura institucional y su poder de captar lealtades ciudadanas. Las excepciones confirman la regla precisamente porque todos los vínculos tras- generacionales contribuyen a la textura de su fuerza simbólica, como el juego de planos en Las hilanderas A estas alturas, tener que buscarle justificaciones a la existencia de la Monarquía está anticuado, tan anticuado como el cantonalismo, peinarse ante el espejo del ascensor o poner chimeneas falsas en el chalé semi- adosado. El oficio de Rey no ha variado: encarnar la Jefatura del Estado, no gobernar pero reinar, ser símbolo de la unidad y permanencia del Estado, llamar a consulta para proponer al Congreso un candidato a la presidencia del gobierno, mando supremo de las Fuerzas Armadas con carácter emblemá- E Valentí Puig Escritor tico, estar informado, aconsejar y estimular. En eso lleva años el Rey Juan Carlos, practicando el acierto. Así hemos llegado al bicentenario de aquel 1808 que alzó a España en armas contra la invasión napoleónica. Tras unos tres siglos de estabilidad apreciable bajo la monarquía, Napoleón Bonaparte invade España. Acaba el Antiguo Régimen: las Cortes de Cádiz- ¡bendito Cádiz chismoso y fresco de las Cortes! -asumen la soberanía nacional. Aquella Constitución gaditana dura poco. Más madura, más integradora- -tal vez más escéptica- -es la magna carta de 1716, eje del sistema canovista hasta 1923. Con un golpe de fortuna y capacidad política, hubiera podido durar mucho más. La primera República dura once meses; la Segunda, cinco años- -descontada la guerra civil- Ahora ajustamos la Constitución de 1978 a los avances de la Unión Europea. Hablamos del siglo XXI como siglo de China cuan- A estas alturas, tener que buscar justificaciones a la existencia de la Monarquía está anticuado, tan anticuado como el cantonalismo EFE do debiera haber sido siglo de Europa. Las formas de intromisión en la vida privada también han aumentado en estos diez años. Cualquiera puede tomar una fotografía en cualquier parte con su teléfono móvil. Toda imagen entrometida va a parar a You Tube El monarca como tótem está rodeado de cámaras y micrófonos. Aquí nadie se salva de la salsa rosa ni de los cronistas fracasados del corazón en busca de una última pseudo- exclusiva para pagarse la residencia geriátrica. El juancarlismo ha significado el aggiornamento de la monarquía hispánica y su ineludible consolidación de futuro. También ha sido una excusa para la izquierda que no podía desdecirse fácilmente de la forma republicana y- -por ejemplo- -poner a Labordeta como presidente. Para intelectuales postmodernos, ser juancarlista- -al menos hasta Zapatero- -fue como practicar el sexo con bula. Finalmente, lo que hay y lo que cuenta son los ciudadanos de una monarquía parlamentaria, confiados en la permanencia de la institución, sin interés alguno por desarbolarla o negarle crédito. Lo que el ciudadano sabe, por instinto y por razón, es que la estabilidad que vive España procede de sus formas de Derecho, de ser una sociedad abierta, de su práctica democrática y en no poca medida de la naturaleza histórica de la Monarquía como eslabonamiento de legitimidad. Es la monarquía necesaria como titula su reciente libro Tom Burns, con un sentido tan ecuánime de lo histórico. Burns subraya: políticos que habían enviado al exilio a la Reina Isabel II luego fueron gobernantes en el reinado de su hijo Alfonso XII, del mismo modo que un siglo después lo hicieron con el Rey Juan Carlos los herederos políticos de quienes habían desterrado a su abuelo Alfonso XIII. En la actualidad, incluso las tonadilleras pueden hacer ingeniería financiera. Maquiavelo dijo que, de un peligro, jamás se salió sin peligro. Así saltaron por los aires los vagones de Atocha y ETA todavía trama la muerte en sus herrikotabernas Sea como sea, lo recorrido en estos diez últimos años es una maravilla, incluso con Carod- Rovira sentado en el trasportín.