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9 9 07 EL LIBRO PREPUBLICACIÓN Teoría de Nueva York Alfonso Armada fue corresponsal de ABC en Nueva York durante casi siete años. Después de haber cubierto el cerco de Sarajevo y el genocidio de Ruanda, nunca pensó que la guerra iba a perseguirle hasta el corazón de Manhattan. Nueva York, el deseo y la quimera arranca con la reconstrucción del 11- S, pero es sobre todo un intento de descifrar un mito fascinante y cruel Título: Nueva York, el deseo y la quimera Autor: Alfonso Armada Editorial: Espasa Calpe Colección: Espasa Hoy Páginas: 402 Precio: 22 euros Fecha de publicación: septiembre odavía no sabemos si el 11 de septiembre de 2001 será el epitafio de una época y de Nueva York como capital del mundo. ¿Qué es Nueva York? ¿Cuál es su identidad, su triunfo y su derrota? Acaso su profundidad sea su ausencia de hondura, aunque ese paradójico aforismo cabría endilgárselo a demasiados lugares simultáneamente, un rasgo que viste ropajes de lugar común no acota una ciudad que no tiene murallas (según Miguel de Unamuno, una ciudad ha de estar- -como Ávila- murada y articulada ya que de esa manera tiene unidad, tiene fisonomía, tiene alma. Londres, en cambio, o Nueva York, no pueden ser una ciudad nunca y que sigue difuminándose tras los parabrisas salpicados de lluvia de los taxis. Lo que es es lo que se ve. Una noche de sábado, en septiembre, mientras avanzamos por entre luces de agua y cláxones amortiguados, un jazz en sordina, una pista para garabatear sueños y presagios, me asomé a la ventanilla como si tuviera un destino mientras tras la sucesión de fachadas, sombras que pasaban, paraguas, rostros aceitados por el meteoro, hacía recuento de fascinaciones y reticencias, como si en la penumbra pudiera discenir alguna de las figuras que le han proporcionado a Nueva York su resplandor. Dice E. B. White de su Here is New York que al principio fue por su brevedad y lucidez mi quimérico modelo, que no era su deber, sino el del lector, poner al día su libro. Una forma elegante de quitarse el muerto de encima cuando resulta que el muerto está tan vivo que no se queda quieto ni un instante, que no hay mascarilla de escayola que resista ni ataúd que se ajuste a sus medidas. Hay libros escurridizos y justificaciones para todos los gustos, cortinas de humo y de cretona para disimular todas las limitaciones, pero si hay algo que a Nueva York no le es ajeno es su capacidad para transmutarse, engañar al ojo, jugar con la aparien- T cia y ser, además, siempre otra cosa, entre muchas, otra faceta que cambia con las incisiones de la luz y con la pauta de las estaciones y las eras. Como señala Rogel Angell en la introducción a una hermosa reedición de Esto es Nueva York del cambio es de lo que este libro trata en realidad El prologuista se preguntaba si la ciudad podía seguir ofreciendo el don de la melancolía y de la intimidad que transmite un libro publicado en 1949. Acaso por no resultar políticamente muy correcto, uno de los aspectos menos reseñados del 11- S fue que en las semanas que siguieron a los atentados los casi desiertos teatros de Broadway, cines, restaurantes, salas de conciertos, museos y galerías fabricaron una ciudad desconocida en la que resultaba muy fácil bascular entre las muchedumbres que seguían atiborrando los medios colectivos de transporte (aunque con un punto de inquietud en los subterráneos del metro, que en Wall Street sigue siendo una suerte de museo de la traslación y la revolución industrial: bombillas desnudas y polvorientas, cobres y latones de brillo mortecino, teselas de un mosaico que vieron fotógrafos como Paul Strand y Walker Evans, pasillos y vomitorios sombríos por los que ganar la luz del día en medio de súbitos ríos humanos) y los desiertos espacios de esparcimiento. Algunos se refieren, con nostalgia exquisita, a la atmósfera retro, glamurosa, en blanco y ne- Alfonso Armada Periodista y escritor Si hay algo que a Nueva York no le es ajeno es su capacidad para transmutarse, engañar al ojo, jugar con la apariencia y ser, además, siempre otra cosa Esta es una sucia, desigual, codiciosa, solitaria ciudad. Hello, New York. No hay nada bueno en ti. Por eso te amo escribió el poeta José María Fonollosa gro, de poder coincidir, como de hecho le ocurrió a Truman Capote, con Greta Garbo en la butaca contigua de un teatro, o, como relata Angell, con Paul Newman tasando un melón en la frutería de la esquina, y culpa de ello a la televisión- el mayor agente de cambio del siglo XX -y la fiebre de la fama y sus sevicias, un culto a la banalidad que parece innegociable y que no presenta signos de abatimiento, aunque acaso lleve su fecha de caducidad inscrita en el forro electrónico. Sin embargo, todavía es posible encontrarse con Paul Newman, y Joanne Woodward, en un teatro de off Broadway, o cruzar unas palabras con Susan Sontag (se fue, como Víctor Laredo, mientras urdía esta quimera) y María Irene Fornés en el café del Public Theater. Este libro es probablemente un imposible desde que fue concebido, aunque yo mismo he contribuido a perderme en él, pensando lo que no debía pensar: en los ojos de un supuesto lector que estaría esperando por él. Si Nueva York es hiperfamosa (ciudad país de superlativos, que pierden gas o cobran fundamento en cuanto son lanzados al campo semántico de la realidad) y todo el mundo parece querer estar aquí: todo el mundo que sueña con sacar la cabeza por encima del resto del mundo y muchos que simplemente quieren sacar la cabeza del fango para respirar. Otra de sus falsas premisas que puede resultar cierta: inocula una adicción. Pero compartir ese sentimiento se ha vuelto un objetivo demasiado costoso. No hay por qué compartir ese sentimiento, sentir lo mismo. Esta es una sucia, desigual, codiciosa, solitaria, ruidosa, ambiciosa e imposible ciudad. El poeta José María Fonollosa, autor de Ciudad del Hombre: New York tan fieramente interpretado por Albert Pla, se alimentaba espiritualmente a su regreso a Barcelona- -tras su larga estancia en el campamento de piedra neoyorquino- -solamente con dos sustancias: el marqués de Sade y el diario La Vanguardia Un combinado, sin duda, altamente explo-