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23 9 07 VIAJES Los pescadores comienzan a desembarcar sus capturas a las seis de la mañana. La familia al completo espera en la playa Bengala Paraísos perdidos... y encontrados Aún quedan playas vírgenes, parajes no hollados por el turismo de masas. Las paradisiacas costas del Golfo de Bengala en el litoral de Birmania son uno de los últimos edenes que todavía están por descubrir TEXTO Y FOTOS: FRANCISCO LÓPEZ- SEIVANE os nostálgicos de aquellas maravillosas playas de Cancún o Punta Cana antes de que las arrasara el tsunami del turismo masivo pueden estar de enhorabuena. Al otro lado del mapa, en el remoto Golfo de Bengala, existen todavía paraísos escondidos, lugares de extraordinaria belleza natural que ofrecen todo lo que el buscador de rincones impolutos sueña: silencio, clima ideal, soledad, palmeras, confort y buena comida. ¿Por qué no se anima a descubrir en su próximo viaje uno de los países más fascinantes del mundo, la antigua Birmania, y de paso se regala unos días en las paradisíacas playas del Golfo de Bengala? Ahora que Thai Airways vuela directamente a Bangkok desde Madrid, créame: el trayecto se le va a hacer más corto y agradable de lo que imagina. ¡Ah! Y no olvide llevarse un par de buenos libros. L En el diminuto aeropuerto de Thalidwe- -al que se llega desde la capital birmana, Yangón (la antigua Rangún) en menos de una hora- hay que caminar cien metros por una umbrosa carretera antes de encontrar los equipajes y las furgonetas de los hoteles. Como un potentado El del Sandoway es un autobús centenario con el chasis de madera y un pescante tan alto que me hizo recordar los trenes de mi infancia. Tanta es la altura del peldaño que el conductor coloca una banqueta de madera ante la puerta para que los pasajeros puedan superar el trance. Una vez dentro, el atónito visitante descubre que el piso es de La capacidad hotelera de Ngapali Beach no excede las 300 personas, lo que da idea de la ingente cantidad de metros cuadrados de playa que corresponden a cada bañista impecable tarima, las ventanas no tienen cristales y los asientos, todos individuales, son grandes sillones de mimbre fijados al piso. Un auténtico puntazo que le hace a uno sentirse como un potentado de las antiguas colonias. Todo estaba en calma en la maravillosa playa de Ngapali, en la costa occidental de Myanmar, hace diez años, cuando un arquitecto italiano recaló por allí batiéndose en retirada de quién sabe qué turbias batallas y descubrió a los pescadores locales descargando sus capturas en aquellas espléndidas arenas bañadas por un mar tan azul y prístino como el del Caribe. Decidió invertir y levantó el primer hotel de la zona, el Sandoway, un complejo de villas que él mismo diseñó hasta el último detalle. No es difícil adivinar lo que pensarían los carpinteros locales ante la cascada de muebles piramidales que les encargaba el italiano (por no mencionar las sillas, de maderas tan pesadas que son precisas cuatro manos para acercarlas a la mesa) pero su sueño cristalizó y ahora el Sandoway es un establecimiento de corte colonial que Alberto dirige como un emperador. Nadie sabe a qué renunció exactamente al dejar Italia, pero da la impresión de que no fue precisamente al dinero. Ahora, junto al Sandoway, ya