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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE Consagración en el altar mayor. Sólo luce la Cruz en la mastaba oscurecida. Se repite la belleza de la liturgia que sobrecogió y embelesó a los pueblos desde la Edad Media mos encontrado con el padre abad después de la solemne misa de 11 que, como cada día, abrigada por el canto gregoriano de una coral de voces blancas, se celebra en el altar mayor de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos bajo el crucifijo soberbio de Beovide, la única luz que durante la consagración permanece encendida en la mastaba. Sobrecogedor. Asisten al oficio una docena de fieles. Pero muchos días- -dice el benedictino- -estamos solitos. A veces miro los bancos y pienso qué poquitos somos pero esa sensación dura un instante, porque estamos nosotros y ellos, todos los que están enterrados aquí- -entre ellos el padre fusilado del abad, una hermana de 13 años reventada por una bomba nacional y un tío republicano- y con ellos compartimos la liturgia, y con todos, rezando, los millones de personas que creen en lo mismo que nosotros. Las voces suenan a poquita cosa pero detrás hay un coro universal. Sé que sin fe esto es difícil de entender y mucho más difícil de aceptar, pero nosotros lo vivimos con absoluta seguridad Hablas con el monje y cuesta imaginártelo como ese friki que tantos vienen buscando, el guardián de la memoria de Franco y el azote de Zapatero o, mejor, el flagelo de los rojos o la deslenguada condena de la ley de memoria histórica o vaya usted a saber qué. No hay más que preguntar y el cenobita contesta: Cuando nosotros recibimos la invitación para venir aquí, a quienes invitaron fue a unos monjes, de manera que nadie nunca nos ha pedido otra cosa que la de que seamos monjes en el Valle. Sí nos han pedido que llevemos a cabo unos fines para la fundación, pero que coinciden plenamente con nuestro estilo de vida, esto A veces miro a los bancos y pienso qué poquitos somos pero eso dura un instante porque también están ellos, los 60.000 enterrados aquí, y con ellos rezamos es, orar por los muertos de la basílica, de un bando y de otro, y que siguieron llegando hasta mediados los años 80; y la dirección del Centro de Estudios Sociales que se ponía en marcha y que también coincidía con nuestra tradición cultural y afán por el conocimiento, un lugar que sirvió de semillero de ideas de los grandes intelectuales que buscaban paliar los problemas de desigualdades sociales y económicas que habían llevado a la contienda, y que luego germinaría en la Transición, cuando esos mismos pensadores que aquí vimos serían los protagonistas. Cuando el Gobierno decidió cerrarlo en 1982 no tuvimos el menor problema en dejarlo, aunque sí dolor y tristeza por lo que había significado. Porque esos estudios también contribuyeron al sentido de la reconciliación que tenía este lugar, y que no son palabras que están escritas o ideas que se aportan ahora, sino que pertenecen a la misma esencia de su fundación. El trabajo de casi 25 años y su compilación en 60 volúmenes está ahí. Pero de todo esto nadie quiere acordarse tampoco, como si nunca hubiera pasado Entonces, fray Anselmo Álvarez repasa el rosario de olvidos que en pro de un nuevo hombre y un nuevo mundo se han ido encadenando, como esta tarde en la portería del cenobio anilla fray Filiberto, con sus manos de tronco de vid, el rosario de semillas que él mismo cultiva. Y me cuenta cómo Europa (Pasa a la página siguiente)