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30- 31 D 7 LOS DOMINGOS DE ROSA BELMONTE Expediente Ñ Mira mamá, sin brazos o bueno de que se haya acabado Gran Hermano es que voy a dejar de ver la silla Wegner (la Y- Chair) de pacotilla que tenían en el baño. Seguramente también dejaré de ver a Mercedes Milá con las tetas en el galillo. Le ha cogido afición a ponérselas como Glenn Close en Las amistades peligrosas No sé, quizá cuando sea más mayor también me dé por ahí, así que no voy a criticar esa exhibición mamaria. Ni la suya ni la de clásicas como Jayne Mansfield, aunque Bette Davis dijera aquello de que para la Mansfield el arte dramático consistía en saber cómo llenar un jersey. Y lo bien que lo llenaba. Vale que las tetas están sobrevaloradas. Pero también lo está la inteligencia. Lo único que no está sobrevalorado es el dinero. Se lo decía Jaume Tresserra a Arantza Furundarena en una deliciosa entrevista publicada hace unos días en los diarios de Vocento (deliciosa por la propia entrevista y por el personaje, tan alejado de lo que se ve todos los días en un periódico) Soy un hombre indefenso sin dinero. Tengo unos mínimos burgueses que debo cubrir porque soy incapaz de aguantar humillaciones, colas, empujones... confesaba. Quizá no sea un poco de dinero pero entiendo al primoroso diseñador de muebles. O a lo mejor no lo entiendo, yo qué sé, pero me parece que vale la pena pagar por el confort (además de por la belleza) Por no hacer colas y demás. Por no ir al almacén de Ikea, que no entiendo cómo no provoca pesadillas. Es como un cementerio con sus nichos, como el almacén de cabinas adonde iba a parar José Luis López Vázquez. O como uno de esos sitios que aparecen en las películas de ciencia- ficción donde tienen colgados a los humanos como ja- L Will Smith, protagonista de la película Soy leyenda asistió al estreno en Madrid y a la fiesta posterior rry Grosberg pasó por una crisis) ÁNGEL DE ANTONIO que ha sabido llevar sus famosas cazadoras a la pantalla grande gracias a nombres tan significativos como Steve McQueen o Howard Hughes. El último ha sido el actor Will Smith, quien pasó por Madrid para presentar su último filme, Soy leyenda donde luce la versión actualizada de la cazadora trial Belstaff que McQueen llevó hace ya cuarenta años. En España fieles a estas chaquetas son, entre otros, el torero Francisco Rivera y ahora también el Príncipe Don Felipe y sus primos Gómez Acebo, de la misma manera que a la familia Grimaldi se la ve siempre con estas prendas cada vez que salen de caza. Will Smith y Malenotti compartieron focos con la cantante italiana Lola Ponce y la mismísima Antonia dell Atte, otra seguidora de esta línea que también cuenta con adeptos como Tom Cruise o Angelina Jolie. Pero el supuesto de Genoveva no es el único novio- regalo de estas fiestas. A Jaime de Marichalar también le han sorprendido con otra novia de larga melena rubia y piel trabajada con la que se ha visto en Nueva York. La señora en cuestión está felizmente casada, trabaja en Sotheby s y conoce a los Duques de Lugo de cuando se instalaron en la ciudad de los rascacielos durante los primeros años de la dolencia de Marichalar. Sobra decir que no hay nada entre ellos y sí una amistad con muchos puntos en común, puesto que los dos comparten su pasión por las obras de arte, las joyas y la moda. Y una novia con la que no contaba el tenista Feliciano López es la ex concursante de Gran hermano Sonia Arenas, quien volvió a los platós televisivos para enseñar unos mensajitos de telefóno con los que López le había contestado, durante los días que estuvo distanciado de su novia María José Suárez. El propio Feliciano estaba alucinado de la rapidez con la que Arenas fue a un programa de pago a contar sus sms (es lo único que hubo, según asegura) y el lío que se había armado. Todavía se pellizca por su decisión de no quedar para tomar un café. Hoy está feliz de nuevo con María José a su vera y superada una crisis que no duró ni un telediario, pero que tuvo estos inesperados efectos secundarios. No aprenden... mones para chuparles la sangre (lo malo no son los muebles sino cómo se consiguen) Fuera del preciosismo de Tresserra, hay otro diseño de muebles, especialmente de sillas, que parece hecho para reírse del personal. Pero no en su concepción sino en su empeño por que perdure. En este caso no se paga por el confort sino justo para no tenerlo. De locos de atar (en la silla) Me refiero a los clásicos que se ven en consultas, casas, oficinas, platós de televisión o peluquerías. Clásicos más allá de la silla Wenger, que es de 1960 y no resulta especialmente incómoda. Aunque, para las lumbares, ayuda un cojín. Igual que en la iglesia checa de San Bartolomé a las cincuenta sillas Panton que hacen de bancos (el diseño hasta en misa) y que están customizadas con una cruz troquelada en el respaldo, les han puesto cojines para el culo. Tampoco las Panton son especialmente incómodas pero una ayuda no viene mal. Voy a otros modelos y me uno a la pregunta de Witold Rybczynski en su libro La casa: historia de una idea ¿Cómo puede ser un clásico una silla incómoda? Se refería a la silla Wassily de Marcel Bauer, de la misma época que la Barcelona de Mies van der Rohe (mediados de los años veinte) La primera, hecha de hierros y tiras, con una inclinación en el asiento que te corta la circulación por los muslos y, además, te obliga a repantigarte. De incorporarnos a menudo, ni hablamos. La Barcelona (mira, mamá, sin brazos) tampoco ofrece mucha ayuda para sentarse y levantarse pero sí para derrumbarse. Y la inclinación y el cuero (como en la Eames) hacen que te deslices. Por no mencionar la Hardoy, la Mariposa, que se sigue vendiendo. Esa estructura de hierro cubierta con una lona que más parece un asiento plegable para el campo en un día de caza no es más cómoda que una de las hamacas infantiles anteriores al maxi- cosi. Philip Johnson, el protegido de Mies van der Rohe y uno de los arquitectos de las Torres Kio, creía en el poder del arte para superar las incomodidades. Él mismo tenía sillones Barcelona en su casa pero reconocía que no eran muy confortables. Rybczynski, en su libro, asegura que la gente está dispuesta a soportar la incomodidad en nombre del arte o del prestigio. A soportar y a pagar. Otra cosa es pagar (y mucho) por las confortables butacas Casablanca de Tresserra, como esas en las que Marisa Paredes y Juan Echanove terminaban tan amigos en La flor de mi secreto homenajeando a Jacqueline Bisset y Candice Bergen en Ricas y famosas