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11 11 07 EN PORTADA Azaña Memoria de un fracaso desde luego, una clara voluntad modernizadora y no creía, seguramente, que el éxito de la misma fuera posible sin un parlamento de por medio. Pero no es ahí donde reside el problema, sino, tal y como se refleja en las citadas palabras de la campaña electoral de 1931, en su concepto de democracia y las implicaciones que aquel tenía para el pluralismo político en una sociedad donde la opinión liberal era muy débil y abundaban los simpatizantes del autoritarismo y el corporativismo. Haciendo gala de una carencia habitual entre algunos de sus contemporáneos, Azaña no se interesó demasiado por las claves económicas de la modernización o por aquellos aspectos que la ciencia política europea estaba discutiendo a propósito de la democratización. Tampoco le pareció oportuno preguntarse por la ingeniería constitucional que había hecho posible casi cinco décadas de parlamentarismo liberal. Le bastó con afirmar su voluntad de modernización y descalificar al liberalismo de los padres de la Restauración por el hecho fundamental de ser transaccional. Ese afán por hacer tabla rasa con el pasado más reciente, y su convicción de que la libertad de expresión y el pluralismo político sólo tenían cabida dentro de los principios que los mismos republicanos decidieran como válidos y universales, darían como resultado una democracia inestable y que una buena parte de los españoles no reconocían como propia. Si la modernización, entendida como revolución, condicionaba las reglas del juego del nuevo régimen, es normal que a él, como al resto de sus compañeros de la izquierda republicana, se le atragantara la victoria de los radicales y la derecha católica en las elecciones de 1933 y se empeñaran en descalificar el resultado y tratar de dar marcha atrás por procedimientos de dudosa legalidad. No lo es menos que, mediado el Octubre revolucionario de 1934, no hubiera por su parte el menor asomo de autocrítica antes de las decisivas elecciones de 1936 y se abstuviera de condenar los procedimientos revolucionarios. Con esos mimbres, y los acontecimientos de la primavera de 1936, resulta difícil creer cómo podía haberse consolidado una democracia liberal, incluso si Azaña hubiera comprendido en aquel momento que la apelación a todos los españoles, incluso a los que no quieren oír que hizo dos años más tarde en Barcelona, habría sido más oportuna y eficaz de haberse pronunciado durante el verano de 1931 en pleno debate constituyente. Desinteresado por la economía En su etapa como ministro de la Guerra mantuvo unas tormentosas relaciones con Franco (Viene de la página anterior) ABC confundidos bajo el paraguas del antifascismo, su figura, envuelta en esas últimas palabras pronunciadas en Barcelona y colocada en un centro equidistante entre la izquierda revolucionaria y la derecha autoritaria, emergería muchos años después, poco antes de la muerte de Franco y en plena reconfiguración de la oposición, como la de una izquierda bienintencionada aunque devorada por el extremismo. En los años previos a la Transición hacían falta referencias políticas para reconstruir una izquierda democrática y ya no cabía ir a buscarlas en personajes como Largo Caballero o el mismo Prieto. Aparte de por la brillantez de su prosa, Azaña encandilaría a una generación que gracias a él iba a llegar hasta la democracia sin tener que identificarse con la política practicada por las izquierdas marxistas durante los treinta. Teniendo en cuenta, además, que había cerrado su papel en aquel régimen apelando a la paz y el perdón, nada mejor que su figura para acabar de cimentar el discurso de la reconciliación. Treinta años después, Azaña sigue representando un papel rele- vante en el imaginario de la política española. En la izquierda, por supuesto, donde se le sigue considerando un arquetipo de lucidez y reformismo, un hombre adelantado a su tiempo y capaz de enfrentarse con resolución a los poderes tradicionales. Pero también, y aunque sea de forma errática, en el centro- derecha, que, quizá influido por el discurso democristiano de los sesenta y setenta o tal vez por la rémora del regeneracionismo, no acaba de situar al personaje dentro la compleja historia política de la España contemporánea. En todo caso, lo que resulta insoslayable es el hecho cierto de que cualquier balance de la obra política de Azaña, más allá de su calidad literaria o de lo que dijera al acabar la guerra, pasa por analizar su contribución a la construcción de la democracia en España. La historiografía, desde luego, no ha sido ajena a ese debate, aunque haya quien no quiera darse por enterado. Azaña tuvo, No era un revolucionario seducido por la violencia. Pero partía de un concepto de democracia como obra de radical transformación que le alejaba del liberalismo