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23 12 07 EN PORTADA Carla La favorita POR JUAN PEDRO QUIÑONERO uizá el síntoma más elocuente de la irrupción y los estragos del sexo en la política de Francia fuese la imagen pálida del presidente de la República, Nicolas Sarkozy, pidiendo tres cafés, durante el consejo de ministros, cuando se discutía la reforma del Estado, el lunes pasado, tras una larga noche de amor en Eurodisney, en el mismo lecho que Carla Bruni. Hace apenas unos meses que ella había declarado: El amor dura mucho. El deseo ardiente apenas dos o tres semanas Sarkozy y Carla Bruni se conocen desde hace apenas cinco semanas. Pero Marisa Bruni- Tedeschi, madre de la cantante, se paseaba el jueves por unos jardines próximos al Vaticano, mientras el presidente francés se entrevistaba con Benedicto XVI evocando el incierto destino espiritual de Europa. A pesar de las apariencias, ni Q Carla Bruni ni Sarkozy han dicho ni una palabra sobre sus relaciones, aunque aquí y allá se haya comerciado con frases falsas para comentar la evidencia invisible de unas relaciones que ilustran de manera espectacular las nuevas tácticas de la guerra política, el poder y el amor, a través de la orquestación no siempre calculada ni totalmente involuntaria de las relaciones ¿amistosas? ¿carnales? ¿amorosas. Morir en el lecho amoroso Sarkozy cabalga durante una reciente visita a la Camargue EPA Carla y Sarkozy se conocieron poco antes o poco después de la ruptura oficial entre el presidente y Cecilia ex- Sarkozy, el 18 de octubre. Cenaron juntos, entre amigos, en casa de Jacques Seguela, un publicitario de talento que se hizo célebre en 1981, lanzando la legendaria campaña publicitaria de Mitterrand: La fuerza tranquila En aquella reunión, Carla tocó la guitarra y Sarkozy se atrevió a cantar entre amigos, viejas canciones de los 70 y 80. Días más tarde, Carla Bruni fue vista por vez primera en los apartamentos privados del Elíseo. El palacio presidencial francés ha visto incontables escenas de cama. Es leyenda la historia de un presidente que murió en el lecho del honor amoroso, tras una noche de placer que lo condujo a la tumba. Y François Mitterrand llegó a instalar a la última de sus amantes en un palacio próximo. La novedad radical, en el caso de la pareja Sarkozy- Bruni, es la rapidez y naturalidad con que la pasión amorosa se transforma en mercancía publicitaria y la orquestación publicitaria en arma de guerra política. En este caso, el director de orquesta se limita interpretar una partitura que otros le ayudan a componer. No es un secreto que un número relativamente modesto de paparazzi cubren las inmediaciones del Elíseo. La tarde del sábado 14 de diciembre, dos paparazzi advirtieron que la limusina presidencial y una breve escolta motorizada tomaban un rumbo desconocido. Y la siguieron. Hasta llegar al domicilio parisino de Carla Bruni y su madre. Carla montó en el coche del presidente. Y la madre los siguió en un segundo coche. Dos horas más tarde, el trío hizo su primera aparición pública en Eurodisney, acompañado de varios niños, entre los que se encontraba el hijo de Carla Bruni y el ensayista Raphaël Enthoven. Cualquier lector de novelas de moda sabía, desde hace pocos años, que Carla sedujo a Raphaël Enthoven, cuando ella salía con su padre, amigo de Bernard Henry Levi, padre de Justine Lévy, esposa de Raphaël Enthoven. Y quienes leyeron la novela de Justine Lévy no olvidarán que ella intentó suicidarse, cuando su esposo la abandonó por Carla. Los paparazzi que habían seguido a Sarkozy desde el Elíseo conocían tales historias. Y creían estar a la caza y captura de imágenes vagamente hard de un presidente y una mujer de rompe y rasga, de quien se conocen mu-