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24- 25 D 7 LOS DOMINGOS DE monasterio copto de Santa Catalina, construido a 1.570 metros, al que también se accede con muchísima dificultad. Está edificado donde se supone que Moisés vio la zarza ardiente. Es el monasterio más antiguo del mundo y pertenece a la iglesia ortodoxa griega, cuya comunidad es muy celosa de su intimidad y no nos abre ni el museo, ni la biblioteca, con la colección más antigua de manuscritos después de la del Vaticano. En el interior de sus grandes murallas puede visitarse la basílica de la Transfiguración, una pequeña iglesia ortodoxa. Se remonta al siglo IV cuando algunos anacore, tas se refugiaron en el Sinaí, lejos de las persecuciones de las tribus nómadas. En el monasterio puede verse, aparte de la famosa zarza, el pozo de Moisés o el lugar en que encontró a los israelitas adorando al becerro de oro cuando regresó de orar del Sinaí. No muy lejos, dentro de la misma cordillera del Sinaí, se encuentra el Cañón Coloreado, una especie de desfiladero cuyas paredes llegan a alcanzar unos seis pisos de altura, en una piedra de bellísimo tono rojo a causa de la erosión que produjo el agua sobre la roca caliza y arenisca de la zona. Recuerda un poco al desfiladero que hay para entrar en la ciudad nabatea de Petra, en Jordania. Pero es mucho más estrecho y en algunas partes de complicado y difícil acceso, lo que le hace más atractivo. El Sinaí, el desierto del Éxodo, evoca la marcha de los hebreos conducidos por Moisés hasta la Tierra Prometida. La Historia Sagrada ha marcado este espacio, hoy mítico, donde los religiosos o peregrinos acuden en busca de sensaciones espirituales y Tierra de contrastes donde aún viven montones de beduinos, en diversas tribus, que siguen sus propias leyes (ellos se lo comen, ellos se lo guisan) es decir gestionándose sus intereses y su vida social y, como forma nueva de vida, vendiendo lo que sea a los turistas que acuden a esta península de 62.000 kilómetros cuadrados, entre África y Asia, llena de contrastes, que se extienden desde el canal de Suez hasta la franja de Gaza, en un territorio que es la mayor parte desierto, con varios oasis y con un mar, el Rojo, de aguas turquesas, que un día los israelitas atravesaron siguiendo a Moisés en busca de la tierra prometida y que hoy tiene una intensa vida submarina. La zona, además, goza de unas medidas de seguridad asombrosas. No en vano el terrorismo azotó hace cuatro años a la zona turística causando más de 60 muertos. Compras, buceo y los riesgos del quad La península del Sinaí mezcla paisajes desérticos y mar azul, en cuya orilla se han construido complejos turísticos de todas las categorías, que tienen en Sharm el Sheik y Naama Bay sus epicentros. Ambas son una especie de ciudades artificiales levantadas en los últimos 20 años, al amparo del desarrollo turístico. Sharm el Sheik es un zoco, una pura tienda, donde todo el mundo habla lo preciso en cualquier idioma para encasquetar al visitante los más variopintos objetos, mientras invitan a un té en aras de la hospitalidad árabe. Lleno de restaurantes y cafés, y con las tiendas abiertas toda la noche, es el único lugar de shopping de una zona (aparte de las tiendas de los grandes hoteles) porque todo lo que nos rodea es desierto que los más osados recorren en quads peligrosísimas motos, tan de moda y tan inestables, -sé de qué les hablo- Desgraciadamente, y antes de la excursión, ninguna agencia avisa de sus peligros, algo que sí hacen los monitores de buceo con el manejo de las bombonas de oxígeno, que exigen al cliente firmar la asunción de los riesgos de este deporte. Un auténtico camino de cabras que la luz del día descubre al sobrecogido peregrino del monte Moisés Tiendas para descansar y hacer frente- -paradojas del té caliente- -al calor diurno de la península Aquí llegan viajeros de las tres grandes religiones