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2- 3 D 7 LOS DOMINGOS DE Sobre estas líneas, los cadáveres de las 16 personas muertas en Casas Viejas. A la derecha, unos jóvenes salvaron un Jesús crucificado del incendio de una iglesia de Zaragoza autónomo catalán de 1934 su ejecución años más tarde por los franquistas. El mito del andalucista Blas de Infante, más que en sus escritos y en sus descabellados ensueños de restaurar Al Andalus en pleno siglo XX, se funda en su terrible asesinato. Más que Antonio Machado, el poeta de los campos de Castilla, a algún exaltado le interesa el intelectual al servicio de la República. Cuando Zapatero dice que la primavera republicana de 1931 es la escena originaria del tiempo presente, un modelo de dignificación de la vida pública, un limpio ejercicio de la política entendida como compromiso de guiar a un pueblo hacia su futuro, olvida la realidad de unos años convulsos y repletos de profecías excluyentes. Que Zapatero haya dicho que en España los demócratas son hijos de la Segunda República y que quien lo niega es porque no tiene tradición democrática es esclarecedor. Ilumina la capacidad de despropósito del jefe del gobierno y su procaz deseo de crear una nueva tradición y una nueva identidad: la de una España democrática, heredera, no ya de la política integradora de la Transición sino de una República mitificada Lo que, de una manera sentimental y nada inocente, se quiere retratar en un borroso 14 de abril de 1931 no es ya una época de extremismos, de anarquía política y desasosiego, sino una lejanía de valores admirables, imprescindibles en nuestra sociedad. Aquí se mezclan tiempos, se atribuyen a las sociedades del pasado actitudes, creencias y valores del presente o se utiliza la memoria histórica como un instrumento de deslegitimación del adversario, considerándolo heredero de los personajes más sombríos del ayer. Digámoslo con rotundidad: identificar la democracia actual con los republicanos de 1931 es, además de un mayúsculo anacronismo, una gran falla histórica. Socialistas, anarquistas, comunistas y revolucionarios del POUM no combatieron por la legalidad republicana- -que consideraban de papel- -sino por una sociedad nueva y un país distinto al demoliberal de Azaña. Lucharon por una revolución, ilusión que no sólo acompaña su historia, sino que es constitutiva de ella. Eliminar la condición revolucionaria de un sinfín de combatientes republicanos significa borrarles el rostro, negarles su ser y sus siglas, hurtarles su alma. Implica convertirlos en abstractos defensores de lo que siempre fue objeto de sus condenas, el universo de la democracia liberal. El mal entendido idealismo que decía Galdós en relación a los días de llamas de la Primera República fue también el mal incurable que asoló- -desde la izquierda- -la Segunda República. Ésta nació frágil, atravesada por previsibles corrientes de frustración. Nació como una sanción ética dirigida a Alfonso XIII suavemente, ABC Profecías excluyentes Socialistas, anarquistas, revolucionarios y comunistas no combatieron por la legalidad republicana, sino por una sociedad nueva y diferente de la demoliberal de Azaña Dice Orwell que si se olvida que la historia debe ser escrita con veracidad se da paso a un mundo de pesadilla en el que cualquier dictador controlaría el pasado... y el futuro alegremente, por vías legales y no por la violencia de una minoría republicana. El católico Miguel Maura llegó a escribir: Nos regalaron el poder Se refería a los políticos monárquicos. Y así fue. Por esa razón, uno de los mayores errores de los líderes de la coalición republicano- socialista que gobernó la República en sus dos primeros años y medio de existencia fue llamar revolución a un cambio de régimen pacífico y disponer del país como si hubieran tomado el palacio de invierno. La que va de 1931 a l936 fue una época de fracasos colectivos e ilusiones trituradas, pero el mito de la Segunda República que presenta una democracia asediada y derribada exclusivamente por la derecha, en unos años de idealismo y pueblo en marcha, tiene su arraigo y su barricada en la cultura de la izquierda española. Los errores de la República fueron muchos y su ruina no sólo se debió a las conspiraciones de la derecha reacccionaria sino que a derribarla también contribuyeron la ceguera sectaria y la incompe (Pasa a la página siguiente)