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11 11 07 CLAVES DE ACTUALIDAD Paul Bainodji, su callada mujer y sus cuatro hijos, en un barrio- miseria A. A. Niños del Chad El arca de la zozobra (Viene de la página anterior) Abéché el 25 de octubre, cuando se destapó el escándalo de El Arca de Zoé) y su delegada en la zona, Annette Rehrl. El ACNUR, junto a la Cruz Roja Internacional, Unicef y las autoridades locales, se ha hecho cargo de los 103 menores de entre 1 y 10 años, 21 niñas y 82 niños, que El Arca pretendía llevar fraudulentamente a Francia. Al menos 91 de ellos contaban con un entorno familiar, entendiendo por ello la idea africana de familia extendida en la que cuentan padres, tíos, abuelos y primos. De los otros 12 restantes, algunos son demasiado pequeños o están demasiado confusos para poder hacerse una idea. Male cree que llevará semanas y meses, en algún caso años (es decir, será imposible) determinar su origen, su pertenencia. La mayoría (como sus padres) no tienen ni idea de su nacionalidad, para muchos el concepto de chadiano o sudanés no significa nada. La identidad es un concepto muy lábil en esta región, y los términos árabe negro o africano a menudo son utilizados para definir o exacerbar divisiones interétnicas. En torno al orfanato de Abéché se ha instalado un campamento de familias (algunas han tardado cinco días en llegar a lomos de sus burros o a pie) que reclaman a los que dicen son sus vástagos. Lo primero es reunificar a las familias y atajar un sentimiento de vergüenza y humillación que esta historia ha desatado no sólo en Chad, sino en buena parte de África recalca Male. Casi nadie tiene papeles, nada parecido a un libro de familia, de ahí que el proceso de devolución con chequeos y escrutinios, llevará días: No queremos precipitarnos y cometer errores dice Male, que celebra que una ONG de los emiratos árabes, Dubai Cares, se haya ofrecido a financiar proyectos que favorezcan a las comunidades de Adré y Tiné para que estos niños puedan atisbar algo parecido a un porvenir. Chad sigue ocupando en el índice de desarrollo humano que elabora la ONU el puesto 173 entre 177, es pobre entre los más pobres del continente más pobre a pesar de un crecimiento que el petróleo ha elevado a un 48 por ciento en los últimos años. Es como siempre la población civil la que padece la acción de guerrillas atizadas desde las capitales. Si se sombrea en un mapa en blanco la superficie que ocupan Chad (más de dos veces España) y Sudán (casi cinco veces) parece una mariposa negra sobre el desierto. Chad es una genuina creación francesa (nadie se ha hecho con el poder desde la independencia sin su aquiescencia) con una población que no llega a los diez millones de almas que en su mayor parte viven con menos de un euro al día. Es en ese planisferio de miseria e injusticia atroces donde los iluminados de El Arca de Zoé han querido meter la mano sin pararse a pensar, es ahí donde han desdeñado al poder local, animados por la fiebre intervencionista, el ineludible derecho a la injerencia justificado por figuras como el ministro de Exteriores francés, Bernard Kouchner, o el controvertido neoviejo filósofo francés Bernard Henry Levy, críticos con la pasividad occidental ante el genocidio de Darfur. Claro que de los 10.000 niños que El Arca de Zoé quería poner a salvo en Europa (1.000 en Francia) los primeros 103 ni eran huérfanos ni estaban enfermos (las vendas, como la sangre, eran falsas) procedían de localidades y aldeas en torno a Tiné y Adré, del lado chadiano de una frontera arbitraria y porosa. Para Brahim Mustafá, sultán de Goz Beida, la frontera que separa Sudán de Chad no existe, es una herencia de las potencias coloniales Francia colonizó el Chad; Inglaterra, el Sudán. Un territorio- -el Chad- -donde las sombras alargadas de los niños raramente alcanzan la edad adulta: la esperanza de vida es de poco más de 47 años. De cada seis niños que nacen, uno muere antes de cumplir los cinco años. Para alguien que conoce la zona y trata de no desgarrarse tratando de poner barreras a un mal furiosamente humano, resulta inaceptable la superioridad moral que justifica operaciones como la de El Arca de Zoé, pero por decencia (un término tan pasado de moda como conciencia que a Susan Sontag le gustaba pronunciar, a pesar de todo, durante el cerco de Sarajevo) se pregunta en voz baja qué será de esos 103 niños depositados en el orfanato de Abéché, mientras se hace un minucioso escrutinio de las razones de sus padres: no las que les llevaron a ceder a sus hijos para que tuvieran una vida mejor, sino las que alegan para probar que les pertenecen. Mientras esperan que la democracia (no digamos la justicia) eche raíces en Chad, decenas de miles morirán, o tendrán vidas tan duras y con la esperanza tan enferma como los hijos de Paul Bainodji, en los arrabales miserables de Yamena, tan semejantes a muchos otros de África: un continente que si al atropólogo Michel Leiris le resultaba fantasmal cuando lo atravesó desde Dakar a Yibuti entre 1931 y 1933, a finales del siglo pasado, cuando escribió un prólogo a la reedición de El África fantasmal contemplaba de una forma más huidiza que nunca y tras algunas esperanzas pasablemente irreales de liberación a la deriva. Una deriva que sus hijos, niños como los del Chad, deben enmendar. ¿Cómo? Inaceptable superioridad moral ¿Chad? ¿Sudán? Muchos niños- -como sus familias- -saben poco o nada de fronteras. En la imagen, hora de comer en el orfanato