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11 11 07 EN PORTADA Azaña Memoria de un fracaso El primer gobierno de la República. En pie, de izqda. a dcha. los ministros Prieto, Domingo, Casares, De Los Ríos, Nicolau, Largo Caballero, Giralt y Martínez Barrios. Sentados: Lerroux, Azaña, el presidente Alcalá Zamora, Besteiro y Albornoz POR MANUEL ÁLVAREZ TARDÍO HISTORIADOR arcelona, 18 de julio de 1938. Habían pasado ya dos largos años desde que el ruido de las armas eclipsara el sonido de las palabras, que tanto y con tanta fuerza se habían oído en la España liberal y parlamen- B Disco del último discurso de Azaña pronunciado el 18 de julio de 1938 F. SECO taria del primer tercio de siglo. La guerra civil todavía habría de durar algunos meses más, aunque eran ya muchos los que pensaban del mismo modo que Lord Plymouth, presidente del Comité de No Intervención: Personalmente creo que Franco va a ganar más pronto o más tarde No era esa, desde luego, la opinión del presidente del Gobierno, Juan Negrín, quien, convencido de que Franco no cedería a presión alguna que condujera a una rendición negociada, se había mostrado tajante un mes antes: Resistir era, y sigue siendo hoy día, abrir paso a la victoria Manuel Azaña, todavía al frente de la presidencia de la República, no compartía esa estrategia. En un discurso pronunciado aquel mismo 18 de julio en el ayuntamiento de Barcelona aseguró que la guerra civil estaba agotada en sus móviles porque ha dado exactamente todo lo contrario de lo que se proponían sacar de ella se había convertido, en su opinión, en una guerra contra la nación española cuya factura habrían de pagar varias generaciones. Azaña, en verdad, había pasado del debate sobre la política de la guerra a la reflexión sobre el sentido de aquella y sus consecuencias. Convencido, como había explicado meses antes, de que no es aceptable una política cuyo propósito sea el exterminio del adversario y de que la guerra era algo más que una lucha militar y política, un desastre nacional, apeló a la obligación moral de sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que nos envían el mensaje de la patria eterna que Ha sido un mito para la izquierda. Pero tampoco el centro- derecha acaba de situar al personaje dentro de la compleja historia política de la España contemporánea