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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE En una destartalada plaza se ubica el mercado de pescado bajo un sol de moscas y justicia Desde hace cuatro décadas, en Dharavi se han asentado los campesinos que emigraban del campo a la gran ciudad en busca de un trabajo con el que salir de la miseria. Para ello, se ayudaban sólo de unos palos sobre los que colocaban una lona y unas placas de chapa o uralita a modo de paredes y techo. Así lo hicieron los padres de Prakash Kalam, quien nació hace 23 años en la misma chabola de diez metros cuadrados, sin agua ni electricidad ni baño que ahora, tras casarse, comparte con su esposa, sus progenitores y sus tres hermanos. Y en este inmundo cuartucho, que los Kalam han intentado adecentar con una manita de pintura verde chillón para llamarlo hogar vendrá también al mundo el hijo de Prakash, cuya mujer está embarazada de cinco meses. Pero siempre que los Kalam no cambien de opinión y acepten la oferta que les ha hecho el Gobierno local, que les ofrece por su vie- Resistencia ja chabola un piso a estrenar y el doble de grande (20 metros cuadrados) en un bloque de viviendas de siete plantas. Aunque la familia no tendría que abonar nada, los Kalam se oponen a este trueque porque, como explica Prakash a ABC dando sus razones, llevamos toda nuestra vida aquí, estamos muy bien y, además, no podemos pagar el mantenimiento, la luz y el agua de la nueva vivienda porque sólo ganamos al mes unas 2.000 rupias (34 euros) vendiendo comida por la calle Como ellos, son muchos en Dharavi los que se oponen al ambicioso plan que el estado de Maharashtra ha puesto en marcha para acabar con el problema de las infraviviendas y el chabolismo. Basándose en un proyecto ideado en 1997 por el arquitecto Mukesh Mehta, las autoridades van a entregar a los promotores inmobiliarios terrenos en esta céntrica zona de Bombay para que levanten rascacielos de lujo y galerías comerciales con la condición de que construyan también colmenas de apartamentos para sus pobres habitantes. Sin embargo, sólo se verán beneficiados por tal medida aquellos que estén censados con anterioridad al 1 de enero de 1995. El resto volverá a quedarse en la calle, esta vez sin chabola siquiera. Dicha iniciativa costará más de 1.500 millones de euros y pretende transformar la fisonomía de Bombay en siete años. El objetivo es que deje de ser una ciudad de mendigos y sin techo para parecerse a Shanghai, la capital económica de China que en 1992 empezó a erigir un espectacular skyline de rascacielos que hoy no tiene nada que envidiar al de Manhattan. Según las estadísticas oficiales, en las dos últimas décadas se ha doblado- -hasta alcanzar los 60 millones- -el número de personas que malviven en barrios de chabolas en la India. Sólo en Bombay ya suponen el 60 por ciento de la población, donde un millón de personas viven en plena calle y otros 2,5 millones habitan edificios declarados en ruina. Por toda la ciudad, los bulldozers ya están demoliendo chabolas, pero en Dharavi lo tendrán más complicado porque el gueto se resiste a dejar de serlo. Y es que este barrio ha crecido a base de diminutas y rudimentarias construcciones de ladrillos y chapa hasta convertirse en una ciudad con alma propia. Como cualquier otra urbe, cuenta con sus tiendas, restaurantes, mercados, templos religiosos, oficina de correos y hasta joyerías y tiendas de electrodomésticos. La mayoría de estos establecimientos se concentran en la denominada Dharavi Main Road, que es, en realidad, un estrecho y polvoriento camino de tierra plagado de socavones y puestos ambulantes. En medio de la multitud que se agolpa en esta calle, los rickshaw motocarros pintados de negro que actúan como taxis, hacen sonar sus bocinas para abrirse paso entre las vacas y las montañas de basura que se acumulan en las esquinas. Niños harapientos juegan entre los desperdicios mientras dos vendedores despluman las gallinas que, cacareando ruidosamente, acaban de sacar de las jaulas de un camión de reparto. Mujeres ataviadas con vistosos saris de colores deambulan por los estrechos y malolientes callejones del barrio, cubiertos por la ropa tendida y por cuyos laterales circulan sendos canales con aguas fecales. Allí se cruzan con otras mujeres que, por ser musulmanas, caminan envueltas en el niqab una especie de burka negro que les cubre todo el cuerpo salvo los ojos. Con las callejuelas atestadas de pequeñas tiendas y talleres textiles, Dharavi recuerda a una ciudad medieval, dividida según gremios. Así, en una destartalada plaza se ubica el mercado de pescado, donde las vendedoras esparcen constantemente sal sobre la mercancía, dispuesta al aire libre y bajo un sol de justicia que atrae a las moscas. Un poco más allá se suceden una hilera de diminutos locales de zapateros remendones, mientras que a este lado una anciana se arrastra, literalmente, para poder subir los escalones de medio metro que conducen a su humilde casa. Pero, a pesar de la miseria reinante, Dharavi cuenta incluso con una Asociación de Comerciantes que aglutina a unos 20.000 establecimientos de todo tipo, desde tiendas de ropa hasta vertederos de recogida y reciclaje de plástico, que generan cada año 500 millones de euros. La gente aquí no es tan pobre como parece sonríe Surendra, quien trabaja en Moti, una joyería de la Dharavi Main Road que luce orgullosa en su escaparate un cartel en el que reza Desde 1960 Tanto en este local como en la multitud de joyerías que pueblan dicha vía principal se venden piezas que oscilan entre las 8.000 y las 50.000 rupias (entre 136 y 854 euros) Una auténtica fortuna para la India, donde 836 millones de personas ganan menos de medio euro al día. Frente a esa pobreza, Mahavid, que regenta una tienda de electrodomésticos, asegura vender al mes unos 100 televisores que cuestan entre 7.000 y 12.000 rupias (entre 120 y 205 euros) que son debidamente pagados a plazos. Aquí hay mucha gente analfabeta y (Pasa a la página siguiente) Con sus joyerías Ganas de emular a Shanghai Este poblado nada tiene que ver con las violentas favelas de Río. Es un barrio tranquilo, de gente alegre que te muestra su chamizo con una amplia sonrisa Prakash nació hace 23 años en la misma chabola de diez metros cuadrados, sin agua ni electricidad, que comparte con su esposa, sus padres y sus tres hermanos