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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE Don Juan Carlos y Don Felipe, el pasado octubre, en el Consejo Nacional de Defensa, que se reunió en La Zarzuela Este país es un alud histórico incontenible de haceres, deshaceres y cometidos. Y sus ciudadanos somos esa agua turbia y fresca que atropella sus comienzos decía Gabriel Celaya. La Historia es siempre una realidad sujetaal arbitriodelosseres humanos. Como ese combate ilustre contra el tiempo al que aludía Alessandro Manzoni al comienzo de Los novios, la Historia está conformada por proyectos, poresa infinita masa de detalles que, según Proust, determinaba la existencia. Hegel recordaba que, estando en Berlín, el Rey de Prusia y el Emperador de los Franceses pasaron cabalgando a su lado, y pensó: Hoy, estuve en el centro del mundo Ese centro no es extraño a este país, y de cuanto España significa. Por eso no existe España sin Iberoamérica. No existe España sin Europa. Y, en los dos supuestos, también al revés. En el corazón de este país activo, protagonista de los grandes procesos históricos se encuentra su Monarquía. Decía uno de los más destacados pensadores del Nápoles hispánico, Campanella, que su destino casi manifiesto era el gobierno del mundo. Más de cuatro siglos después, no parece necesario que sobre nosotros recaiga- -afortunadamente sentenciaría yo- -una tarea tan proverbialmente hercúlea. Pero no es menos cierto que este país es una realidad vertebradora. Y, a veces, hasta el punto casi de desvertebrarse. La Hispanidad es una de las más portentosas realidades de vida y de cultura. Por ello, la proyección exterior es una condición de la identidad nacional. Cuando quinientos millones de personas dominan un idioma en cinco continentes, cuando una cultura conforma la cultura, cuando un pueblo ha sabido imaginar el mundo, darle forma, su presencia internacional se convierte en condición de su identidad nacional. No sería concebible hoy en la España constitucional esa presencia sin Don Juan Carlos. No sería concebible sin su capacidad para convocar voluntades, para facilitar el diálogo, para favorecer el encuentro, para propiciar relaciones más abiertas y más denotadas por el afán de cooperación. Una España que se entrega con afán e ilusión al impulso de vaciarse para llenarse, de gastarse y desgastarse, para multiplicarse. La Monarquía parlamentaria, y el itinerario de futuro de este país que se crea constantemente, que sabe qué hacer consigo mismo, que está por encima de los avatares históricos coyunturales, yque sabeacudir alencuentro con su destino, y mostrar toda su grandeza en las circunstancias aciagas, se encuentra ligado hoy a la figura que explicita el referente simbólico de un tercio de siglo de nuestra historia moderna: la Corona encarnada en Don Juan Carlos. Un Monarca que reina, pero que no gobierna, que no goza de potestas, pero sí de auctoritas. UnJefedeEstado, como dispone el artículo 56. 1 de la Carta Magna de 1978, símbolo dela unidady permanencia del Estado, árbitro y moderador- -como poder neutral fuera de la refriega partidista- -del funcionamiento regular de las instituciones. Una Monarquía necesaria, que despliega las funciones de Walter Bagehot: Ser consultado, aconsejar y advertir. Ni enjuiciar interesadamente sus silencios, ni encausar su inacción. ¡No se puede, ni debe pedir más! Decir un tercio de siglo de nuestra historia es referirse algo apresuradamente a los años transcurridos desde 1975. Por si alguien lo olvidó, desde 1977 hemos compartido el período más prolongado y continuado de vida democrática. Y lo hemos hecho desde la tolerante convivencia en paz y en libertad, construyendo simultáneamente una España más justa y solidaria. Una España reflejada en la pacífica Siracusa del Tancredi de Rossini, que se puede disfrutar hoy en el Palacio Real. Y lo que es asimismo destacado: los españoles hemos compartido valores como el esfuerzo, la constancia, el afán de superación, la ambición de crecer como personas y como pueblo. Hemos aplicado los principios de igualdad, de mérito y de capacidad. Hemos creado nuevas y mejores oportunidades. Nuestro país ha podido, finalmente, desplegar su creatividad, su fortaleza, sus diversas e innatas cualidades. El Reinado de Don Juan Carlos es el tiempo en que las Universidades han extendido sus conocimientos, la ciencia, la cultura y la transmisión del saber a todos, con independencia de la condición social y capacidad económica, en un gigantesco proceso de socialización inimaginable hace pocos años. Unas Universidades que persiguen la excelencia y la calidad, con un creciente perfil investigador e innovador. Pero unas Universidades, además, solidarias. ABC No es fácil enraizarse, y con el mismo vigor, en la razón y en los afectos. Si bien, hoy nuestra Monarquía parlamentaria satisface ambas exigencias Y es el tiempo, también y hemos de resaltarlo, de la expansión de los derechos y libertades, de la protección a los más necesitados, de la sensibilidad prioritaria hacia quienes padecen maltrato o son vulnerables. Los españoles queremos realizar la libertad a través de la justicia, y la justicia a través de la solidaridad. Ya lo afirmaba el artículo 16 de la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789: Toda sociedad en la que no se reconocen los derechos fundamentales y las libertades de la persona... carece de Constitución. Y es el tiempo, claro que sí, de un portentoso crecimiento del tejido empresarial como no se había producido en nuestra historia, lo que nos ha situado, por derecho propio, en un referente entre las sociedades desarrolladas. Cuando una sociedad camina decidida a través de los mejores círculos de la Historia, ese tiempo recibe una denominación tópica: Siglo de Oro es la que se adjudicó al siglo de Cervantes y Velázquez; Edad de Plata al de los intelectuales españoles del primer tercio de siglo XX, en el que confluyeron dos excepcionales generaciones como las de 1898 y 1927. No existe todavía una denominación para la época iniciada hace ya más de treinta años. Quizás el mejor nombre sea el de la España constitucional En lo que no habrá duda, es la sobresaliente cualificación del papel desempeñado por la Corona. Concluyo. Señalaba Thomas Carlyle en Los Héroes- -con certeza exageradamente, pero no sin cierta razón- -que el alma de toda la historia del mundo era la de sus hombres destacados. De hombres a los que distinguía también su alma, debiera haber añadido el escritor escocés. Porque, normalmente, como esgrimía el Ricardo III de Shakespeare, vemos rostros, y no corazones Don Juan Carlos es uno de esos hombres incorporados a la historia del pueblo español. Un pueblo, es verdad, viejo y sabio, y como tal complejo y difícil, a veces imprevisible, casi siempre inteligente, de ordinario exigente, proverbialmente apasionado, pero repleto de energía, de creatividad y de innovación. Nuestro Rey es, finalizo, como apuntaría Joseph Conrad de Lord Jim, uno de los nuestros Uno de esos hombres que, como describía Jefferson al Presidente Washington, es el primero en la guerra, el primero en la paz, y el primero en el corazón de sus compatriotas Pero no, no puedo terminar aún. No se puede comprender la figura del Presidente Washington sin la referencia inexcusable a su esposa: Martha Dandridge Custis. Pues bien, no se puede acercar uno al reinado de Don Juan Carlos sin un reconocimiento: el de Doña Sofía. De ella podríamos decir, con Víctor Hugo, que Cuando todo se vuelve pequeño, ella permanece grande.