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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE Los valones votan mayoritariamente al partido socialista y los neerlandófonos flamencos a los democristianos. En consecuencia, la capacidad de que una comunidad influya sobre la otra es prácticamente nula. Flamencos y valones viven ignorándose unos a otros. A pesar de compartir el mismo pasaporte, la mayor parte de los belgas es incapaz de comunicarse con la otra mitad del país, los carteles con los nombres de las ciudades cambian de una región a otra y salvo por las matrículas de los coches blancas con números rojos (que los democristianos flamencos han prometido en esta campaña que se van a separar) uno puede tener la impresión de que ha cambiado de país al pasar de una región a otra. ¿Y si el país se rompe? La novia y los padrinos, defensores de la nación belga, exhiben la bandera del país y proclaman: Tres lenguas, un alma, una Bélgica partir el dormitorio. Después, muy civilizadamente, decidieron que cada cual necesitaría su propio cuarto de baño. Más adelante se pusieron de acuerdo en tener cada uno cocina propia, lo que a su vez condujo a que poco después acordasen separar también el comedor, y, naturalmente, los salones de estar. De modo que, a estas alturas, lo único que les faltaría para ser dos países distintos sería que dejasen de compartir la puerta de entrada del apartamento y el buzón de correos. Esa puerta de entrada figurada es, naturalmente, Bruselas, una ciudad a la que ambas comunidades aspiran, pero ninguna puede reclamar como propia. En medio, los belgas han construido un intrincadísimo sistema político basado en una superposición de regiones y comunidades lingüísticas, un país trufado de instituciones, instancias y parlamentos: los municipales, los regionales, los de cada comunidad lingüística (tres, si se cuenta la minúscula alemana) y las dos Cámaras federales. Cada ciudadano debe elegir (y pagar) no menos de 5 o 6 escalones de concejales o diputados. Ya no se trata de separatismo o unionismo: la realidad es que Bélgica no funciona. Ni el Estado ni el objetivo de vivir juntos se ha conseguido y creo que los belgas merecemos algo mejor afirma Monette. Como dice el historiador Patrick Roegiers, los belgas viven sometidos al complejo ancestral de no existir Un país pequeño, en la línea divisoria entre los mundos latino y germánico, con menos de dos siglos de historia independiente y la constante sensación de que solo son el fruto de la conveniencia de las grandes potencias que lo rodean. Por si fuera poco, en estos últimos 25 años se han afanado en emprender una especie de deconstrucción de las estructuras comunes, lo que ha provocado una situación esquizofrénica en la que ya no hay ni partidos políticos belgas, ni una televisión pública belga (existen las de cada comunidad) ni diarios que publiquen las mismas noticias en los dos idiomas. Ya no hay partidos políticos belgas, ni una televisión pública belga, ni diarios que publiquen las noticias en los dos idiomas del país. Es la deconstrucción de la nación ¿Qué pasaría si Bélgica dejase de existir? Lo único seguro es que Flandes sería un país independiente, porque a pesar de compartir la lengua con los holandeses (la misma, aparte de los localismos contaminados del francés) unos y otros se odian desde antes de la fundación de Bélgica. Los valones, sin embargo, no tienen ninguna vocación de constituir una pequeña república a orillas del río Mosa y se dividen entre los partidarios de pedir sencillamente su anexión a Francia, o su unión al minúsculo Gran Ducado de Luxemburgo que, por cierto, formó parte durante un breve periodo de tiempo de la Bélgica que se desgajó del reino de Holanda en 1830. El destino de Bruselas es el que no le cuadra a ninguna opción. Últimamente se ha puesto de moda hablar de convertir a la ciudad en una especie de distrito federal europeo, pero es muy difícil que tal idea cuajase en un contexto donde los estados miembros de la UE salvo escasas excepciones- -no están maduros ni mucho menos para asumir semejante símbolo de federalismo supranacional. Sin embargo, lo más probable es que ésta sea una crisis más, que se resolverá a la manera belga, añadiendo un poco más de complejidad a la ya intrincada situación política. Ives Leterme, el líder de los democristianos flamencos al que se ha vuelto a encomendar la formación del Gobierno, no fue capaz de decir qué festejaban el día de la fiesta nacional belga, y cuando le pidieron que cantase el himno nacional tarareó La Marsellesa lo que da una idea del apego que le tiene a la idea nacional del país que se dispone a dirigir. Con el lento declive del sentimiento religioso, el Rey aparece como la única institución que recuerda la existencia de Bélgica. El Rey y, a veces, la selección nacional de fútbol.