Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE Cuanto más le sacude el mar, más testo En Corme, otro hito marinero de la Costa de la Muerte, a los raños se les llama ferradas (básicamente, un palo con una gran espátula en la punta) Un matiz sin importancia. Aquí está el Roncudo, la mejor reserva del mundo de percebe. Los acantilados donde el mar pega más fuerte y los bichos se hacen más testos Su precio se pone por las nubes en diciembre (125 euros el kilo, para empezar a hablar) En 2002 se vivió aquí un auténtico infierno. Fue la zona cero bis. Hoy las cosas han vuelto a la normalidad y se espera con impaciencia la campaña navideña. La calidad de este preciado marisco varía según la temperatura marina y la fuerza de la embestida de las olas. Aunque vive pegado a las rocas, como los moluscos, el percebe pertenece a la familia de los crustáceos. Su parte comestible está cubierta por una piel parda oscura y dura que termina en una uña escamosa. El pedúnculo le permite adherirse a la roca, donde vive formando grupos o piñas. Se alimenta de fitoplacton, que captura con una especie de pluma filamentosa que emerge de su uña. Su preparación es muy sencilla: se vierte en una olla agua (a veces, de mar) sal y laurel. Cuando el agua hierve se echa el percebe y se deja cocer durante cinco minutos. El mar no deja que le arranquen los frutos con facilidad. Atarse a las rocas es un seguro de vida que sentía al comprobar que, después de un esfuerzo ímprobo, al día siguiente el mar había pintado otra vez el acantilado de negro. Estuvimos parados durante once meses. Íbamos al cantil a comprobar si los percebes respiraban. Aquí estamos acostumbrados a las mareas negras. De niño, en la playa de Nemiña, encontrábamos galletas de chapapote fabricadas por buques que limpiaban sus depósitos cerca de la costa. Siempre ha sido así, y siempre será. Pero con la catástrofe del Prestige pasamos más miedo que nunca Diez y media de la mañana. Dos lanchas pasan frente al grupo. Algunos mariscadores realizan la aproximación a la zona por mar en vez de por tierra, en busca de lugares inaccesibles. Está subiendo la marea y la carrera contra el reloj llega a su fin. Moncho, Lola y los compañeros que se han afanado en O Largo das Vacas cargan las mochilas con manojos de percebes chorreantes e inician la penosa ascensión hacia los coches. Guardan en los maleteros las capturas y las herramientas, se quitan los neoprenos, se ponen ropa seca y ponen rumbo a Muxía. El trabajo aún no ha concluido. En realidad, faltan bastantes horas para que eso ocurra. Al acabar la recolección, hay que escoger el mejor producto, quitarle con un cuchillo el verdín, los ejemplares pequeños y las piedras adheridas. Después llegará en intermediario que lo pondrá a la venta en la lonja de La Coruña. En 2002, la campaña navideña se fue al traste. Llovieron las ayudas, pero hay algo cuyo valor no se puede cuantificar. La pérdida de la costumbre. El miedo al futuro. La mesa en Nochebuena fue muy diferente. Siempre se guardan percebes para consumirlos en estas fechas, y se intercambia marisco con otros compañeros. Pero aquel año el único marisco que se probó en Muxía fue el de tierra. Las doce del mediodía. El sol ha terminado por romper la bruma. En el paseo marítimo del coído algunos paisanos toman el sol plácidamente. Otros recogen algas a mano en la playa. Pocos lo saben, pero Galicia es una especie de huerta submarina: las algas deshidratadas sirven para la alimentación humana como verdura. En el cercano santuario de la Virgen La criba y la venta Parecen equilibristas en los salientes. Algunos llevan guantes; pocos, chalecos salvavidas. Escarban bajo las rocas, se meten en las pozas. Cuanto más riesgo, mejores piezas Estuvimos once meses parados. Íbamos al cantil a comprobar si los percebes respiraban. Siempre ha habido mareas negras, pero con el Prestige pasamos más miedo que nunca de la Barca, famoso por sus legendarias piedras, los turistas disfrutan de un día espléndido. Muxía tiene un gran aspecto, porque la Administración se volcó aquí con los dineros. Había un interés especial en que este pueblosímbolo y su entorno quedaran como una patena. Se arreglaron las carreteras y ahora viene más gente a vernos, aunque no se ha producido el empujón turístico que se esperaba reconoce Moncho Vilela. Durante un tiempo acudieron muchos curiosos, pero de paso, porque les daba morbo ver cómo había quedado el epicentro de la zona cero El Prestige parece un caso cerrado, un recuerdo para la tertulia del bar. No más aniversarios. Pero los percebeiros no dejan de mirar de reojo el mar. ¿Deformación profesional? Han separado la ruta de los petroleros de la costa. Da igual. Si ocurre otro naufragio, llegará el chapapote. Tardará dos o tres días más, pero llegará