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6 1 08 7 0 A N I V E R S A R I O LA INSTITUCIÓN Pedro González Trevijano, rector de la Universidad Rey Juan Carlos, pronunció este discurso- -que reproducimos por su magnífica descripción de la Monarquía- -durante la entrega del Premio Mutua Madrileña 2007 a Su Majestad el Rey el pasado 19 de diciembre en reconocimiento de su trayectoria. La dotación del premio- -775.000 euros- -fue donada por el Soberano al Museo del Prado DEL DEBER Majestades: Decía François de Mentón, gran intelectual y político francés de la IV República y miembro de la Resistencia, cuando se le reprochaba su procedencia aristocrática, que lo que caracterizaba a un hombre noble, en la civilización de los derechos, era que sólo tenía deberes, y se sentía orgulloso de ese único privilegio Pues bien, si algo distingue al Rey en una Monarquía parlamentaria es que éste disfruta- -y utilizo de forma intencionada el verbo- -mayoritariamente de obligaciones. Obligaciones que posibilitan, y a veces decisivamente, que los ciudadanos gocemos- -también lo expreso con premeditación- -de derechos. Obligaciones que se presentan como el mejor de los títulos político- constitucionales. La más representativa característica de nuestra Monarquía parlamentaria es, en este comienzo de milenio, por tanto, su identidad con el deber. Ser Rey es voluntad de servicio, sin retóricas huecas, sin recargados aspavientos. Representar con firmeza, al tiempo que con serenidad, con determinación histórica y con energía democrática. La institución monárquica, plurisecular, vinculada a la identidad histórica de España, ha desarrollado a lo largo del último tercio de siglo una dimensión singular. La Monarquía parlamentaria es una Monarquía del deber y de la obligación; del esfuerzo y de la constancia; de la tenacidad y de la discreción; de la prudencia y de la mesura. Una Monarquía de la obligación es una Monarquía que se encuentra activa allí donde su presencia resulta necesaria, y muy especialmente en instantes de dolor y de zozobra. Por más que la Monarquía despliegue su principal cometido en los momentos- ¡que no nos confundan! -de normalidad y estabilidad política. Este es su fundamento. De esta suerte, el perfil institucional de la Monarquía parlamentaria se encuentra incardinada en la triple caracterización weberiana del servicio público: un servicio presidido por la pasión, por el sentido de la responsabilidad y por el sentido de la proporción. Primero. Una Monarquía de la proporción es una Monarquía que interpreta sus cometidos desde el respeto a la voluntad soberana del pueblo libremente expresada. Pero LA MONARQUÍA Si algo distingue al Rey en una Monarquía parlamentaria es que éste disfruta mayoritariamente de obligaciones también una Monarquía que constata la intensidad de una adhesión popular mayoritaria, de un cotidiano refrendo que no se sustenta sólo sobre el consenso constitucional de 1978, sino sobre su legitimidad de ejercicio, ganándose el respeto y el afecto de la ciudadanía día a día. Cesare Pavese sostenía que nada se suma al resto, al pasado: recomenzamos siempre Y la Monarquía parlamentaria afronta cada día sus deberes con normalidad. Recomienza siempre quien permanece, quien vence al tiempo fugitivo. Y recomienza siempre quien se instala en los afectos. No es fácil enraizarse, y con el mismo vigor, en la razón y en los afectos. Si bien, hoy nuestra Monarquía parlamentaria satisface ambas exigencias, tal y como acreditan los informes del Centro de Investigaciones Sociológicas: la Monarquía es la institución mejor valorada por los españoles. España- -apuntaba un político de la Transición- -es un Reino o es un barullo Segundo. Una Monarquía de la responsabilidad es, por lo demás, una Monarquía que no ceja, que no se conforma. En una Monarquía, el Rey lo es siempre. No está dotado de dos cuerpos, como en la teología política medieval, o en los dramas de Shakespeare. Sobre el Rey recae permanentemente la atención de los ciudadanos. Upon the king es el título de uno de los más célebres monólogos de Enrique V unode lospersonajesemblemáticosdelescritoringlés. Comoafirmaba Sir Winston Churchill, ser Rey no es un privilegio: es una responsabilidad. Ser Rey no es una vocación: es un deber. Ser Rey no es una elección: es una condición. Ser Rey significa serlo siempre. Y tercero. Una Monarquía de la pasión es, fundamentalmente, una institución que se nutre de la idea de servicio. De un servicio a cuanto este país ha sido y es. Una España toda ella, siempre dinámica y creativa, siempre brillante, en ocasiones tempestuosa, y en todo ello casi siempre con razón, porque con España se está siempre. Y es que la pasión es la más humana de todas las humanas cualidades. La pasión nos constituye como hombres. Decía Clemenceau, que a él no le interesaban las profesiones de los hombres, sino que siempre les preguntaba sobre sus pasiones. Y la pa- Pedro González Trevijano Rector de la Universidad Rey Juan Carlos sión de un Rey es la más hermosa de las pasiones públicas: la del servicio. Pero para querer, señalaba Paul Ricoeur, no hay que pedir permiso. El 27 de noviembre de 1975, el cardenal Tarancón le pedía a nuestro Monarca, en la Iglesia de los Jerónimos, un amor apasionado a España y ser el Rey de todos los españoles Una petición sobradamente satisfecha. Se cumple pues el adagio medieval: Rex eris, si recte facies Don Juan Carlos ha aunado las treslegitimidadesweberianas. Latradicional, como legítimo heredero de la dinastía histórica; la racional- normativa, al estar asentada en una Constitución democrática; y la carismática, como impulsor de la reconciliación nacional- -la azañista petición de paz, piedad y perdón el auspicio, comomotorypilotodelcambio, de la Transición Política, el apoyo a la Constitución de 1978 y la defensa del orden constitucional en 1981. ContodolohechoporVuestraMajestad- -pudo decir Hernández Gil- -no os habeís interferido lo más mínimo. Las instituciones del Estado de Derecho son realidades concebidas con el propósito de servir a los ciudadanos. Y no existe servicio sin pasión. Una pasión definida por el inconformismo, por el afán de superación. Porque, para este país, vale sólo lo verdaderamente excelente, esto es, lo mejor. Esta es la razón de ser de la Monarquía parlamentaria. Como la actividad de la persona que, porque profesa, se consagra. Como ese principio que encerraba su punto de destino, y como ese final que evocaba un eterno recomenzar, como los describía Eliot en sus Cuatro Cuartetos.