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10- 11 D 7 LOS DOMINGOS DE El 30 por 100 de los pescadores de Burela, en La Mariña lucense, son extranjeros. Según los armadores, si no fuera por ellos gran parte de la flota estaría amarrada o en el desguace ras añade Otero. Este puerto, uno de los más relevantes del Cantábrico (junto con el de Celeiro presume de ser el que más pescado fresco vende de toda España) cuenta con más de 60 buques- -sólo de ABSA- sin contar con las pequeñas embarcaciones. Los productos estrella son la merluza de pincho (pescada con anzuelo, una a una) y el bonito del norte. Junto a caboverdianos y senegaleses, bien asentados en la Mariña, los peruanos están desembarcando con fuerza en estas costas. Pero es la primera comunidad la que más se deja notar, hasta tal punto que el presidente de Cabo Verde, Pedro Pires, estuvo de visita por aquí recientemente. La gente del mar los estima mucho. Son trabajadores, nada folloneros y están perfectamente integrados como demuestran los matrimonios mixtos que se han celebrado en los últimos años comenta el alcalde de Burela, Alfredo Llano. Sin embargo, cultivan su propia cultura. Hay un día al año dedicado a ellos y un grupo de mujeres han montado un grupo de folclore de su tierra, llamado Batuka Tabanka Desideria, Antoñina y otras paisanas se reúnen cada semana para ensayar los temas que interpretan, vestidas con trajes tradicionales de su país, en diversos festivales. Por cierto, tienen una canción dedicada a Burela. Estibadores, marineros o empleados en la lonja. Cargando redes, nasas, cajas y hielo o cortando y limpiando las capturas. La mayoría está lejos, faenando en el Gran Sol, pero también hay rostros morenos en el puerto, cada día, a la caída de la tarde, hora de la partida de los buques de arrastre y de cerco, y por la mañana, a eso de las diez, cuando regresan. Como Casimiro y Álex, enrolados en el Mirando o Mar pesquero de Foz. Cuando hay pesca, todo bien; cuando no, estamos jodidos reconoce Casimiro, que lleva tres años en Galicia y sueña con que su mujer y sus cuatro hijos puedan reunirse con él en breve. Estoy solo y necesito a mi familia para vivir mejor Por su parte, Álex confiesa que tiene ocho niños de dos mujeres en Cabo Verde, y está pensándose a cuál de ellas traerse para España. Dígale a Zapatero que mejore las condiciones de los marineros dice mostrando su blanca dentadura. (Pasa a la página siguiente) En la lonja de Burela no falta el trabajo para los inmigrantes Integración y cultura propia Un pescador caboverdiano se las ve con un marrajo plejo participaron inmigrantes, en especial caboverdianos, que más tarde ocuparían los puestos dejados por los gallegos en las cubiertas de los barcos. Ricardo, padre de Angélica y Cristina, fue uno de esos pioneros que al principio puso ladrillos y después se quedó para las campañas del bonito. Y hasta ahora. Cabo Verde, un archipiélago situado en el océano Atlántico, frente a las costas de Senegal, ha padecido las inclemencias del clima (inundaciones y sequías) en el último cuarto de siglo, lo que ha obligado a una legión de sus habitantes a buscar nuevos horizontes. Los primeros contactos entre gallegos y caboverdianos tuvieron lugar en la pesquería de las Azores. Los patrones portugueses que tenían contratados a estos marineros dieron buenas referencias. Y en Galicia hacían falta trabajadores del mar. El 30 por 100 de los pescadores de Burela son extranjeros; si no fuera por su concurso, gran parte de la flota estaría amarrada o en el desguace señala Juan Carlos Otero, negociador laboral de Armadores de Burela (ABSA) encargado de tramitar los permisos Entre viaje y viaje a alta mar, en los bares de Burela se espera con más o menos paciencia de trabajo. La importancia de los inmigrantes es capital para la flota de altura, aquella que va en busca de la merluza y del pez espada en el caladero del Gran Sol, en el Atlántico norte. De tres semanas a dos meses fuera de casa. Las duras condiciones de traba- jo y el desarraigo de la familia han cortado de raíz el relevo generacional. A los jóvenes gallegos cada vez les cuesta más dedicarse a la pesca, salvo aquellos que eligen los arrastres al día y las lanchas artesanales que les alejan de tierra firme durante unas ho-