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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE los suyos propios y ordenaron al conductor que se dirigiese inmediatamente a la Casa Blanca. Al incorporarse, Reagan sintió un dolor punzante en el costado y se quejó de la rudeza de Parr diciendo: Creo que me ha roto una costilla Un instante más tarde comenzó a escupir sangre. Era evidente que estaba muy dolorido. Parr indicó al conductor que cambiase de rumbo y se dirigiese a la sala de urgencias del cercano Hospital George Washington. Tras palpar al Presidente las costillas y la espalda no pudo detectar ningún indicio evidente de lesión. Diez minutos después del atentado Reagan llegó al hospital no sólo sufriendo fuertes dolores, sino también con dificultades para respirar. A pesar de ello, se bajó del coche, se irguió y dijo a Parr: Entraré caminando Caminó unos dos metros por el vestíbulo de entrada a la sala de urgencias hasta que cayó desplomado al suelo. Parr y Shaddick cargaron con él mientras las enfermeras y los médicos le quitaban la ropa. Cuando Reagan dijo que no podía respirar, los médicos le practicaron una incisión en la garganta y le introdujeron un tubo respiratorio. La presión arterial le había bajado a la mitad del nivel normal y la sangre le inundaba el pulmón. Finalmente Reagan se desmayó. Después de llevar trece días en el hospital el Presidente había perdido cinco kilos. Regresó a su residencia en la Casa Blanca el 11 de abril de 1981. Vestido con un suéter rojo y saludando a la multitud, caminó cincuenta metros hasta el ascensor. Pero al llegar arriba cayó agotado en una silla. Sólo tres semanas después del atentado de Hinckley Reagan estuvo realmente en condiciones de realizar algunas de sus tareas habituales, como telefonear a los congresistas para solicitarles su voto. Al cabo de muy poco tiempo logró una de las más notables victorias legislativas de toda la historia de la Cámara de Diputados al conseguir que la mayoría demócrata aprobase el programa de recorte de impuestos que marcó el comienzo de las reaganomics. Pero ese logro era un triunfo sobre la adversidad más que una fácil demostración de superioridad. En aquel momento los portavoces oficiales, secundados por los médicos, dieron información falsamente optimista sobre el estado de salud del Presidente. En todo momento las constantes vitales del Presidente fueron absolutamente estables- -dijo el decano de Asuntos Clínicos del Hospital George Washington- En ningún momento corrió grave peligro Estas afirmaciones no eran estrictamente ciertas, pero resultaban justificadas por la necesidad de tranquilizar a un país pre- ocupado. Lo interesante es que fueran creídas tan fácilmente por los medios de comunicación y la opinión pública en el ambiente de escepticismo que siguió al Watergate. Más adelante los biógrafos, desde Edmund Morris hasta Richard Reeves, corrigieron esas falsas explicaciones de manera detallada e incontrovertible. Pero sus informes más precisos nunca han cambiado realmente una opinión pública ahora firmemente arraigada. La razón es el mismo Reagan. No sólo caminó sin ayuda desde el coche hasta la sala de urgencias del hospital, sino que además alentó a quienes se hallaban a su alrededor con una serie de chistes tranquilizadores que desde entonces se han convertido en leyenda. Tanto en aquel momento como retrospectivamente su comportamiento fue asombroso. Le habían disparado, había perdido muchí- Reagan no se dio cuenta de haber recibido un disparo. Sintió un dolor punzante en el costado, pero sólo creyó que su jefe de seguridad le había roto una costilla El Papa y el presidente de EE. UU. estuvieron a punto de morir y ambos explicaron de la misma manera el hecho de sobrevivir: Una mano disparó y otra guió la bala sima sangre y sufría fuertes dolores en el pecho porque tenía un pulmón comprimido cuando se obligó a salir del coche y entrar caminando al hospital. En un momento en que se despertó y se encontró con que una enfermera le sostenía la mano, le preguntó: ¿Nancy sabe lo nuestro? E inmediatamente antes de la operación dijo a los médicos: Espero que sean todos republicanos (Uno de los médicos le respondió: Señor Presidente, hoy todossomos republicanos Cuando llegó su esposa, le dijo: Cariño, me olvidé de agacharme Incluso cuando apenas estaba consciente, su principal preocupación era tranquilizar al país y a quienes le rodeaban diciendo que todo iba bien. Y hasta se sobrepuso a la razonable rabia que debía sentir hacia el asesino y pudo rezar por él. Igual que Juan Pablo II, Reagan estuvo a un paso de la muerte. A diferencia del Papa, no se desplomó en brazos de Parr, sino que entró caminando al hospital y no dejó de hacer bromas. Desde entonces esa gallardía nos ha engañado respecto de la gravedad de la situación. Pero la realidad es que ambos hombres estuvieron a punto de morir y los dos explicaron de la misma manera el hecho de haber sobrevivido: Una mano disparó y otra guió la bala