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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE Recreación del homenaje a Góngora de la Generación del 27. En pie, a la izquierda, Ignacio Sánchez Mejías; en el interior del coche, Lorca, Alberti, Gerardo Diego y Pedro Salinas; sobre el estribo del auto, Vicente Aleixandre; al volante, el propio Góngora; y en pie a la derecha, Cernuda y Bergamín también que la promoción personal encuentra caminos más llanos y mejores desde la afirmación en grupo. Aquella fiesta, en cualquier caso, había empezado mucho antes. Sevilla fue sólo broche de oro y acaso fin de fiesta. Desde principios de 1926, aquellos jóvenes habían empezado a organizar los preparativos para celebrar un variopinto homenaje a Góngora. Se programaron ediciones críticas de su obra, una antología de la poesía española en honor de Góngora la representación de su teatro, un auto de fe como desagravio de tres siglos de necedades conciertos, exposiciones, etc. etc. El programa había de quedar muy recortado, pero, con todo, el 23 de mayo de 1927, fecha del aniversario, se celebraron en Madrid, en aquel espacio cultural roturado ya por la acción rompedora de las primeras vanguardias, los actos de un homenaje singular que comprendía: una hoguera simbólica para que ardieran las obras de los enemigos de Góngora; una misa de funeral celebrada en la iglesia de Santa Bárbara, en la que el oficiante acabó dando el pésame a Bergamín, pues parecía el más compungido de los allegados del difunto y unos juegos de agua contra los muros de la Real Academia, para dejar constancia de un rechazo radical. También aquello era una fiesta. En las historias que se cuentan de todo ello, nuestra memoria ha privilegiado el recuerdo sevillano, y desde él, como si fuera un centro germinal, ha vertebrado la narración de la historia. Acaso porque la foto aludida arrastra la ilusión de una verdad inmediata. Acaso porque fue, en su tiempo, una foto de interesadas conveniencias, y después, tras la tragedia de la guerra civil, sirvió de base para contar lo que entonces podía contarse. Pero el caso es que (Pasa a la página siguiente) LUIS BUÑUEL El cineasta del futuro Los poetas del 27 cantaban al cinematógrafo. Luis Buñuel lo practicaba. Como otros personajes que recordamos aquí, en puridad no pertenece a la mencionada promoción de líricos, pero fue uno más de su generación y encarnó ejemplarmente una de sus aspectos más peculiares: la fascinación por el cine como vehículo para materializar el magma de los sueños, como nueva sintaxis para un siglo hiperdinámico. La sugestión de la imagen en movimiento. E incluso la pronta comprensión del cine como un modo de vida, encarnado en sus héroes cómicos, épicos, disparatados y transgresores. El cine fue para la promoción del 27 un idóneo instrumento para romper con el pasado. Y Buñuel se presentó como el apóstol de aquella generación que llevó a la práctica el impulso transgresor y rupturista que habían intuido en el invento de los hermanos Lumiere. IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS El torero intelectual Fue el promotor de los actos de homenaje a Góngora en el tercer centenario de su muerte, que dieron ocasión a la famosa fotografía que retrató para la eternidad a la generación del 27. Fue su protector, su amigo incondicional, y bien merecería figurar en primera línea de aquel retrato de grupo. A mediados de los años 20 se cansó del toreo- -en el que ya había triunfado como una de sus figuras más valientes- -y se dedicó a ser mecenas de aquella nueva promoción de poetas. Fue, además, actor de cine, jugador de polo, automovilista y presidente del Real Betis Balompié. Donde se ve cómo encaja perfectamente en el perfil de aquel nuevo humanismo del 27: inventivo, aventurero, empapado de tradición, pero con pasión por lo innovador. Dicen que era un temerario, lo que en el ruedo tiene un destino mucho más fatal que en la palabra. LUIS DE GÓNGORA Un poeta claro Durante dos siglos la poesía de Góngora había sido marginada y descalificada como oscurantista o galimatías incomprensible Una injusticia histórica que sirvió para que la generación del 27 hiciera bandera del lírico cordobés frente a adocenados y perezosos del gusto. Como clamaría Dámaso Alonso, Góngora es un poeta clarísimo y, si desconcierta, es porque deslumbra de tanta luz como irradia. Por lo visto, era un asombro asistir al espectáculo de Dámaso recitando el Polifemo de memoria. Góngora fue y es un poeta transgresor y, como tal, fue proclamado profeta de una generación rupturista, ansiosa de romper amarras con lo que quedaba de decimonónico en la lírica de aquellos días. El gusto barroco del 27 fue su principal arma para adentrarse en la modernidad. Al autor de Las Soledades tampoco le habría importado posar en aquella famosa foto de grupo.