Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE ABC dice a todos sus hijos: Paz Piedad y Perdón Valencia, 7 de junio de 1931. Siete años antes y otro contexto. Miles de personas se habían concentrado para oír a quien iba a lide- rar, previo paso por las urnas, la mayoría parlamentaria que aprobaría la nueva Constitución republicana. Allí, en plena campaña electoral, Azaña expuso las líneas maestras del proyecto político de la izquierda republicana. Estaba convencido, como explicara meses antes, de que en el estado presente de la sociedad española nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparnos de la historia es decir, sin partir de la consideración de que la obra liberal española había sido un fracaso y que la dictadura de Primo de Rivera no era un extraño episodio sino el resultado de la naturaleza misma de la Monarquía. La solución, por tanto, pasaba por la radical superación de ese pasado, por la consideración de la República como obra revolucionaria, en una doble vertiente: primero, mediante la ruptura total, tajante con el pasado y, más tarde, a través de una tarea de reconstitución del país y del Estado desde los cimientos hasta la cima Si importante era esta última, lo más urgente y necesario en ese momento era dar satisfacción a ese anhelo de justicia del pueblo español que tiene que cobrarse una deuda terrible y que lo hará hasta donde sea preciso, pase lo que pase Así pues, el problema tal y como afirmó ante tan nutrido auditorio, no era de elaboración del Código Constitucional; el problema es otro y todos los discursos sabios que vamos a oír en las Cortes yo os los cambio por 300 hombres decididos, por 300 diputados constituyentes anónimos que entren dispuestos a levantarse y fulminar con el rayo de la ira popular a los culpables de la tiranía española, pidiendo su cabeza, si es menester (Gran ovación... convirtiendo el Parlamento más que en Su afán por hacer tabla rasa con el pasado y su convicción de que el pluralismo sólo cabía en los valores republicanos darían como resultado una democracia siempre inestable una Academia jurídica, en un instrumento revolucionario... No era Azaña, desde luego, un revolucionario seducido por la violencia, ni creía que pudiera fundarse un nuevo régimen político duradero sin que el Parlamento fuera el principal foro de debate y el centro de la toma de decisiones. Pero partía de un análisis de la historia de España y de un concepto de democracia como obra de radical transformación, no ya política sino también social y cultural, que le alejaban de la comprensión de la transición a la democracia como proceso sustentado por los pilares del constitucionalismo liberal. La República representaría unos determinados valores políticos que marcarían el límite sobre el que cabría aceptar o no la participación y, por tanto, la legitimidad del adversario. No cabe extrañarse de la reacción del principal periódico de la derecha católica posibilista, El Debate, que tachó esas palabras pronunciadas en Valencia como propias de un discurso subversivo y consideró que con programas así un Estado queda al margen del concierto de los pueblos que viven una vida ordenada y jurídica, civilizada en suma Dos contextos y dos discursos por completo diferentes, y quién sabe si dos Azañas muy alejados entre sí, aunque nada en las palabras pronunciadas en 1938 respalde la idea de una autocrítica latente, ni siquiera para asumir responsabilidades políticas por la crisis de la primavera de 1936. Uno refleja el dolor por la trage- dia y la repugnancia moral que produce el derramamiento de sangre cuando la violencia sustituye al diálogo y se apropia de las ideas, instrumentalizándolas, para justificar la aniquilación del adversario. El otro es propio de un político optimista, aupado por las ovaciones de un público entregado y numeroso, que concibe el cambio republicano como una oportunidad histórica de transformación radical del país que, además de irreversible, no debe aceptar límites nacidos de una negociación con la oposición. Azaña encarnó como pocos la historia finalmente fracasada de ese proyecto modernizador que la coalición fundacional de la Segunda República había tratado de sacar adelante, con no pocas ni menores diferencias internas. Quienes se levantaron en armas contra las autoridades republicanas en julio de 1936 le consideraron uno de los principales responsables del desorden y la violencia política que, a su juicio, había permitido en los meses previos que España sucumbiera a la revolución. Quienes se unieron para hacer frente a la contrarrevolución hubieron de respetarle como la cabeza visible de una legalidad estatal que muchos de ellos, sencillamente, decidieron destruir o ignorar. Enemigo de la religión y comparsa de la revolución para unos. Ejemplo de la virtud republicana y defensor de una democracia modernizadora abortada por el fascismo, para otros. Quizá porque desde el comienzo de la guerra hasta el verano de 1938, Azaña no sufrió el desgaste propio de la ardua tarea de dirigir políticamente aquel bando republicano preñado de enemigos de la democracia representativa (Pasa a la página siguiente) El testamento del vencido A. S. También hay un Azaña de una gran estatura moral. Pero no es el de sus días en el poder en los que no supo prever adónde conducían los vendavales desatados. Es el Azaña abatido que, desde la primera hora de la guerra, clama en vano contra la orgía de sangre. Es el presidente abandonado por los suyos en solitarios monasterios desde los que, cuando las circunstancias lo permiten, baja para pedir en plena escabechina la abolición de la pena de muerte. Ya basta de fusilar a troche y moche Teme que la sangre injustamente vertida por el odio con propósito de exterminio fructifique en frutos de maldición como dijo en la Universidad de Valencia el 18 julio de 1937. La guerra civil es una monstruosidad insiste en el Ayuntamiento de Madrid, La grandeza moral no se explaya degollando a los prójimos remacha. Y mil veces citado es su discurso de Barcelona en el que, con la visión de la derrota ya próxima, habla de cómo los que han caído embravecidos en la batalla piden a los hijos de la patria Paz, Piedad y Perdón En la lucidez del fracaso, en la derrota, encontró su grandeza. Murió pocos meses después de acabada la guerra sumido en una profunda depresión, prematuramente envejecido, en Montauban. Tumba de Azaña en la localidad francesa de Montauban AFP