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16 12 07 VIAJES El autor de la novela en la que sigue la pista al Arca de la Alianza Sinaí El contrato con Dios (Viene de la página anterior) naí a Egipto, se inauguró una nueva era en esta zona de sobrecogedora belleza desértica, hoy plagada de turistas amantes de ese gran desierto que se extiende a lo largo y ancho de la península, y de aficionados al submarinismo que tienen en el mar Rojo su paraíso particular donde poder disfrutar, bien en barcos de fondo transparente o buceando, de un espectáculo único de peces y corales o practicando la variedad del snorker buceo de superficie, que hace las delicias de niños y mayores. Una de las actividades más interesantes en el Sinaí es la subida nocturna, como en peregrinación, al monte Moisés para ver amanecer. Es una especie de experiencia religiosa durísima, que requiere una buena preparación física, pues, incluso el ascenso en camello supone un gran esfuerzo. La excursión, no apta para todos los públicos, comienza al anochecer cuando, tras abandonar el hotel y tras dos o tres horas en coche, se llega, sobre las 11 de la noche, a las faldas del monte Moisés. Hace frío, mucho frío, el propio del desierto a esa hora, y los beduinos venden por unos euros mantas con las que abrigarse. Hay tal comercio de alquiler de camellos con guías beduinos, típicamente vestidos a la vieja usanza, que aquello parece una feria de ganado. A pie o en camello, los guías dirigen a la gente por un camino abrupto y atestado. La vista hacia atrás ofrece una hilera de antorchas y linternas flanqueada por las montañas y por un enorme precipicio de unos 700 metros. Hasta la luna, para darle más ambiente, estaba esa noche en cuarto menguante, en un cielo plagado de estrellas. En el camino- -dura tres horas- hay puestos beduinos con agua, té, refrescos y chocolatinas. Rusos, chinos, italianos, españoles y musulmanes subidos en sus camellos o a pie bordean la montaña, zigzagueando, en busca de su cima. Los beduinos se pasan la noche gritando a los camellos jarri, jarri vamos, vamos y la estampa recuerda esos nacimientos de nuestra infancia donde los reyes, en camellos con sus pajes, iban en fila por su estrecho sendero de arena hasta llegar a adorar al Niño. Ya cerca de la cima, los camellos no pueden seguir y el camino hay que continuarlo a pie. Arriba, el espectáculo sobrecoge porque empieza a amanecer. El sol lanza unos tímidos rayos que descubren el paisaje, una cadena de desérticas montañas, gastadas por la erosión, con miles de formas raras y caprichosas. Y en medio de todo, la nada. Alguien recuerda que cristianos, musulmanes y judíos no somos tan distintos, de ahí que en la subida, en peregrinación al monte de Moisés, hubiese un amplio abanico de gentes de las más diversas religiones. En la cumbre, a 2.285 metros, una pequeña capilla construida en 1934 en recuerdo de la original (año 363) reconstruida (en 530) por Justiniano, con inscripciones coptas y griegas, y una pequeña mezquita. No parecen tener uso alguno. Si la subida es dura, la bajada es peor, porque la luz del sol descubre con crudeza la dificultad del camino que, por la noche, la pequeña luna ocultaba. Un poco más abajo nos espera el conocido Un mundo común El camino hacia la cumbre del monte Moisés ofrece la vista de una hilera de antorchas y linternas flanqueada por las montañas y por un enorme precipicio de unos 700 metros El sol lanza unos tímidos rayos que descubren una cadena de montañas, gastadas por la erosión, con formas raras y caprichosas. Y en medio de todo, la nada