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22- 23 D 7 LOS DOMINGOS DE El Danubio fluye como un espejo en el que se reflejan castillos, catedrales, ciudades góticas y viejas fortalezas. En la imagen, a su paso por la ciudad de Regensburg donde los pescadores hundían sus cajones de madera, llenos de peces vivos. Esta ciudad, que presume de tener la torre más alta del mundo, a la espera de que las gaudianas agujas de la Sagrada Familia la superen, vive orgullosa de haber sido un burgo libre desde el siglo XII, donde florecía el comercio y se respetaban los derechos ciudadanos. El Danubio discurre en este tramo entre suaves colinas boscosas hasta llegar a Neuburg an der Donau. Si Ulm destaca por su catedral, Neuburg lo hace por su castillo, la formidable fortaleza que domina desde la altura una ciudad que se apiña a su alrededor. A lo largo de un río que fue la frontera norte del Imperio Romano, la línea de separación entre la civilizada Roma y las tribus bárbaras que acampaban amenazadoramente al otro lado, no hay altozano, promontorio, atalaya, monte o peñasco donde no hubiera una torre de vigilancia, a menudo levantada sobre las ruinas de castros celtas. En aquellos mismos puntos estratégicos, los emperadores, reyes, príncipes y duques que se sucedieron a partir de la Edad Media hicieron construir fortalezas inexpugnables para asegurarse el vital paso del río. En Neuburg, el señor Thiler, funcionario del gobierno bávaro y presidente de la Asociación de Pescadores, me habla con entusiasmo, ante un monumental vaso de cerveza de trigo, de las antiguas tradiciones y torneos fluviales que aún se celebran en los pueblos ribereños. Todos los veranos tienen lugar una especie de justas medievales sobre el agua, en las que numerosas barquitas de tres remeros y un pescador, que hace las veces de caballero con lanza en ristre, se enfrentan entre sí con el objeto de derribar al río a los demás contrincantes. Cada embarcación representa a un pueblo y la competencia es máxima porque está el honor en juego, sobre todo cuando se enfrentan los pescadores del Rhin y del Danubio. Desciendo los escasos kilómetros que me separan de Kelheim por la propia garganta. Las aguas pasan culebreando, encajonadas entre altos farallones cubiertos casi totalmente por el terciopelo verde de unos bosques formidables. La proximidad de las orillas me permite distinguir arces, abedules, robles, fresnos, castaños, tilos, álamos y, sobre todo, hayas. En la parte más estrecha, donde el río alcanza la mayor profundidad de todo su recorrido, un cartel verde sobre la pared de roca muestra la distancia que queda hasta la desembocadura: 2.418 kilómetros. Antes de lo que hubiera deseado, la garganta se abre de pronto y aparece ante mis ojos el colosal monumento redondo de dieciocho columnas que corona el Monte San Miguel, erigido para conmemorar la liberación de las tropas napoleónicas. Kelheim es una villa con dos calles dispuestas en cruz. La una, un poco más ancha, hace las veces de plaza y en ella se encuentran los edificios más representativos. Peter Dümpelmann me ha invitado a almorzar en una callejuela trasera, donde se halla la vieja posada de techos abovedados que lleva siglos ofreciendo buenas salchichas y buena cerveza. Me sorprende ver cómo pela cuidadosamente el grueso y pálido embutido. En Bavaria hay mil F. L. SEIVANE Neuburg, fortaleza de Roma Kelheim, bosques formidables Mientras la leyenda del Rhin nació asociada al romanticismo, a lo bucólico, el Danubio siempre representó la aventura, el reto, la lucha, el encuentro con lo desconocido... En Neuburg, el señor Thiler, funcionario bávaro, me habla con entusiasmo, ante un monumental vaso de cerveza de trigo, de los torneos fluviales que aún se celebran maneras distintas de preparar una salchicha, pero la costumbre de pelarla prevalece sobre cualquier otra. Peter es un hombre lacónico, de pocas palabras, así que he de prestar suma atención a lo que dice para no perder detalle. Me habla insistentemente del canal Main- Danubio, una gigantesca obra de ingeniería que hace posible la navegación desde Ámsterdam al Mar Negro, a través de toda Europa. ¡El viejo sueño napoleónico hecho realidad! ¿Qué no hubiera logrado el pequeño emperador francés de haber podido transportar en sus naves soldados y pertrechos desde el Rhin hasta al último confín de Europa? Fue el mismo sueño imposible del zar Pedro I, que trató de desviar el curso del Amudaria hasta el Caspio para tener al alcance de su flota la inmensa región de Asia Central. Pero el canal que une las ciudades de Bamberg y Kelheim es ya una realidad. Recorre ciento setenta y un kilómetros con una anchura media de cincuenta y cinco metros y una profundidad de cuatro, salvando las diferencias de nivel con un moderno sistema de esclusas. Aunque se trata de una obra reciente, finalizada hace apenas veinticinco años, está basada en un proyecto del siglo VIII que resultó demasiado adelantado para la época.