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11 11 07 CLAVES DE ACTUALIDAD Percebeiros Sobrevivir al Prestige (Viene de la página anterior) los aperos: la red, la mochila y el raño (garfio de hierro con mango largo con el que arrancan el marisco de las peñas) Tenemos aprobados 150 días al año; el verano y las vísperas de Navidad son las fechas fuertes cuenta Lola, una veterana percebeira a la que no amedrenta el encuentro entre el acantilado y el mar. Antes del Prestige vendíamos el producto en la lonja de Muxía; ahora lo llevamos a La Coruña El kilo del bueno, del testo más duro y compacto por tener que resistir los embates de las olas, está a 120 euros; es el caviar del marisco. El mediano está a 40; el que se puede comer a 20, y los mexons (meones, llamados así porque sueltan agua) alargados y con menos carne, a 10 euros. En cualquier caso, están todos agarrados como demonios a las rocas sonríe Lola. La cosecha Ocho y media de la mañana. El descenso por el cantil de O Largo das Vacas se realiza con rapidez, a pesar de que no es un paseo. Los percebeiros calzan unas zapatillas con suela de goma de aspecto bastante cutre, unas converse de rastrillo, por lo que se ve muy efectivas para no dar un resbalón hacia las páginas de sucesos. El mar está en calma, al menos aparente: en los intersticios entre las rocas es como una batidora que forma peligrosos remolinos. No hay miedo. Allí están estos equilibristas en los salientes. Algunos llevan guantes; pocos, chalecos salvavidas. El agua les llega hasta las rodillas. Tienen un ojo puesto en los percebes y otro en las olas. se alertan cuando se acerca alguna con intenciones aviesas. Y saltan. Y escapan. Y regresan. Dos, tres golpes de raño. Suena como si cavaran. Escarban bajo las rocas, se meten en las pozas. Cuanto más riesgo, mejores piezas. Le echamos cojones como los toreros, pero ellos salen en las revistas con sus novias modelos, y nosotros somos unos desgraciados bromea uno que ha hecho un receso para fumarse un pitillo. Cuando llenan con el marisco sus bolsas de red atadas a la cintura, descargan... y vuelta a empezar. Descargan y vuelta a empezar. Espuertas llenas de chapapote. ¿Es el mismo sitio? Sin duda, pero está irreconocible. O, mejor dicho, lo estaba hace cinco años. ¡Cuidado con las olas, no dejéis de vigilarlas que se os tragan! exclama un coordinador de voluntarios en medio de un improvisado briefing La avanzadilla está formada por percebeiros, con más experiencia en el trato con los roquedos y el oleaje. Meten las manos en el fuel que lo cubre todo como una baba espesa, de un olor intenso y penetrante que dificulta la respiración. Lo recogen con las manos y con espátulas, y amasan grandes pelotas. Cuando los capazos están llenos, otros compañeros inician el transporte, mío- tuyo, míotuyo, hasta los contenedores instalados arriba. Aquí hubo muchas manos... y el mar, claro confiesa Moncho Vilela, el jefe de los percebeiros. Nosotros trabajamos en los lugares más difíciles, pero la limpieza no hubiera sido posible sin el concurso del Ejército y de los voluntarios. La gente se volcó con Muxía Moncho recuerda momentos de mucha tensión, discusiones sobre el escaqueo de algunos y la mejor forma de sacar el chapapote de allí. ¿Y si con las espátulas destrozamos el hábitat de los percebes? No olvida la desolación En el coído de Muxía, donde hace un lustro se recogía chapapote, hoy se recolectan algas