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6- 7 D 7 LOS DOMINGOS DE de lo que podríamos llamar amor universal y de deseo de felicidad para los demás Algunos autores prefieren llamarlo compasión Tampoco es exactamente eso. San Francisco de Asís, Martin Luther King y la Madre Teresa de Calcuta, en gran medida practicaron el ahimsa Gandhi sin duda fue uno de sus más fervientes impulsores, lo que no le impidió plantar cara al Imperio Británico hasta derrotarlo. Los monjes budistas birmanos no traicionan su credo al sentarse pacíficamente ante los soldados porque, como dicen, la no violencia busca acabar con la injusticia, no con las personas que la imponen y la no cooperación con el mal es un deber sagrado País aislado, con sed de dólares y jeans CARMEN FUENTES Cuando recorrí recientemente las grandes ciudades de Myanmar, como Mandalay, Bagan o Yangon (no en los pueblecitos míseros y tranquilos donde la población malvive, sumisa y resignada) ya se respiraban las ansias de libertad, y no sólo de salir del país, de leer o de estudiar en Singapur, sino la libertad de no estar todo el día vigilado y controlado por el Estado y su privilegiada clase militar. Nos contaban- -mirando de reojo por si alguien les oyese- -que estaban hasta el gorro de la censura que el Gobierno ejercía, y que iba más allá de las esferas intelectuales y universitarias. Lo curioso era que, en gran parte, estas protestas venían de las mujeres, a las que se veía con más empuje y garra que a los hombres, dentro de lo que les dejaba el mando militar de esa república socialista El comercio estaba en sus manos y, como no admiten tarjetas de crédito, los ojos les brillaban cuando te pedían que les pagases con dólares. Es un país peculiar: las faldas (leggins) las llevaban los hombres y los pantalones (el comercio, la casa... las mujeres, inquietas y ansiosas de libertad, inusual en un país incomunicado, donde casi todos los hombres son o han sido monjes durante una temporada. Todo está en manos de un Gobierno tirano, corrupto e irrespetuoso con los derechos humanos, según nos decía nuestra guía, una universitaria que aprendió un estupendo español con la sola ayuda de una gramática. Nos habló mucho del movimiento de Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz en 1991, icono de la democracia y la libertad. No la pudimos ver porque estaba en su casa encerrada, pero libre La sociedad birmana- -con una gente estupenda- -tenía unas enormes ganas de abrirse al mundo, pero no podía. Carecía de medios y ningún móvil del mundo (sólo los suyos) funciona allí. Tener un teléfono satélite está penado con 20 años de cárcel. Así se las gastan, pero los jóvenes se las arreglan para acceder a internet. Ansían los vaqueros y los dólares (su moneda oficiosa) que escondían con ilusión esperando una libertad a la que les está costando mucho llegar. Muchos y respetados Son muchos y fuertes. Se calcula que en Myanmar hay unos 400.000, siendo el país con más monjes budistas del mundo. Y su fuerza radica en el gran respeto que se han ganado a pulso. Pero esa cifra puede que sea aún mayor, pues en Birmania es costumbre que al menos un hijo de cada familia entre en un monasterio kyaung durante algún periodo de su vida. Suelen hacerlo cuando, según reza la tradición, ya son suficientemente grandes para espantar a los cuervos una forma muy curiosa de decir cuando tengan uso de razón lo que viene a ser según el convencionalismo vigente hacia los siete años de edad. Durante uno o dos meses aprenden y practican los fundamentos del budismo, y si lo estiman conveniente- -siempre de forma voluntaria- -podrán quedarse en el kyaung Otros volverán cuando acaben sus estudios, justo antes de comenzar la vida laboral. Todos los pongyi que es como llaman a estos monjes, son mendicantes. No les está permitido el trabajo remunerado y tanto la comida, como las ropas e incluso las medicinas que necesiten las tienen que conseguir a través de la limosna de los fieles. Viven así en total austeridad, lo que les ha granjeado grandes simpatías y respeto en un país donde la mitad de la población vive por debajo del umbral de la pobreza con sólo un dólar al día, y sobre todo frente a los despilfarros de los líderes de la dictadura. Conocida es la desmesurada boda de Thandar Shwe, hija del jefe de la junta militar, donde corrió el champán y el caviar, mientras la novia llevaba un aparatoso tocado de piedras preciosas, cuya venta es uno de los negocios más pingües y sucios del general. Ese respeto les acredita suficientemente para denunciar los abusos del poder. Ya lo hicieron Un grupo de pongyis rezan durante una sentada pacífica ante la pagoda de Shwedagon hace sesenta años contra el colonialismo británico; en 1965 y 1974 contra el golpista Ne Win; y más recientemente contra la junta militar, hace ahora diecinueve años. En todos los casos hubo tensiones, disturbios y víctimas- -se calcula que en 1988 murieron de 3.000 a 10.000 personas- -pero también siempre hubo resultados positivos. Los opresores cedieron si no totalmente, sí al menos en cierta medida. Los monjes budistas, a falta de una clase política cohesionada, juegan un papel sustancial en la sociedad birmana. Las posesiones de un pongyi hsilasin si se trata de una monja) son escasas, lo imprescindible. Un pequeño cofre, generalmente de madera, para guardar la túnica azafrán llamada kasaya unas chinelas, un jergón, una almohada (a veces deliberadamente dura) y una manta. No les está permitido guardar dinero y los adultos sólo realizan una comida fuerte al día. El horario típico en cualquier kyaung empieza a las cinco de la mañana cuando tocan diana en una especie de xilófono de madera de sonido apagado. Tras un pequeño desayuno consistente en uno o dos boles de arroz cocido, la mayor parte de los monjes se echa a la calle para recibir la dhana (limosna) Para ello llevan sus cuencos negros llamados oryoki (literalmente que contiene solo lo necesario En fila india discurren por las calles parándose para que los fieles depositen en esos recipientes alimentos vegetarianos: arroz, verduras... Vuelven al monasterio hacia las 9. Allí les esperan los ancianos, los que están enfermos y los que no han podido salir por tener otras obligaciones. Con los donativos organizan la comida. El resto de la jornada lo dedican a las escuelas y hospitales, o al estudio de textos budistas. Cada dos o tres novicios koyins disponen de su propio maestro. A las 4 de la tarde tienen tiempo libre y solo los más jóvenes disfrutan de una frugal cena antes de acostarse. La rebelión de las túnicas azafrán evidentemente ha trastocado esa rutina. Quizá mañana la diana suene más alegre. REUTERS Una sola comida fuerte al día