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23 12 07 CLAVES DE ACTUALIDAD Generación del 27 Puerta de la modernidad (Viene de la página anterior) aquella fotografía, en el fondo, miente la íntima verdad de aquel tiempo. Y si no miente, al menos, no la dice toda. Habría que mirarla también invertida y del revés, ver lo que falta, desvelar lo que encubre. Habría que mirarla en lo que efectivamente es, fragmento incompleto de un todo que falta, imagen fija- -e imposible- -de lo que es sólo movimiento incesante. Claro que no. El concepto de generación del 27 encumbra un grupo de poetas geniales, cuyo valor estético no se discute aquí y cuyo reconocimiento tampoco se pone en entredicho, pero reducir a ellos el arte y la cultura de los años veinte supone una forzadura de la historia que conviene saber recomponer a tiempo. No todo fue poesía en aquellos años, desde luego, ni toda la poesía se ajustó a la reivindicación gongorina. También hubo novela, y buena, y excelente teatro, y un ensayismo que puso al pensamiento español al nivel de la filosofía europea. Por no hablar de las demás artes, de la pintura a la música, de la arquitectura al cine. Ahí están para recordárnoslo sus nombres: Benjamín Jarnés, Antonio Espina, Rosa Chacel, Max Aub, Francisco Ayala, Ramón J. Sender, María Teresa León, Agustín Espinosa, José Díaz Fernández, Joaquín Arderíus, Enrique Jardiel Poncela, Cipriano Rivas Cherif, Valentín Andrés Álvarez, Ernesto Giménez Caballero, Fernando Vela, Xavier Zubiri, José No todo fue poesía Gaos, María Zambrano, etc. etc. Nombres cuya obra en nada desmerece de la de los poetas antes mencionados. Sin olvidar, por otro lado, que a aquella renovación general de las artes y las letras de los años veinte también contribuyeron autores que nuestro cómodo descuido y nuestra incuria confortable suelen dejar fuera y encasillar de otro modo: valgan los ejemplos de Valle- Inclán, cuya Luces de bohemia de 1920, revolucionó la escena teatral, y de Azorín, cuyas novelas de esos años supusieron una suerte de modelo no siempre reconocido por los más jóvenes. Todo ello, sin embargo, queda en la sombra en la narración perversa de la historia que levanta la categoría de 27 O de otro modo: la luz del 27 en su exaltación reverencial de la poesía, condena a las sombras toda una producción literaria y cultural que, en propiedad y justicia, en nada desluce de aquélla. Habrá, pues, que desandar el camino e ir de la luz a la oscuridad, buscar tras el brillo de aquella luz el valor imperecedero de lo que se entregó a las sombras. La denuncia del 27 no significa rebajamiento alguno del valor de los poetas, sino, al contrario, la reivindicación de una misma equivalencia entre los distintos géneros entonces practicados. Tenga presente el lector, además, que Jarnés, por ejemplo, tuvo en su tiempo más renombre que Lorca, y que hoy María Zambrano viene siendo considerada como una cima de la filosofía del siglo XX. Si de generaciones hay que hablar, quizá sea más adecuado el nombre de generación de 1930 como Díaz Fernández y Antonio Espina se autocomprendían, o el de generación de la república pues la política acabó siendo el gozne sobre el que giraría todo en pocos años. Todo, incluso el distanciamiento y la lejanía proclamados como principios del arte deshumanizado En verdad, yendo a buscar en el espíritu del tiempo cuyo horizonte nunca debiera abandonar la buena historiografía, acaso sea el concepto de modernidad el que mejor dé la medida de aquellos años. La lucha por la modernidad venía de muy atrás, claro está, y en los años inmediatamente anteriores la generación del 14 había hecho de la lucha en su favor el centro de un vasto programa de acción cultural. Fueron modernos que libraron la batalla de la modernidad hispánica. Ahora, en cambio, los jóvenes de los años veinte, al sumarse, a su modo, a aquella lucha, lo hacían sobre conquistas tangibles ya logradas, pisando un suelo menos inseguro y envueltos en un decorado que permitía el entusiasmo. Aquellos jóvenes vivían la modernidad, eran modernos y conducían una vida moderna, y sobre esa vivencia radical impulsaban la acción misma del desarrollo de la modernidad. Les separaba un abismo de sus maestros (Ortega y Gasset, Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez) quizá no en ideas, pero sí en estilo, porque el suyo era principalmente un estilo de vida. Y fue precisamente ese estilo, filtrado por experiencias como el cine y el deporte, y también, sin duda, por una nueva moral sexual, el que supieron imponer como dominio propio de los años veinte. Desde esa enorme distancia se entiende el calificativo de putrefacto con el que se relacionaron con el pasado. Fueron verdaderamente felices los años veinte del pasado siglo, en el sentido de que en ellos se vivió bajo la onda de un entusiasmo que acabó inundándolo todo, el arte y la ciencia, la religión y la filosofía, la sociedad y la política. Fue el triunfo de una modernidad consignada a la vida. Aquellos jóvenes ni abrieron la brecha ni fueron sus portadores, pero justo es reconocerles el papel fundamental de la difusión de su entusiasmo. Frágil entusiasmo, como se vería en pocos años. Y es que la tragedia de aquella España consistió en penetrar la modernidad por la puerta de su crisis. Pasado putrefacto El suyo fue un estilo de vida, filtrado por experiencias como el cine, el deporte y, sin duda, una nueva moral sexual, que supieron imponer como dominio propio en los años 20 La emblemática foto de grupo de la Generación del 27 en acto de exaltación a Góngora en el Ateneo de Sevilla; de izquierda a derecha: Alberti, Lorca, Chabás, Bacarisse, Romero Martínez, Blasco Garzón, Jorge Guillén, Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego