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14 10 07 EN PORTADA La otra Memoria Nuestra dolorosa historia POR FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR HISTORIADOR e lo decía Antonio Pérez a Felipe II, los príncipes deben temer a los historiadores como las mujeres feas a los buenos pintores Los poderosos saben que pueden encontrarse con cronistas críticos de su gobierno, pero no ignoran que la adulación del historiador se compra o se impone. Desde siempre ha existido una extensa gama de métodos eficaces para hacer callar a los que querían relatar la historia sin someterse al aparato publicitario del gobernador de turno. Ya en remotos siglos este querer callar ha ido pisando los talones al querer escribir, lo que motiva la frase de Nerón sobre el historiador Crenucio Cordo, cuyos manuscritos- -donde se relataban sin paliativos las locuras de la corte romana- ordenó confiscar el caprichoso césar para que no fueran a los copistas. ¡Qué gran estúpido! -bufó Nerón cuando le comunicaron que aquel molesto cronista no se resignaba a ver retirados de la circulación sus escritos- ¿Hasta ese punto ignora que soy yo quien manda en la historia? Yo la escribo y nadie más S Portada de ABC tras el asesinato de Calvo Sotelo De los protagonistas principales del siglo XX, quizá sea Stalin quien descubrió antes la vulnerabilidad del pasado y la importancia de su sustitución por uno hecho a medida de sus deseos. Logró además algo bien difícil: extender su ortodoxia más allá de las fronteras soviéticas, consiguiendo que los intelectuales comunistas de todo el mundo estuvieran dispuestos a tolerar la censura y a falsificar deliberadamente la historia. Ese rencor hacia una historia que se desea anular fue el que llevó a George Orwell a emprender su particular lucha por defender la objetividad histórica. Los días del fascismo estaban en su apogeo y Orwell no lo duda ni un segundo. Si viaja a España como miliciano es para luchar contra el fascismo Si se le pregunta por qué, contesta que por simple decencia Pero tras la persecución que como miembro del POUM sufre en Barcelona vuelve a Londres con la convicción de que la contienda española es un fraude. Orwell sabe bien lo que dice. Es uno de los rarísimos intelectuales comprometidos del siglo XX que es capaz de ver y que coloca la realidad por encima del idealismo y la militancia. Siguiéndole escuchamos los pistoletazos de una sindical contra otra y descubrimos parte del papel desempeñado por el Partido Comunista que, tras la máscara de la autoridad pública y el orden republicano, efectúa la conquista del poder y la confiscación de la libertad. En las sangrientas jornadas barcelonesas de mayo de 1937, toda la represión que liquida a los revolucionarios del POUM y apaga el entusiasmo anarquista llevaría el inconfundible sello comunista: acusaciones, falsificación de testimonios, confesiones obtenidas por tortura, asesinatos... Tras su experiencia en las tierras rojas de la España de la guerra civil, Orwell llegó a la conclusión de que si se abandona la idea de que la historia puede y debe ser escrita con veracidad se da paso a un mundo de pesadilla en el que cualquier dictador puede controlar el futuro y el pasado. Si el líder dice de tal evento esto no ocurrió, pues no ocurrió. Si dice que dos y dos son cinco, pues dos y dos son cinco. Esta perspectiva- -escribía en 1941- -me preocupa mucho más que las bombas Época extraña la que vivimos en España. Época de doble moral y doble palabra, en la que se manipula el pasado y se nos hurta el presente, en la que el gobierno se reviste de buenismo zapateril y apela a la mal llamada memoria histórica para chapotear en el maniqueísmo de considerar intrínsecamente buenos a los que perdieron las guerras de su tiempo o fueron víctimas del poder. La derrota, parece, estimula más la conciencia reivindicativa que la victoria. El perdedor tiene una capacidad de seducción y de alumbramiento de mitos que no tiene el ganador. De Companys interesa mucho más que su responsabilidad golpista en el pronunciamiento confederal del gobierno Fue una época de ilusiones trituradas, pero el mito de la República que presenta a una democracia asediada sólo por la derecha tiene su arraigo en la izquierda española La insurrección de octubre fue un trágico error porque Alcalá Zamora tenía la obligación de llamar a la CEDA, el partido más votado, a formar gobierno