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23 9 07 EN PORTADA Palabras para la Historia Quien habla en esta entrevista es un hombre de Estado a ratos amargo, harto de encajar golpes, atacado con una saña desmedida, desengañado con la clase política y duro con la Prensa. Una insoportable tensión política y emocional que vuelca en una conversación sin ataduras. Tanta sinceridad, por lo visto, pareció inconveniente a algunos de sus consejeros, que pidieron que se archivara la entrevista. Pero, cuando se cumple el 75 aniversario del hombre que lideró la transición, creemos que no hay mayor homenaje que la publicación de estas confesiones. El lector va a sentir una cierta nostalgia ante un presidente que asegura no tener vocación de estar en la historia pero que levanta el vuelo por encima de sectarismos y políticas chusqueras. Suárez se sitúa en la Historia porque, como él mismo dice, no le interesa la coyuntura sino los principios. Y sus palabras pueden enseñarnos mucho en estos tiempos de coyuntura A. Suárez EX PRESIDENTE DEL GOBIERNO. ENTREVISTA INÉDITA Soy un hombre totalmente desprestigiado POR JOSEFINA MARTÍNEZ DEL ÁLAMO FOTOS ABC E n 1980 Adolfo Suárez era el presidente del Gobierno. Llevaba cuatro años gobernando, y las múltiples críticas le tenían acorralado. La inflación se disparaba, el paro aumentaba, las autonomías de doble velocidad despertaban los agravios comparativos. Todos sus actos y declaraciones pasaban por la criba de los prejuicios políticos. La derecha no le perdonaba la ruptura con el régimen anterior. La izquierda lo acusaba de no imponer la ruptura con el régimen anterior. Dentro de su partido le crecían los traidores. La prensa, la gran mayoría de la prensa, estrenó ¡por fin! su libertad de expresión haciendo verdadera leña de un presidente a punto de caer. Pero Suárez, a muchas trancas y barrancas, intentaba la convivencia de todos, el respeto entre las corrientes opuestas, la aceptación sin ira de unas normas nuevas y de un nuevo futuro. Estaba practicando el diálogo sin patentes ni micrófonos. Hoy todo son parabienes y medallas para esa figura tristemente quebrada. Como advertía Mihura sólo nuestras desgracias nos hacen perdonar nuestros éxitos. Pero bastaría con consultar las hemerotecas para dejarnos helados los aplausos. Por aquellas fechas- -julio del 80- -Suárez estaba a punto de perder su confianza en Abril Martorell; algunos militares manifestaban ya ostensiblemente su descontento. El político más popular era quizás Francisco Fernández Ordóñez; y el presidente huía de la prensa- -exceptuando la revista Hola- -casi al grito de vade retro Pero muchos de nosotros soñábamos con conseguir esa entrevista imposible. Hacía seis meses que solicité la entrevista. Tres meses después me la concedieron. Sólo faltaba elegir el momento adecuado; fijarle fecha; esperar que el presidente tuviera dos horas libres para sentarme frente a él. Pero en la agenda de Suárez debe de haber anotaciones hasta en las tapas. Desde mayo sigo atentamente las idas y venidas del Jefe del Gobierno. Y me confieso desalentada: nunca encontrará el momento adecuado. Por eso, cuando el Gabinete de Presidencia me envió la sorprendente oferta de acompañarlo en un viaje oficial a Perú, con la condición- -eso sí- -de que el resto de los periodistas invitados ignoren que yo estaba allí para hacerle una entrevista, me quedo perpleja. Y claro, acepto. Y por fin, un mes después, nos sentamos en un sofá turquesa del Hotel Bolívar de Lima. A 10.000 kilómetros y a siete meses de distancia de mi primera solicitud. Es la una de la madrugada. Adolfo Suárez acaba de volver de la cena ofrecida en el palacio del Gobierno. Ha llevado un día muy movido: tedeum, recepciones, investiduras... Está cansado. Marcelino Oreja se acerca a recordarle que mañana se tendrá que levantar a las siete. Cuando nos dejan solos, el presidente se vuelve hacia mí: ¿Ve cómo por fin hablamos? Yo cumplo lo que prometo. Podía usted confiar -Nunca lo dudé. Siempre pensé que haríamos esta entrevista. Hay que crear las condiciones necesarias para que los españoles convivan por encima de sus ideas políticas. Si lo conseguimos, habremos hecho una labor histórica Yo no opino que el pueblo español pidiera a gritos libertad... Se pusieron detrás de mí porque yo los alejaba del peligro de una confrontación tras la muerte de Franco