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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE Los percebeiros trabajan con un ojo en la roca y el otro en el mar. Estos que mariscan en O Largo das Vacas, cerca de Muxía, huyen de una ola traicionera Percebeiros TEXTO: MIGUEL ÁNGEL BARROSO FOTOS: JAIME GARCÍA Sobrevivir al Prestige El 13 de noviembre de 2003 un petrolero lanzó un S. O. S. frente a la costa de Finisterre. Fue el comienzo de la mayor catástrofe ecológica de la historia de España. Cinco años después, los mariscadores de la zona cero han superado la crisis... Al menos, hasta que vuelva otra marea negra eis y media de la mañana en el coído de Muxía, un lugar otrora llamado zona cero Es de noche y en el pequeño paseo marítimo no hay ni un alma, ni meiga, ni nada. Una de las diferencias más notables entre un pueblo y una gran ciudad es que aquel suele dormir cuando corresponde. Hace fresco, pero no se mueve el aire en este otoño primaveral. Noticia: estamos en noviembre y en Galicia siguen sin tener noticias de la lluvia. Apenas un parpadeo y la imagen cambia: hace un viento huracanado y el Atlántico arroja olas negras por encima de las rocas, del muro, de las farolas. Unos marineros embutidos en monos blancos llenan capazos de chapapote. Por ca- S da palada, el mar enloquecido arroja un centenar al paseo, convertido en una piscina de fuel viscoso donde los hombres resbalan y desesperan. El Prestige estuvo a poco más de una milla de Muxía. Los vecinos vieron ese cascarón herrumbroso desde las ventanas de sus casas. Anunciaba el apocalipsis. Alguien sugirió embarrancarlo aquí, borrar Muxía del mapa y salvar el resto de la Costa de la Muerte, pero la historia se escribió de otra manera. A pesar de que el buque fue remolcado lejos, las consecuencias del naufragio fueron especialmente duras en esta zona. En la ruta del fuel, todos los caminos conducían a Muxía, a Nemiña, al impresionante cabo Touriñán... La zona cero era garantía de tra- bajo para los voluntarios, de buena caza para los fotógrafos de prensa. Parece que fue ayer, pero han pasado cinco años. Cinco parpadeos. Siete de la mañana. Llega un coche. Luego otro. La luz se enciende en el bar de la esquina. Huele a algas y a sal, pero también a café. Los percebeiros se saludan con un gesto. Aún falta un rato para despertarse del todo e ir al acantilado. Dos horas antes y una des- La reunión La cita es en el coído de Muxía, donde hace cinco años se vivió la peor devastación. Los percebeiros llegan antes de despuntar el día. Huele a algas y a sal, y también a café pués de la primera bajamar: es la ley del percebe. En esta carrera contrarreloj se pueden coger seis kilos por cabeza, pero a la picaresca le gusta mariscar. Si coges mucho esquilmas los recursos, inundas el mercado y bajas la cotización comenta Moncho Vilela, presidente de la Agrupación de Percebeiros de Muxía, entre sorbo y sorbo de café. Vienen inspectores, aunque es difícil controlar lo que cosecha cada uno Moncho es un clásico. Ya estuvo al frente de la agrupación- -formada por 70 mariscadores- -cuando el suceso del Prestige El politiqueo le espantó y dimitió. Ahora ha vuelto al puesto. Se queja: Hace años había más carencias, pero lo compensábamos con compañerismo. Hoy los jóvenes están muy bien preparados físicamente, pero deberían tener la cabeza mejor amueblada, hacer previsión de futuro La niebla no deja despuntar el día. Ya es hora de irse. La pequeña caravana de coches sale de Muxía hacia el oeste por una estrecha carretera que serpentea hacia O Largo das Vacas, un acantilado con denominación de origen de la Costa de la Muerte: cuesta escarpada llena de arbustos espinosos y, ya junto al mar, el muro rocoso habitado por moluscos. Los percebeiros aparcan sus vehículos en un ensanche del camino, se ponen el neopreno y preparan (Pasa a la página siguiente)