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23 12 07 CLAVES DE ACTUALIDAD Generación del 27 Entusiasmo de la modernidad Ochenta años después del apasionado homenaje a Góngora que lanzó a la generación del 27, ésta aparece como puerta por la que entró la modernidad en España TEXTO: FRANCISCO JOSÉ MARTÍN PROFESOR DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD DE SIENA FOTOS: ABC E ra diciembre de 1927 y sobre la noche sevillana incumbía viva expectación. Pequeños grupos de sombras atravesaban numerosos la ciudad impaciente y convergían en el resplandor de la nueva poesía. De la oscuridad a la luz, como signos ocultos de una trama cuya historia había que inventar. En el salón de actos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, cedido para la ocasión al Ateneo, iban a inaugurarse las actividades del curso en la Sección de Literatura. Inicio solemne, pues se anunciaba un homenaje poético conmemorativo del tercer centenario de la muerte de Góngora. De Madrid, patrocinados por el torero Ignacio Sánchez Mejías, había venido un nutrido grupo de jóvenes representantes de la nueva literatura. Las crónicas y memorias de aquel acto relatan que el auditorio, rendido a los poetas, aplaudía la perfecta dificultad de las décimas de Guillén como si fuesen elegantes y arriesgados pases de muletilla, y las metáforas audaces de Lorca cual verónicas temerarias en lances de un valor sin precedentes. Dicen que hubo vítores y pañuelos agitados que pedían lo imposible, que la poesía se hiciera carne, y dicen también que, en el entusiasmo, hubo quien se quitó la camisa y, ebrio de pasión y con los ojos en lágrimas, gritó ¡Viva la Virgen de la Poesía! Era una fiesta. De Madrid habían venido Alberti, Lorca, Juan Chabás, Becarisse, Jorge Guillén, Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Hay una fotografía que los retrata en este orden junto a las autori- dades del Ateneo de Sevilla, Blasco Garzón y Romero Martínez, una foto que iba a convertirse- -para bien y para mal- -en icono de aquellos años. Pero ésa es otra historia, aunque conviene no olvidarla. En la foto están representadas las principales tendencias de lo que la historia de la literatura consagraría después como generación del 27 Habría que añadir algunos nombres para completar el canon: Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Una generación, pues, de poetas, todos magníficos, sin excepción, aunque la presencia en la foto de Chabás y, sobre todo, de Bergamín, inducen la sospecha y permiten pensar que quizá las cosas no fueron tal y como después se han contado. Aquellos jóvenes habían venido de Madrid para reivindicar a Góngora, para negar el tópico de su oscuridad y renegar de su olvido, para aseverar la luz de su poesía y testimoniar la claridad diamantina de su verso. Pero Góngora era un pretexto. Veraz y honesto, pero pretexto. En verdad, habían venido para afirmarse a sí mismos. De la oscuridad de una obra incipiente a la luz del reconocimiento: ése era el fondo que alimentaba la superficie de aquel acto. El ejemplo del poeta cordobés les unía, pero habían izado el estandarte gongorino para librar su propia batalla en aquel espacio literario abierto tras el agotamiento de la transgresión vanguardista. Eran amigos, y sabían GARCÍA LORCA Poeta de la metrópolis El poeta que convirtió a Nueva York en emblema de metrópolis dinámica, vertical y vertiginosa, en la urbe por excelencia del siglo XX y geografía del mundo por venir, no nació en Estados Unidos, sino en Granada y, poco antes, había ganado fama por sus romances de camborios y montoyas. El poeta de New York oficina y denuncia es crítico con lo de inclemente tiene la metrópolis que, a menudo se convierte en pesadilla, siente nostalgia de viejas ciudades europeas y selvas tropicales. Pero en sus versos se escucha el jazz y el ritmo de las multitudes, se despliega el deslumbramiento de los anuncios de neón, de los rascacielos góticos y se percibe la vitalidad multiétnica de las grandes urbes que pronto iban a imperar en la modernidad. Tal vez a Lorca Nueva York no le pareciese una ciudad ejemplar. Pero él fue quien fijó de una vez y para siempre el ritmo de la cosmópolis. SALVADOR DALÍ Metafísico del huevo frito Salvador Dalí fue uno de los primeros en percibir que, para triunfar en el mundo moderno, es condición imprescindible ser un consumado maestro del espectáculo. No es un poeta formalmente adscrito al 27, pero sí es un artista plenamente integrado en esa generación que intuyó por dónde apuntaban los vientos de una modernidad que aún hoy perdura. Méritos artísticos aparte, Dalí fue, si no el inventor, sí el maestro consagrado del happening y del personaje construido sobre sí mismo para deleite de su público. No es que su pintura no tenga mérito por sí misma. Pero, al margen del valor que ésta pudiera tener, el pintor de Cadaqués ya estaba abocado al éxito desde el momento en que hizo una metafísica del huevo frito, se inventó su aerodinámico bigote y se proclamó un genio reconocido e indiscutible de la humanidad. García Lorca junto a Dalí en Cadaqués