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9 12 07 EL LIBRO PREPUBLICACIÓN ¿Dios guió las balas? Reagan, Thatcher y Juan Pablo II, tres líderes que cambiaron la Historia, que se enfrentaron al totalitarismo y derrumbaron el Muro de Berlín sin disparar una sola bala. Tres personajes que hicieron que Occidente volviera a confiar en sí mismo. John O Sullivan traza un vigoroso relato sobre su trayectoria en esta obra, de la que publicamos parte del capítulo sobre los atentados que sufrieron i la vida fuese un thriller sobrenatural, los próximos giros imprevistos de la trama habrían sido previsibles. Habían transcurrido veintidós meses desde la elección de Juan Pablo II y Ronald Reagan y más o menos a la mitad de ese periodo Margaret Thatcher ocupó el cargo de Primera Ministra. Menos de tres meses (para ser exactos, setenta días) separaron la elección de Reagan del atentado contra su vida perpetrado por John Hinckley el 30 de marzo de 1981. Juan Pablo II sobrevivió a duras penas a un intento de asesinato cuarenta y tres días más tarde, el 13 de mayo. Y tres años después Thatcher salió ilesa cuando una bomba del IRA que se proponía matarla estalló en el Grand Hotel de Brighton el 12 de octubrede 1984, cobrándose la vida de cinco personas e hiriendo a muchas otras, incluido su colaborador y amigo íntimo Norman Tebbit. En esta serie de crímenes existe una especie de ingenio casi cinematográfico. En La profecía o en El exorcista se explicaría fácilmente como las fuerzas satánicas que intentan destruir a los apóstoles de la esperanza antes de que puedan hacer el bien (aunque un director cinematográfico más proclive al tópico hubiera insistido en pasar el atentado contra la vida de Thatcher a 1981) Esta impresión, algo misteriosa, se ve reforzada por el estrecho margen con que las víctimas se libraron de que los asesinos cumplieran su objetivo. Dos de esas víctimas creyeron que Dios había intervenido para salvarles la vida y actuaron a la luz de esta creencia. Hay asesinatos que han alterado el curso de la historia; la Primera Guerra Mundial tuvo su origen en un asesinato. Y en ocasiones el hecho de que los asesinos no hayan cumplido su objetivo puede haber alterado el curso de la historia. El 13 de mayo de 1981 Juan Pablo II fue alcanzado por dos disparos realizados por Mehmet Ali Agca, asesino profesional y terrorista turco, al pasar junto a él en un recorrido en torno a la plaza S Título: El presidente, el Papa y la Primera Ministra Autor: John O Sullivan Editorial: Gota a gota Colección: Verde Páginas: 544 Precio: 28 Euros de San Pedro a las 5: 13 horas de la tarde. 1 Agca había esperado en lasegunda hilera de peregrinos, detrás de las vallas de madera. Se hallaba a sólo sesenta centímetros del Papa, en línea con su objetivo, cuando disparó su pistola semiautomática Browning de 9 mm. El Papa recibió dos disparos de Agca, uno en el abdomen y otro en el codo, e inmediatamente cayó hacia atrás en brazos de su secretario, monseñor Stanislaw Dziwisz. Aunque Agca no tardó en ser retenido por los peregrinos más cercanos y entregado a la policía, debió de pensar que había cumplido su propósito asesino. Y no estaba equivocado del todo, pues el Papa se hallaba en peligro mortal. Una ambulancia se apresuró a trasladarlo al hospital Gemelli, a unos ocho kilómetros de distancia. En el momento en que llegó al hospital sufría una fuerte caída de la tensión arterial y tenía el pulso débil. Su secretario le administró la extremaunción en el quirófano mientras el equipo médico le quitaba la ropa para conocer la naturaleza de sus heridas. Juan Pablo II había sido extraordinariamente afortunado. La bala de Agca que le atravesó el cuerpo le pasó a sólo uno o dos milímetros de la arteria abdominal, la columna vertebral y los principales haces de nervios. Con toda probabilidad se desvió de su trayectoria original al chocar con un dedo de la mano del Papa (que sufrió fractura) y gracias a ello no afectó a los órganos vitales que podría haber lesionado. Gracias a la desviación de la bala el Papa no fue asesinado en el acto, John O Sullivan Ex consejero de Margaret Thatcher. Periodista y colaborador de ABC Al igual que la bala que estuvo a punto de matar a Ronald Reagan, el proyectil dirigido contra Juan Pablo II pasó a pocos milímetros de la aorta central Tras el atentado, el presidente alentó a quienes se hallaban a su alrededor con una serie de chistes tranquilizadores que desde entonces se han convertido en leyenda no murió desangrándose en la ambulancia ni sufrió una parálisis grave, todo lo cual habría sucedido si el proyectil hubiese seguido una trayectoria ligeramente diferente. Pero los médicos del Papa y su secretario (en cuyos brazos se había desplomado cuando recibió el impacto de las balas) coincidieron en señalar que fue algo milagroso Pocos días más tarde, el mismo Papa fue más explícito al respecto cuando dijo: Una mano disparó y otra guió la bala En su vívido relato del intento de asesinato de Juan Pablo II, Carl Bernstein y Marco Politi se refieren brevemente a la trayectoria de la bala: Igual que la bala que estuvo a punto de matar a Ronald Reagan, pasó a pocos milímetros de la aorta central De hecho, el intento de asesinato de Reagan el 30 de marzo de 1981 estuvo más cerca del éxito que el atentado de Agca contra elPapa. Debido al comportamiento de ambos hombres inmediatamente después de los atentados, nos inclinamos a creer lo contrario. El Papa no perdió la conciencia inmediatamente, sino que dijo a Dziwisz que había recibido un disparo en el estómago, cerró los ojos y se puso a rezar, repitiendo: María, madre mía, María, madre mía Aunque era evidente que sufría mucho, se mantuvo más o menos consciente durante el traslado en la ambulancia. Pero perdió la conciencia al llegar al hospital y debieron ingresarlo en camilla. Sin embargo, nuestro recuerdo de esos acontecimientos está distorsionado por la fotografía del Papa desplomándose en brazos de monseñor Dziwisz en un inquietante remedo de La Pietà. Es la imagen de alguien que súbitamente se enfrenta a la muerte. Por otra parte, en un primer momento Reagan no se dio cuenta de que había recibido un disparo. Cuando John Hinckley comenzó a disparar, Jerry Parr, jefe de seguridad de la Casa Blanca, y otro agente, Ray Shaddick, con un brusco empujón metieron al Presidente en su limusina oficial, protegieron su cuerpo con