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14- 15 D 7 LOS DOMINGOS DE Joan Crawford, en un baño de espuma, toda una diva dentro y fuera de la pantalla que en los años veinte cambiaba cada semana el color del pelo y el acompañante tes de conquistar las bondades del anciano rey bávaro, Lola mantuvo una episódica aventura con el entonces ya afamado escritor Alejandro Dumas padre. El célebre escritor la paseó e introdujo en el mundillo cultural del momento. De este modo fue como Lola conoció y estableció una buena amistad con George Sand y su compañero Chopin, así como con la actriz Stolz. Las tres mujeres, Stolz, Sand y Montes, no sólo coincidían en su forma de ataviarse masculina y en su afán por fumar puros, sino también en sus devaneos sexuales. A diferencia de las dos primeras, Lola pronto se dio cuenta de que esta caracterización eminentemente varonil no beneficiaba en absoluto sus planes de seductora nata, de modo que abandonó su impostura para volver a encarnar la feminidad. La relación de la bailarina irlandesa con Luis I de Baviera se tradujo en el malestar de un pueblo católico, ya irritado por los aires revolucionarios que se presentían en Europa. La insurrección del pueblo, desatada en parte por la falta de popularidad del rey al hacer gala de los favores que prodigaba a una bailarina irlandesa, condujeron al anciano monarca a abdicar en su hijo Maximiliano en febrero de 1848. Un año más tarde, Lola se casó con un teniente que conoció en Londres; su tercera y última boda se celebró en EE. UU. cuatro años después. En esta última ocasión, el elegido fue un periodista del que se separó poco después. A partir de este último matrimonio su vida dio un giro mayúsculo, convirtiéndose en conferenciante y abanderada de la causa femenina... abierto personalmente la cajetilla y no fumaba ninguno más si a alguien se le ocurría sacar algún otro cigarrillo de su cajetilla. Otra de sus extravagancias consistía en que sólo podía dormir con pijamas blancos. Cuando se encontraba en el momento más alto de su popularidad comenzaron a circular rumores sobre el hecho de que había participado en películas porno, cuando Joan todavía era conocida como Lucille. La actriz, entonces, se gastó alrededor de cien mil dólares en adquirir todas las copias de dichas películas con el fin de destruirlas. Tiempo después, Joan averiguó que un coleccionista guardaba todavía algunas copias de Labios de terciopelo y El lecho combado. La casa del infeliz coleccionista ardió misteriosamente pocos meses más tarde, quemándose no sólo todas las películas que ABC Joan Crawford La sexo- activa A medida que pasaba el tiempo, el comportamiento de Joan Crawford, que ya de por sí era una mujer llena de manías y rarezas, se hizo aún más excéntrico e imprevisible. Bebía con asiduidad, sobre todo vodka, y solía recibir a sus visitas en ropa interior. Por aquel entonces mantuvo relaciones, entre otros muchos, con los jóvenes actores Rock Hudson y George Nader. Cada vez que cambiaba de marido cambiaba el nombre de la casa donde vivía y hacía poner las tazas de los inodoros nuevos. Siempre había sido una maniática de la limpieza, pero su conducta se fue radicalizando con el paso de los años. Acostumbraba a lavarse las manos cada cinco minutos, y seguía a sus invitados limpiando todo aquello que tocaban, especialmente los picaportes y las piezas de su colección china. Nunca fumaba un cigarrillo si no era ella quien había Lola vivió gracias a y por el sexo, pero en los últimos años de su vida, convertida en devota episcopaliana, ayudó y dio amparo a prostitutas para sacarlas del camino del mal Cada vez que Crawford cambiaba de marido cambiaba el nombre de la casa y hacía poner nuevas tazas de inodoros. Siempre había sido una maniática de la limpieza albergaba, sino también el dueño del hogar. En aquel tiempo, su vida sentimental era un verdadero desastre, no sólo se dedicaba a acostarse con jovencitos, sino que también fue citada al menos en dos ocasiones como la otra en procesos de divorcios. A los cincuenta años poseía un cuerpo de ensueño a decir del que más tarde la dirigiría en la película Torch Song. Joan Crawford se presentó en casa del director, Charles Walters, ataviada con sólo un salto de cama y, tras desabrocharse el cinturón, le dijo: Creo que debe usted ver con qué va a trabajar Walters, sumamente impresionado, sólo pudo relamerse ante semejante e inesperada agradable visión. Su último marido, Alan Steele, era el presidente de PepsiCola. A su lado seguramente ganó algo de calma y un cierto sosiego. Según sus palabras, fue al único hombre al que llegó a amar. Al morir él de un ataque al corazón en 1959, ella heredó una inmensa fortuna, de la que no fueron partícipes sus dos hijos mayores ya que, como resultado de la publicación de un libro en el que su hija mayor relataba la oscura realidad de las miserables relaciones que Joan Crawford mantuvo con ellos dos, ésta los desheredó. La actriz poco a poco fue abandonando el cine para dedicarse a su trabajo como empresaria de la Pepsi.