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28 10 07 EN PORTADA Obispo Cruz Laplana y Laguna, uno de los mártires AP Mártires Ejemplo de mañana POR ANTONIO MONTERO MORENO ARZOBISPO EMÉRITO DE MÉRIDA- BADAJOZ n este romano y otoñal, ojalá que templado y no lluvioso, último domingo de Octubre, en la Plaza de San Pedro, que tantas veces abrazó entre sus columnas a innumerables multitudes de fieles, en acontecimientos memorables de la cristiandad, se celebra hoy una beatificación sin precedentes de 498 mártires españoles de la persecución religiosa de los años treinta. Empiezo por explicar mi relación con tal asunto, que no es otra que la de haber sido, hace ya 46 años, autor del libro La persecución religiosa en España (1936- 1939) presentado como tesis doctoral en la Universidad Pontificia de Salamanca y editado por la B. A. C. en Marzo de 1961. La historia de esta Historia arranca de una iniciativa de los Arzobispos de la Conferencia de metropolitanos españoles, a mediados de los años 50, quienes, tras una serena y colegiada reflexión, creyeron llegado el momento de que, pasados ya un cuarto de siglo de la segunda República y veinte años de la Guerra civil, se publicase un Estudio de conjunto, riguroso y desapasionado, sobre las víctimas eclesiásticas de aquel sangriento holocausto; y mostraron su criterio de que se encomendara ese trabajo a alguien que, por su edad, no perteneciera a la generación de los combatientes, con preparación histórica y oficio de escribir. El Cardenal Plá y Deniel, que presidía entonces la Acción Católica española, editora de la revis- E ta Ecclesia de la que yo era director, asumió el encargo de buscar a una persona para ese cometido y me lo endosó por las buenas. Era verdad que se cumplía en mí la primera condición, como niño de la guerra aunque sólo a medias las otras dos. El hecho es que acepté el embolado con docilidad y confianza en Dios, y lo pude sacar adelante, durante cuatro años de esfuerzo, con nocturnidad, pero sin alevosía. La B. A. C. me brindó una ayuda generosa para recabar los informes de las Diócesis y Congregaciones religiosas. Me facilitó igualmente la asistencia de un secretario, a tiempo parcial, Javier García Montero, cuya ayuda eficaz fue determinante para el acceso a las bibliotecas, hemerotecas y archivos, y en la clasificación de datos previa a la redacción de cada capítulo. Sigo hablando de libros, pero ahora va de otros. En los años 60, al igual que ahora, cualquier investigador exigente de la Guerra Civil apreciaba en la bibliografía concomitante y, sobre todo, en la posterior a la contienda, que la batalla de las ideas y los escritos resultó en este caso tan violenta como la de las ráfagas de las ametralladoras. Ésta se libró a campo abierto en los frentes y trincheras, sin rebasar el territorio patrio ni el tiempo anterior al armisticio; mientras que la guerra literaria se ha extendido más allá de esos confines, desde entonces hasta hoy. A más de la abundantísima producción vernácula, el fenómeno adquirió una dimensión internacional de increíble producción libraria, cuyas piezas llenarían hoy muchos hectómetros de estanterías. (Se ha dicho en estos días que puede ascender hasta unos 20.000 títulos) Aduzco, como mínimo botón de muestra, los nombres de algunos escritores europeos y americanos, los más conocidos de entonces, por su tratamiento del tema español. Hablo de los escritores católicos franceses Bernanos, Maritain y Mauriac; de los entonces comunistas Malraux (francés) y Koestler (alemán) de los anarquistas Orwell (inglés) y Simone Weil (francesa) y los americanos de la generación perdida, Hemingway y John Dos Passos; todos muy críticos por diversas motivaciones con la España nacional. En cuya defensa, entraron en liza Hilaire Belloc y Paul Claudel, más el nacionalista fran- cés Maurras. Después del año 39 fueron apareciendo algunas obras de conjunto como las de Hugh Thomas, Madariaga, Garosci y otros. Si algo revela claramente esta nómina de actores y autores (muchos estuvieron en los frentes) es la relevancia internacional del caso español, laboratorio inmediato de la tremenda conflagración europea en Septiembre del 39. Más que nuestra extensión geográfica o volumen demográfico importaron las enconadas banderas ideológicas y la ferocidad de los enfrentamientos, cuando no habían llegado todavía las locuras apocalípticas de Auschwitz y del Gulag. Sus resonancias internacionales conferían rango histórico al periodo español que comentamos y, dentro del mismo, a la persecución religiosa sin precedentes que registró en sus anales. En el balance estadístico de la misma figuran con nombres y apellidos 13 obispos, 4.184 sacerdotes del clero diocesano, 2.383 religiosos y 283 religiosas; que componen, en su conjunto, con muy leves correcciones al alza, una cifra global de 7.000 víctimas eclesiásticas, muy cercana ya a la exactitud de los hechos. Los más de 4.000 sacerdotes del primer grupo, entre los 30.000 del censo que registraba en aquel año el Anuario pontificio, suponían el 13 del Clero español; pero, una aproximada mitad de sus miembros procedían de las diócesis ocupadas al comienzo por el bando republicano. Con eso se eleva al doble el porcentaje de estas últimas; pero también aquí nos confunde ese término medio, ya que las diócesis mas esquilmadas rozaban listones alarmantes: así Barbastro, Intelectuales movilizados Si ciframos en 7.000 los religiosos ejecutados en la retaguardia roja, resulta que los clérigos suponen más de un 10 por ciento de los fusilados. Cifra espeluznante