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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE Manuel Azaña, en el centro a la izquierda, sentado con su amigo Valle Inclán en el Ateneo de Madrid en una imagen de 1932 ABC Franco retuvo los cuadernos correspondientes a julio del 32- agosto del 33, ha sido calificado por el insigne azañista Juan Marichal como el texto memorial más importante de la historia española moderna Y lo es, en efecto, este documento palpitante, abrumador de información política e histórica, que ilumina muchos entresijos de la España republicana y en guerra, y proyecta la imagen de un estadista de excepción, fiel siempre a la línea de rigor que se había trazado desde su juventud: recto, insobornable, capaz de la magnanimidad con el enemigo (indulto de la pena de muerte al golpista Sanjurjo) independiente siempre, lúcido y amargo en sus juicios y al servicio constante de su concepción de una España laica, democrática y republicana. Y culta; la cultura fue su gran obsesión; hombre al fin crecido en los idearios idealistas del siglo XIX, creía en la regeneración de los pueblos por la cultura. La política cultural y educativa del nuevo régimen no se explica sin el aliento personal de don Manuel... Una prosa deslumbrante sirve de cauce a todo este discurso memorial. Rozamos el pasmo, si no nos adentramos en él, cuando vemos que Azaña, que escribía sur place apenas corregía, dejaba fluir su pluma en un ejercicio fascinante de dominio del castellano, que, a no dudarlo, el niño aquel del jardín escurialense de los frailes fue el resultado de muchas horas de estudio y lectura. Azañas políticas La insoportable soledad POR ANTONIO ASTORGA Hoy su legado, reunido en unas Obras Completas casi definitivas, se lo disputan la izquierda, y la derecha i pedía ni quería caudillos. Desconfiaba de los redentores. Envejeció súbitamente. Con su nombre envenenándole los sueños acusaba palidez. Cuenta Santos Juliá en su gigantesca, y definitiva, compilación de las Obras Completas de Azaña (editadas por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales) que don Manuel temblaba de emoción cuando evocaba las atrocidades de los insurgentes, y el sacrificio del pueblo. Pero hablaba sin rencor, sin ánimo de venganza La soledad de la República, y su abandono por las democracias, acuchilló su ánimo tras la noche oscura del 22 de agosto de 1936 en la cárcel Modelo de Madrid. La insoportable levedad del ser se clavó en él. Allí moraban algunos de sus amigos políticos de otros tiempos, como su jefe Melquíades Álvarez. De repente, una multitud asalta el presidio, y acaba con todas las vidas. Desesperado y horrorizado, abatido y aver- N gonzado, la repugnancia se instala en el animal político En el frío invierno de 1996 aparecieron Los diarios, 1932- 1933 de Azaña, subtitulados Los cuadernos robados porque así lo fueron inmisericordemente por un funcionario felón al cónsul Cipriano Rivas Cherif en Ginebra. Entregados a Franco, durmieron en sus archivos hasta que se entregaron al Gobierno Aznar, no sin polémica. Los socialistas preguntaron si el jefe del Ejecutivo se los llevó a su retiro invernal para leerlos El Gobierno aseguró que Aznar no dispuso y Esperanza Aguirre ministra de Cultura, a la sazón declaró que entregó a Aznar los tres cuadernos durante unas horas Aznar veía en Azaña a un moralista Quiera Dios- -dijo al presentar los cuadernos- -que la lectura de estos diarios sirva, como desearía el pulcro escritor que los compuso, para que sepamos alimentar las esperanzas de libertad, de concordia y de progreso de las que, muy a su pesar, no pudo gozar aquel consumado español en sus valores y carencias Once años después, Zapatero ha arrebatado Azaña a Aznar al presentar como un soñador de España que soñó la democracia actual. Muchos años atrás, tras conocer la muerte de Melquíades Álvarez, escribe Azaña: Mi desesperación, mi horror. Veleidades de dimisión No ocultó su abatimiento, y el conflicto de conciencia. El político y el hombre, trastornado por la sangre derramada también en la zona leal quiere abandonarlo todo. Le intentan convencer invocando a la lógica de la historia pero Azaña entra en furia. Continuará en la Presidencia, condenará a los rebeldes y se sentirá muy lejos de los leales El afán por las llamas purificadoras será el segundo gran enemigo de un Azaña que no creía en caudillajes, y desconfiaba de redentores. Yo también hubiese querido morirme aquella noche, o que me mataran escribirá en sueños de novelista. Azaña estuvo tentado de dimitir: Una noche, a fines de agosto, mientras de codos en la ventana de mi cuarto tomaba el fresco, sonaron en el cementerio tres descargas un alarido, intermitente, desgarrador. Pasó el tiempo. ¡Tic tac! Dos tiros en el cementerio. Algo moría en su alma: Escuchemos la lección de los muertos que, sin odio, nos dicen a todos sus hijos: Paz, Piedad, Perdón