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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE DEMASIADO HUMANO Solitario, insatisfecho consigo mismo, le gustaba cultivar cierta imagen de perdedor y, a la vez, de hombre de raíces conservadoras metido a jacobino. Reconoció tener del demonio la soberbia Pero el propio César González Ruano admitió que no era ese monstruo frío que quisimos ver esde el nacer, me acompaña un personaje, que no debe ser un ángel, rezongando de continuo, descontento de mí, como si yo pudiese darle mejor vida Es un monstruo Esta semblanza recogida al final de su novela El jardín de los frailes es una de tantas muestras de la insatisfacción que sentía Manuel Azaña consigo mismo, como si le hubiera tocado habitar una vida hostil, que no acabara de aceptar como suya. En 1905, al cumplir veinticinco años, se daba ya por fracasado Más o menos lo mismo dirá en 1915 y en 1925: Mi fracaso es de nacimiento absoluta carencia de ambición seguiremos vegetando Podía haber suscrito el demoledor retrato que al final de su vida, siendo ya un personaje amado u odiado a partes iguales, le hizo Agustín de Foxá en Madrid, de Corte a checa: Azaña era el símbolo de los opositores sin novia, de los fracasados, de los jefes de negociado veraneantes en Cercedilla, de todo un mundo sin paisaje ni sport, que olía a brasero, a Heraldo de Madrid y a contrato de inquilinato En suma, de una clase media que se creía merecedora de un trato político mejor. Tampoco Azaña tenía buena opinión de esa clase media funcionarial, formada por un ejército de señoritos pinchanóminas a la que, sin embargo, pertenecía como funcionario del Ministerio de Justicia, en el que ingresó por oposición a los 29 años, en 1909. Para entonces, su vida estaba marcada ya por su vocación intelectual. Nada más recibir a los veinte años el título de doctor en Derecho, se daba a conocer con sus primeros artículos y conferencias, como la que sobre La libertad de asociación pronunció en 1902 en la Academia de Jurisprudencia. Años después, una estancia en París como becario de la Junta para Ampliación de Estudios (1911- 1912) le permitió abrir sus horizontes más allá del triángulo en el que hasta entonces había discurrido su biografía: su Alcalá de ción de la Segunda República. En el fondo, no le desagradaban los malentendidos que provocaba el contraste entre sus principios personales más bien conservadores y el personaje político en que se convirtió cumplidos los cincuenta años. Extraña impulsividad D Henares natal; El Escorial, donde estudió en el Real Colegio de los agustinos, y un Madrid que definió como un lugar incómodo, desapacible pero que al fin y al cabo reconocía como su propia rutina su modo de ser Juan Francisco Fuentes Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense Solitario en la tertulia Allí llevaba Manuel Azaña una vida más bien solitaria, que en el mundo maldiciente de las tertulias madrileñas le había creado fama de personaje retraído y poco sociable, un rasgo en el que influyó seguramente la temprana muerte de sus padres, pero que con el tiempo llegaría a tener algo de pose. En una ocasión, ya en su madurez, se describió a sí mismo como un paseante en Corte una melancólica imagen en la que es fácil reconocer su afición a la soledad meditabunda y su apasionada relación de amor y odio con Madrid y su entorno. Conservador y radical Fueron muy pocas las personas que quebrantaron esa especie de voto de soledad: su amigo y confidente Cipriano Rivas Cherif, al que conoció en 1914, y la hermana de Cipriano, Lola, con la que se casó en la iglesia de los Jerónimos de Madrid en 1929, sólo dos años antes de la proclama- Clase media funcionarial En el extravagante libro que en 1932 le dedicó Ernesto Giménez Caballero- -Manuel Azaña. Profecías españolas- -figura como suya una frase que no está acreditada, pero que refleja muy bien esa extraña impulsividad suya que tantas veces quedaba en nada, salvo en el perjuicio que a él mismo le causaba: Soy una espada tendida contra nadie Azaña entendió la política como una esgrima permanente, que obliga a estar siempre en guardia y a anticiparse al adversario con unos cuantos golpes como llamará sus primeras decisiones en el gobierno del Frente Popular. En la oratoria parlamentaria lucía a la perfección su estilo frío y razonador, de tipo cartesiano, podríamos decir, con un punto de sobriedad y laconismo que contrastaba con la barroca oratoria castelariana de don Niceto Alcalá- Zamora. Nunca renunció, sin embargo, a formas de expresión más íntimas, como su diario personal, en el que se explayaba con toda libertad sobre ideas, cosas y personas. Aquellas Memorias, así tituladas cuando, tras una rocambolesca peripecia del manuscrito, se publicaron en plena Guerra Civil al otro lado del frente, acabaron de consagrar su leyenda negra. Y no sólo entre la derecha. No creí yo que ese hombre fuese tan malo le dijo Largo Caballero a Rodolfo Llopis después de leer las Memorias. Mucho más contenido se mostró, por lo general, en sus discursos, sobre todo en el Parlamento. Sólo una vez parece haber perdido el control de sí mismo para dar rienda suelta a ese monstruo que, según su autorretrato de El jardín de los frailes, llevaba dentro. Fue en un enfrentamiento en las Cortes con Lerroux en 1933, en un discurso de réplica en el que, irritado por las impertinencias de su rival, admitió tener del demonio la soberbia Más carnaza para sus adversarios. Pero tras la leyenda negra que le crearon y la máscara de hombre intratable que él mismo solía ponerse había, dirá César González Ruano muchos años después, un intelectual metido en política, que lo pasó muy mal y que no era ni mucho menos ese monstruo frío que quisimos ver Y con algo de demonio Caricatura de Azaña realizada por Juan González Cebrián en 1931