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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE muerto de miedo, me negué Cuando las cosas empezaban a ponerse negras, llegó el miliciano y les obligó a que me dejaran en paz En Madrid, permaneció unas semanas, hasta que fue enviado a Sallent de Llobregat, con una familia de anarquistas que me hicieron un carné de la CNT En este punto, su historia se vuelve casi irreal: acabó trabajando en la imprenta de un diario anarquista de Aragón, hasta que en marzo de 1938 fue detenido, y casi condenado, por los nacionales. Les dije que era agustino de Uclés y me dejaron marchar con mi familia que vivía en Santibáñez de Arienza (León) Allí permaneció hasta el final de la guerra. El hermano salvajemente asesinado Mi hermano sufrió un martirio de ocho días, con palizas de tres horas y corrientes eléctricas diarias. Le pusieron delante malas mujeres para que rompiera su voto de castidad, pero él las rechazó. Entonces, los milicianos cogieron una navaja, y le cortaron sus partes A sus 87 años, la madre Carmen mantiene vivo el recuerdo de su hermano, Juan Duarte, asesinado el 15 de noviembre de 1936 en Álora (Málaga) La religiosa pertenece a las carmelitas de Ronda y, pese a su delicado estado de salud, viajó hasta Roma para contemplar la beatificación de su hermano. Allí se encontró con el sobrino nieto del nuevo beato, el diputado socialista y ponente de la Ley de Memoria Histórica, José Andrés Torres Mora. Yo no comparto las ideas de mi tío, pero mucho menos comparto las de quienes le mataron declaró. Cuando asesinaron a Juan Duarte, Carmen (la menor de cinco hermanos) tenía 15 años. Mi hermano era rubio, con los ojos negros, un lunar en la cara precioso. Era el encanto del pueblo declara con amor de hermana. Siempre quiso ser sacerdote recuerda. Juan Duarte fue ordenado diácono el 6 de marzo de 1936. Su martirio es de una extrema crueldad. La persecución religiosa sorprendió al joven de vacaciones en casa de sus padres, en Yunquera. Allí pasó varias semanas, escondido en un semisótano, hasta que una vecina le delató. El 7 de noviembre de 1936 empezaron las torturas. Le pidieron que blasfemara, pero jamás cedió El 15 de noviembre, medio muerto, con las piernas partidas lo llevaron al arroyo Bujía, en Álora. Todavía vivo, le abrieron el cuerpo, le inundaron con gasolina y le prendieron fuego Y durante varios días algunos milicianos continuaron disparando al cadáver yaciente en tierra. Carmen Duarte La madre Carmen, carmelita de Ronda, hermana de Juan, religioso torturado durante 8 días y asesinado ESTHER TIMONET No guardamos rencor, ya está superado Mi madre era muy recta conmigo, me corregía mucho, no quería que porque fuese hija única resultase una malcriada recuerda Teresa Caballero Cejudo, hija de Teresa, cooperadora salesiana martirizada el 20 de septiembre de 1936 en Pozoblanco (Córdoba) Tenía 10 años cuando su madre falleció, y uno más cuando desapareció su padre, perdido en el Legazpi un barco del que nunca se supo. No guardamos rencor, eso ya lo hemos superado cuenta Teresa, quien tuvo que aprender a vivir sin padre ni madre. Sobre los últimos días de vida de ésta, Teresa tiene un velo en la memoria, que sólo le permite recordar frases sueltas y situaciones de modo muy difuso. Ella estuvo un mes en la cárcel. Todos los días, le llevaba la comida a la cárcel con el ama. Recuerdo que había mujeres que cosían, otras que hablaban... El 16 de septiembre tuvo lugar un juicio, en el que Teresa Cejudo fue condenada junto a otras diecisiete personas. Un miliciano la acusó de haberla visto con un mono falangista y un fusil, y mi madre le respondió: Y usted, como autoridad, ¿por qué no me desarmó? El día de su condena a muerte, las hermanas de la mártir llevaron a su hija porque se la van a llevar, me dijeron. Recuerdo que yo no paraba de llorar y le decía a mi madre que me quería ir con ella. Tú, con los titos me contestó, y me dio su bendición. Me pidió que no odiara a nadie Esa misma tarde, camino de las tapias del cementerio, la mártir animaba a sus compañeras de prisión ¡Hasta el Cielo! decía. En las tapias del mismo, fue la última en caer; nunca dejó de animar a sus compañeros con la esperanza de la vida eterna Mientras tanto, su hija, sola, sólo lloraba Teresa Caballero, hija de una cooperadora salesiana fusilada QUERCUS