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18- 19 D 7 LOS DOMINGOS DE de Delma Mournin: y seguía la fiesta entre champán y champán la risa de mi madre desnuda entre champán y champán. -Le paso- -oye de pronto. ¿Señor Karmer? Segismundo Nezval, buenos días. -Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlo, Nezval? -Quisiera hablar con el señor Boghol. ¿Sería tan amable de darme su teléfono? ¿De qué se trata? -Si no le molesta, preferiría hablarlo con el señor Boghol en persona. -En ese caso tendrá que esperar a que el señor Boghol en persona se ponga en contacto con usted. ¿Puedo ayudarlo en alguna otra cosa? Segismundo duda. Tiene la tentación de desahogarse con aquel truhán que ha entregado su manuscrito a no se sabe quién. Un profesor de quinto entra en secretaría. Lo mira. La telefonista también lo mira. Se siente un bicho raro. ¿Sabe si va a tardar mucho en llamarme? -pregunta con voz floja, miserablemente. -Lo desconozco. El señor Boghol tiene una visión muy particular del tiempo. Todo depende de la sensación que se llevara de usted. Dos horas más tarde, cuando de nuevo suena el timbre y los niños se abalanzan escaleras abajo, Segismundo Nezval, malhumorado, sale a regañadientes de su co- bertizo, y, otra vez, repara en la graciosa persona de Louis Pernier, quien, en la cola de la merienda, se distrae jugando a las tabas con una niña de trenzas. El boyskeeper se pregunta por qué hizo lo que hizo Louis Pernier. El niño no está pensando en nada especial. Tampoco él sabe por qué hizo lo que hizo. Lo único que sabe es precisamente lo único que debería ocurrir si el mundo fuera previsible: que llegará a casa, jugará con el fun boat, cenará y se atiborrará a bombones de licor abrazado a su padre, señor Vasievelich, mientras ven una película en la superpantalla del dormitorio, sobre el edredón de plumas y un montón de enormes almohadones blancos. Anónimas y ocultas, las obras atesoradas por La Liga aguardaban para ver la luz. El denominado Punto A dependía de una situación social que favoreciera el tránsito hacia lo elevado, lo sutil y lo bello. Como es sabido, la implantación de las obras incluía un sistema paulatino para no cegar, asustar o recibir el rechazo público y la censura del Ministerio de Cultura, lo que en lenguaje de los iniciados venía en llamarse Efecto Deslumbre. Para el caballero Joseph Boghol, la situación social de Malvania estaba lejos del Punto A. Sin Las Dudas De Joseph Boghol embargo, los trastornos climatológicos que había padecido la ciudad, el diluvio, las tempestades, le habían conducido a plantearse esenciales cuestiones... En algunas de las obras creadas al amparo de la Liga se mencionaban aquellos disturbios de la naturaleza (bramidos del mar y agitación de las olas) como precursores de un caos como jamás se hubiera visto. A la vez, en tales escritos se leía la siguiente advertencia: cuando estas cosas comenzaren a suceder, cobrad ánimo, pues el desorden era señal de que se avecinaba un nuevo rumbo. Boghol estaba inquieto. Se preguntaba si la presente calma era el anticipo de algo peor. ¿Qué pasaría si las olas regresaban con más fuerza? ¿Alcanzarían el refugio de la Liga? ¿Y si el trabajo de tantos años fuera destruido por la naturaleza? Por otra parte, ¿quién le aseguraba que la hecatombe fuera a suceder? Al fin y al Ahora, Segismundo Nezval observa a Louis jugar a ricos y pobres mientras en su interior, por fin, de una vez, decide retomar contacto con el caballero Joseph Boghol La implantación de las obras incluía un sistema paulatino para no cegar, asustar o recibir la censura del Ministerio de Cultura, lo que venía en llamarse Efecto Deslumbre cabo, el clima es caprichoso. Los desastres acontecidos podían ser circunstanciales, no volver a ocurrir, y, respecto a las obras que anunciaban este tipo de hechos fatales podían no ser más que productos de la imaginación. Estaba inquieto el caballero Joseph Boghol. Lo estuvo cuando las lluvias, tempestades y tornados ensombrecieron Malvania y siguió estándolo cuando el cielo fue de nuevo azul y los pájaros alegraban los parques. Estaba inquieto y eso lo percibió el Director de la Nave, caballero Baricco, un hombre de estatura corta, pelo escaso y facciones afiladas, cuando salió a recibirle a las dependencias secretas de la Liga, el cuartel general, el museo de museos, la fuente de luz, por citar alguno de los nombres con que lo bautizaban los afortunados que podían contemplarlo; para todos y por precaución, simplemente: la Nave. -Qué grata sorpresa- dijo el caballero Baricco al estrechar la mano de Joseph Boghol. -Querido amigo- -le abrazó éste- ¿Qué tal todo por aquí? -Conforme a lo previsto- -respondió Baricco- Nuestro último fichaje comienza a dar sus frutos, por cierto. -Segismundo Nezval... -suspiró Joseph Boghol- Fue una pena que tuviera que dejar Malvania, me hubiese gustado que se fajara en los salones.