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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE Benazir Bhutto pone flores en la tumba de su padre, ahorcado por el dictador Mohamed Zia ul- Haq, el pasado mes de octubre AFP Mi valiente y gran amiga La escritora e historiadora experta en Cachemira, que escribe esta apasionada semblanza de Benazir pública e íntima, fue su compañera en las aulas de la universidad británica de Oxford VICTORIA SCHOFIELD uando me despedí de Benazir Bhutto hace dos meses, justo cuando acababa de sobrevivir a un atentado, me dijo que me vería más tarde. Yo regresaba a Inglaterra después de haberla acompañado en su viaje de regreso a Karachi y esas fueron las últimas palabras que me dijo cara a cara. Para mí simbolizan nuestra amistad, que empezó hace 33 años, cuando ambas estudiábamos en Oxford. A pesar de pertenecer a mundos tan diferentes- -ella, una política paquistaní, yo una escritora e historiadora inglesa- -siempre supe que nos volveríamos a ver, fuera como primera ministra, líder de la oposición, o como amiga y madre. Nuestra amistad había pasado por muchas fases. Fui testigo del comienzo de su carrera política después de haber disfrutado con ella en Oxford de los debates en el seno del Sindicato de Estudiantes, del que ella sería presidenta en 1976 y 1977. Poco después de volver a su país, su padre fue destitui- C do por un golpe de Estado militar y procesado bajo la acusación de conspiración para cometer un asesinato. Mientras él estaba en la cárcel, casi como un resorte ella sacó a relucir su nervio político. Los demás líderes políticos han sido arrestados me comentó cuando me reuní con ella en Pakistán aquel verano de 1978. Tras la ejecución de su padre, la primavera siguiente, su cargo provisional al frente del Partido Popular de Pakistán se convirtió en permanente. Iba a ser un combate prolongado. El general Mohamed Zia ul- Haq, el verdugo de su progenitor, se había convertido en presidente de Pakistán. La invasión de Afganistán por la Unión Soviética en 1979 acercaría al general a Occidente. Su muerte en un accidente aéreo en 1988 le abriría las puertas a Benazir para tomar parte en unas elecciones. Al alcanzar el puesto de primera ministra parecía capaz de seguir la tarea que su padre había dejado a medias. Formada como una mujer liberal y occidental, creía profundamente en el me- canismo político- -fruto de su paso por Harvard y Oxford- -y creía de verdad que podría cambiar las cosas. A menudo me comentó que lo que le ayudaba a seguir era el amor y la confianza del pueblo. Pero al cabo de 16 meses, su mandato fue cancelado, expulsada por el Ejército que la acusó de corrupción. Su segundo mandato fue más largo, pero acabaría de la misma manera. Madre de tres hijos y con su marido encarcelado, decidió trasladarse a Dubai antes de arriesgarse a terminar también en prisión. Desde el exilio mantuvo viva su campaña para restaurar la democracia en Pakistán, luchando, como hizo durante la dictadura, convencida de que bajo sus alas florecían las fuerzas extremistas. Este octubre, su alegría por volver a casa se vio rápidamente oscurecida por el ataque al autobús en el que hacía su triunfal recorrido a través de Karachi. Le recordaba algo que ya sabía: que al regresar a Pakistán ponía en peli- Combatir el extremismo gro su vida. Pero su extraordinario valor es algo que siempre he considerado como un rasgo definitorio de su carácter. No les vamos a permitir que nos obliguen a tirar la toalla me aseguró. A lo largo de su carrera fui testigo de lo mucho que disfrutaba de su condición de madre, mucho más de lo que la gente se podía imaginar. Incluso durante su exilio, cuando pasaba por Londres para reunirse con dirigentes políticos, le encantaba organizar picnics con sus hijos. Como amiga, era encantadora y generosa. Una de las cosas que más le gustaba era que nos viéramos los viejos amigos de Oxford y saber quién se había casado o tenido hijos. Durante su exilio nunca perdió contacto con lo que sucedía en Pakistán ni se olvidó del juramento que había hecho a su pueblo de regresar para mejorar las condicones de vida de la gente, repitiendo la consigna de su padre: proporcionar a cada paquistaní alimento, ropa y techo. En octubre, con las elecciones a la vista y sus hijos ya adolescentes, sintió que había llegado la hora de volver. A pesar de los peligros a los que sabía que tendría que enfrentarse, fue su sentido del deber y del compromiso los que no sólo la convirtieron trágicamente en la hija de Pakistán, como era conocida, sino que forjaron su destino. The Daily Telegraph