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9 9 07 CLAVES DE ACTUALIDAD Vilallonga Retrato de una vida Un bon vivant orgulloso de serlo EL pasado 30 de agosto se apagaba en Mallorca la vida de José Luis de Vilallonga y Cabeza de Vaca, marqués de Castellvell, un hombre que vivió 87 años como si no hubiera un mañana POR RAMÓN PÉREZ- MAURA FOTO ERNESTO AGUDO ilallonga vivió una vida soñada. Soñada por él mismo y para sí mismo. Una vida que reflejó en sus libros, incluidos los cuatro tomos de memorias que sumaron casi dos mil páginas. En lo material no se podría pedir mucho más. Su padre era una de las fortunas catalanas, miembro de una familia de inmejorable posición: barón de Maldá y Maldanell- -que es un solo título- -y barón de Segur. Salvador de Vilallonga y de Cárcer fue, en verdad un hombre de otro tiempo. Hasta su muerte el 25 de febrero de 1974 vivió pegado- -despierto y dormido- -al monóculo de su ojo izquierdo y apartado de un mundo que, a su alrededor, parecía conspirar contra él. Como en Por capricho de Dios la novela de Jean d Ormesson que narra magistralmente la decadencia de los Plessiz- Vaudreill, una familia ducal del antiguo régimen que debe afrontar el encontronazo con el siglo XX, el barón de Segur podría haber vuelto a decir: Pero había un divorcio entre el mundo y nosotros. Resulta que el mundo se aplicaba sin descanso, con singular voracidad y afectación a un crimen imperdonable: nosotros nos habíamos detenido y él continuaba. Su hijo José Luis cuenta una conversación que tuvieron padre e hijo en París en 1968. El barón de Segur parecía preocupado y José Luis quería saber el motivo de aquella inquietud. Estoy arruinado dijo Segur a su hijo. Era lo último que yo esperaba escuchar explica Vilallonga. ¿Arruinado? pregunta a su padre. La explicación de éste es muy descriptiva del mundo en que vive. El caso es que hasta el año pasado siempre había vivido de las rentas de mi renta y que ahora me tengo que contentar con vivir de mi renta. La cuestión es que ya no podré vivir como antes. Éso en una familia en la que su primogénito, durante años, se vanaglorió de vivir de los billetes que iba sacando de unas botas de montar, rellenas hasta el límite de su capacidad de V papel moneda de curso legal que parecía empleado como si fuera papel de periódico destinado a secar unas botas humedas. Podría decirse que Vilallonga fue el perfecto ejemplo del señorito mal educado por sus padres que cree que para demostrar que no es uno de ellos tiene que intentar romper todas las convenciones. Pero que cuando se encontraba con alguien que pretendía intimar con él y al que él no consideraba a la altura de su clase social se apresura a intentar ponerlo en su sitio. A Vilallonga le encantaba demostrar con anécdotas la intimidad de su padre con el Rey Alfonso XIII. ¿Tú cuánto tiempo tardas en vestirte, Salvador? le preguntó un día el Rey. Entre tres y tres horas y media, Señor Júbilo del Monarca. ¡Pues yo me visto en diez minutos! Se nota, Señor, se nota le contestó fríamente mi padre. En sus memorias cuenta Vilallonga cómo conoció e intimó durante la Guerra Civil Española con una escocesa que conducía en una ambulancia en el bando sublevado- -en el que él servía. Pasado el conflicto ella consiguió que él la aceptara en matrimonio. No hubiera sido superfluo conocer la versión de la novia al respecto. Pero no sabemos lo que pensaba Pip Scott- Ellis, hija menor del octavo lord Howard de Walden y descendiente del primer conde de Suffolk, que alcanzó la gloria luchando contra la Armada Invencible española. Educación mejor que amor Su primera mujer le convenció de que no hacía falta estar enamorados para casarse. No creo en el amor a largo plazo. Es más importante ser de la misma educación Se tomó al pie de la letra el criterio de su mujer, Pip Scott- Ellis, y pasó su noche de bodas, con un grupo de sus testigos, en el mejor prostíbulo de Cádiz Vilallonga da una versión de su matrimonio en la que afirma que fue cazado tal y como su madre le advertía que sucedería cuando él le anunciaba- -1945- -en conferencia telefónica entre Sanlúcar de Barrameda y Barcelona, que contraería matrimonio dos semanas más tarde con la hija de lord Howard de Walden. Pip estaba en Sanlúcar en casa de su padrino, el Infante Alfonso de Orleans, que con su mujer, la Infanta Beatriz de Coburgo, se tomaron gran prisa en completar los trámites del sacramento. Pip convenció a Vilallonga de que no hacía falta estar enamorados para casarse. No creo en el amor a largo plazo. Me parece más importante que seamos de la misma educación y que tengamos los mismos gustos y las mismas inclinaciones. El amor sólo dura un tiempo, pero lo que ahora nos une