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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE NUESTROS CORRESPONSALES Roma Buenos Aires Maldito 4 TEXTO Y FOTO: PABLO DÍEZ Bruselas Superstición china En chino, el cuatro se pronuncia igual que la palabra muerte por lo que se prescinde de ese dígito en los bloques de pisos y, para tener fortuna, se intenta evitar en el teléfono y la matrícula del coche París Rabat Nueva York Jerusalén PEKÍN PABLO DÍEZ México Washington Berlín Atenas Londres Oslo hina es un país de números desorbitados, capaz de marear al más pintado. Sus más de 1.300 millones de habitantes oficialmente censados- -que podrían ser en realidad 1.500 millones si se cuentan todos aquellos niños no registrados en el campo para escapar a la política del hijo único su Gran Muralla de 6.300 kilómetros, los 7.000 guerreros de terracota del mausoleo de Qin Shi Huang en Xi an, su río Yangtsé de 6.360 kilómetros estrangulado por la faraónica presa de las Tres Gargantas, su tren hacia el techo del mundo en el Tíbet y muchos más récords fácilmente localizables en el libro Guinness Pero hay otros números que, aunque menos conocidos, son igual de importantes para los chinos, que viven prácticamente obsesionados con ellos debido a sus supersticiones y creencias más ancestrales. Y es que un país con 4.000 años de Historia no puede olvidar su tradición por mucho Gran Salto Adelante y más Revolución Cultural que pusiera en marcha Mao Zedong. O por más que el Gran Timonel también batiera algunas marcas, como recorrer durante un año los 10.000 kilómetros de la Larga Marcha con 100.000 hombres, de los cuales sólo la terminaron 8.000 porque el resto murió en el camino por la dureza del viaje o enfrentándose al enemigo, el Ejército nacionalista de Chiang Kai- shek. Pero esa cifra resulta ridícula si se la compara con los que perecieron durante la hambruna del Gran Salto Adelante (1958- 61) que se cobró entre 30 y 40 millones de vidas, o debido a las purgas de la Revolución Cultural (llevada a cabo en 1966- 1976) en la que se calcula que pudieron fallecer entre 2 y 20 millones de chinos, además de los varios cientos de millones que fueron objeto de C persecución. No en vano, Mao ha sido el líder que más tiempo (veintisiete años) ha ostentado el poder más absoluto sobre la mayor población de la Tierra. Pero, una vez liberados del comunismo feroz impuesto en esa época y entregados al capitalismo salvaje que ha traído el crecimiento económico, los chinos han vuelto a rescatar su fijación por los números con el fin de conseguir una de las cosas más importantes de su vida: la suerte. Por eso, los ascensores en China no suelen disponer de la cuarta planta en su tablero, pero tampoco del piso 14, ni del 24, ni del 34, ni del 44 (mucho menos de és- te) ni de cualquier número que acabe en cuatro. De hecho, los edificios prescinden de la planta cuarta (y de todas las que acaben en ese dígito) por lo que las escaleras te llevan desde el tercer piso hasta el quinto sin escalas intermedias. Ello se debe a que el cuatro en China es el número de la mala suerte, ya que su pronunciación en mandarín si es igual a la de la palabra muerte Un sonido que espanta a los habitantes de este país hasta el punto de que nadie quiere vivir en una planta que acabe con el número cuatro. Si lo hace, en caso de encontrar alguna, regateará al máximo el precio de la vivienda a cambio de arriesgarse a morar en un lugar con tan malos augurios. Pero este pánico al cuatro no se reduce sólo a los ascensores porque, al fin y al cabo, la vida está tan llena de cuatros como de cincos u ochos. Un número éste último que, por el contrario, es perseguido por los chinos con ahínco porque es sinónimo de buena suerte y prosperidad. Valga como ejemplo que los números de teléfonos móviles, que llegan a tener hasta once dígitos, cuestan más o menos en función de los cuatros u ochos que tengan. Algo difícil de asimilar para un occidental que acuda a comprar un celular, pues no sólo deberá abonar el terminal sino también adquirir aparte su número. Para que elija, los empleados de la tienda desplegarán ante él una lista de números en la que, si escoge una combinación con varios cuatros, pagará sólo unos cinco euros, pero, si opta por unos cuantos ochos, deberá desembolsar hasta diez o quince veces más. ¿Y qué decir de las matrículas de los coches, que se dividen entre las blancas del Gobierno, las azules de los vehículos privados y las negras reservadas para los laowai (extranjeros) Como no podía ser de otra manera, los generales del Ejército y los altos cuadros del Partido Comunista se reservan las matrículas con mayor número de ochos disponibles, mientras que los menos afortunados deben contentarse con circular con algún cuatro en su placa aun a riesgo de que el lujo de tener un utilitario les cueste un accidente. Porque, al fin y al cabo, para los chinos todo es cuestión de suerte. Y si la matrícula tiene un maldito cuatro, ya se encontrará la forma de ahuyentar su infortunio con un amuleto budista, incienso traído de las puertas del templo o alguna otra excentricidad que haga las veces de pata de conejo. Pero ésa es otra historia... La suerte del ocho Revolución cultural Lisboa Viena Estocolmo Este ascensor no conduce a los pisos 4 13 14 o 24