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23 12 07 VIAJES Luxemburgo La esencia de nuestro continente de paisajes naturales, oferta cultural y gastronomía, con el vino blanco como gran estandarte, y todo ello tamizado con fino estilo norteño POR MARIO SÁNCHEZ GUILLÉN FOTOS: ABC Coqueto y cosmopolita, el pequeño país ofrece un sugerente combinado l recorrer por carretera las verdes tierras de Luxemburgo hay que tener cuidado para no salirnos del país y acabar en Francia, Bélgica o Alemania. Ocupa un territorio muy pequeño, en el que con un vehículo privado podemos tener la certeza de que nos pode- A Desfile en la localidad de Echternach, sede de una importante abadía mos plantar en cualquier punto del país en poco más de una hora. Esta sensación de pequeñez y familiaridad es la que ha marcado a fuego el espíritu de Luxemburgo, nación que se ha encontrado a lo largo de su historia bajo la órbita política de Francia, Austria, Alemania, Holanda e incluso España, que dominó en el siglo XVI los territorios luxemburgueses como parte de sus posesiones de lo que entonces se conocía como Flandes, y que ha dejado un conmovedor sabor español en la herencia del país del que sus ciudadanos se sienten orgullosos. A pesar de su citada pequeñez, en tan poco territorio- -similar al de la provincia de Vizcaya- -abunda una rara variedad cromática, gastronómica y cultural, que va desde el cosmopolitismo de la capital hasta el alma rural de sus villas. Pero quizás de lo mejor del país sea su gente, frase que parece un tópico- -y que de hecho lo es- pero que todos los que lo visiten darán como cierta. La hospitalidad, nivel cultural y civismo de sus ciudadanos hacen que uno se sienta orgulloso de pertener a una Europa unida cuyos valores de tolerancia y respeto tan bien representa Luxemburgo. En las pequeñas plazas de la capital (75.000 habitantes, más de 200.000 en el área metropolitana) jóvenes con estética punki y fuerzas de seguridad comparten el espacio sin estridencias. Los unos apagan cívicamente sus cigarros en los ceniceros callejeros habilitados para tal efecto, y llevan a sus perros con correa. Los otros, miran a la concurrencia sin ninguna gana de liarse a soltar mamporros. Lo dicho, otro mundo, pero está claro que, si el espíritu al que aspira Europa existe, es este y no otro. Por otra parte, hay que tener en cuenta la influencia de la inmi- gración en este, además de limpio, riquísimo ducado (no confundir con un cigarro) La influencia demográfica de franceses y alemanes es notoria (sólamente el land alemán de Renania- Palatinado, que hace frontera con el país, tiene cuatro millones de personas frente al medio millón que viven en Luxemburgo) pero tampoco es desdeñable la cantidad de portugueses que moran en el país, hasta un 20 por ciento de la población total, traídos de forma completamente regulada durante varias décadas para satisfacer una demanda de trabajo con blancos católicos portugueses, antes de que los turcos musulmanes acudieran a trabajar allí. También con estas medidas controvertidas se construye la estabilidad social de un Estado. Por otra parte, este país también ha tenido el mérito de hacer de la necesidad, virtud. De la debilidad de su lengua y la fortaleza de las que tiene alrededor (francés y alemán) los luxemburgueses han construido una sociedad multilingüe en la que los jóvenes, cuando llegan a su mayoría de edad, manejan a la perfección En las pequeñas plazas de la capital, los jóvenes con estética punki y la policía comparten el espacio sin tensiones ni estridencias: esto es Europa