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12- 13 D 7 LOS DOMINGOS DE Vista del sur de Manhattan desde la calle 28 una noche de nieve. Al fondo, a la derecha, estaban las Torres Gemelas sivo. Como recuerda Pere Gimferrer, tres temas le absorben: la vida urbana, la sexualidad y el crimen, es decir, Nueva York. Hello, New York. No hay nada bueno en ti. Por eso te amo arranca Fonollosa. ¿Cuál es entonces la teoría de una ciudad que es pura aritmética y que según Julio Camba no hace falta ni visitar, una boutade que no ha hecho sino acentuarse desde que las artes de la representación fílmica y electrónica la han hecho tan obscenamente familiar? Nueva York como grand guignol encargado de proporcionarle grandes emociones al mundo, comenta Camba divertido: sea una nevada o los más formidables atentados terroristas de la historia con ayuda de extras musulmanes cargados de odio y supuesta envidia hacia el American way of life Henry Roth habla en su Redención de las cavidades perforadas durante siglos en las rocas del Bronx y de los afloramientos de mica en Central Park, algo que habitualmente no vemos, en lo que no reparamos porque no forma parte del espectro de pruebas que buscamos para comprobar que estamos donde creemos y demostrar después que hemos estado. Lo mejor de Nueva York es perderse de uno mismo, recuperar esa etapa todavía curiosa del final de la adolescencia cuando ya no era necesario irse a recoger a casa porque empezaba el paréntesis universitario en otra ciudad, o cabía desprenderse de la vigilancia siguiendo el curso de las lecturas, la intuición y el deseo sembrados por biblias como En el camino en trenes, carreteras, navíos que enlazaban dos fronteras con millas náuticas de soledad por medio. Nueva York destila esa emoción en arrabales de Queens, en descampados, fábricas dudosas de ladrillo visto, tugurios a los que acceder mediante el salvoconducto de un indígena de los márgenes, líneas de metro que parecen de ferrocarril, largas como un sueño que para muchos es pesadilla, pero que en los ojos del que todavía no ha pegado el hachazo con la cordura, el matrimonio, la patria o el sentimiento parecen países de entrar y salir, vidas posibles en las que uno puede hacer realidad lo que James Salter le confesó a este corresponsal bajo un farolillo japonés una de las primeras tardes de Nueva York, cuando todo eran deseos y las convicciones y prejuicios no se habían puesto a recaudar impuestos: Puedes cambiar de vida en este instante Y aunque es posible cometer un crimen en Getafe, embarcarse en Oporto, tirarse a la vía en Port Bou, enamorarse de una gitana en un mostrador de Malasaña, enrolarse en un dispensario de Monrovia, tentar la suerte y acabar en una cárcel de Tailandia, volver a labrar los campos en Bali, abrazar otra fe en Calcuta, servir mojitos en Cancún, prostituirse en Moscú, contar piedras y olivos en Cisjordania, también cerrar la puerta a la espalda y desaparecer para siempre en medio de la noche, parece más fácil en Nueva York, porque acaso de aquí arranque el zaguán que lleve al aleph, la cueva donde las raíces de magnolio y de abeto azul se retuercen y brillan entre vetas de antracita que parecen diamantes de Botsuana, los escalones que llevan al sótano del hombre invisible, a la identidad incierta, Toda ciudad es un enigma, un laberinto, un jeroglífico. Nueva York lo es acentuado por todas las etnias de la Tierra que parecen empeñadas en seguir instalándose aquí, aunque las nuevas leyes de inmigración dictadas CORINA ARRANZ Cuál es la teoría de una ciudad que es pura aritmética y que según Julio Camba no hace falta ni visitar, grand guignol encargado de proporcionarle emociones al mundo Acaso todos nuestros sueños, deseos, frustraciones y ambiciones han encontrado su cifra y su reflejo en Nueva York. Por eso viajar a esta ciudad no deja indemne por la desconfianza y el miedo pretenden que sea menos intrincado ese tapiz. Acaso todos nuestros sueños, deseos, frustraciones y ambiciones han encontrado su cifra y su reflejo en Nueva York. Por eso viajar a esta ciudad no deja a nadie indemne. Los hay que solo piensan en volver. Los hay que vienen por un tiempo y no son capaces de dejarla, como una nueva droga sin clasificar en el mercado de los estímulos y las prohibiciones. Los hay que la han abandonado y la recrean con incorregible nostalgia. Pero también los hay que la detestan porque su dureza e indiferencia son legendarias, o porque, sin haber pisado jamás sus avenidas y callejones, la desprecian porque la leen como anagrama de un imperio, emblema de un modo de vida que comparten y del que abjuran o no comparten e igualmente aborrecen. Nueva York acaso explique el mundo contemporáneo, ese que parece condenado y libre, eufórico e irremediable, efervescente y agotado, firme y flexible, implacable y dulce, impenetrable y dócil. Los adjetivos se hacen añicos contra la escollera de una ciudad que tajan ríos (East, Harlem y Hudson) y una muchedumbre que es la muchedumbre de la especie, su variedad de colores, religiones y acentos, que parece haber encontrado un campo de fricción y aprendizaje.