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2 9 07 OPINIÓN PREPUBLICACIÓN Nuremberg o la monotonía Carlos Sentís es uno de esos periodistas que han estado allí Y allí es la Historia: la guerra civil, vivida en circunstancias personales privilegiadas para valorar las convulsiones de la contienda en Barcelona. Y la II Guerra Mundial, cerca de De Gaulle en sus días africanos. Corresponsal de ABC, sus recuerdos son un testimonio imprescindible de los momentos clave del pasado siglo Título: Memorias de un espectador Autor: Carlos Sentís Editorial: Destino Páginas: 320 Precio: 21 euros Fecha de publicación: 12 de septiembre is trabajos como corresponsal en la Segunda Guerra Mundial siguiendo a De Gaulle y la visita a Dachau con sus crónicas correspondientes, me convirtieron quizá en el periodista adecuado para cubrir el desarrollo del proceso de Nuremberg, ya que las escasas gradas del pequeño Palacio de Justicia provincial en que se celebró el proceso estaban reservadas exclusivamente a corresponsales de guerra, y no precisamente elegidos al azar. En el tiempo que estuve cubriendo el proceso para ABC coincidí con otro periodista español, Augusto Assía (cuyo nombre real era Felipe Fernández Armesto) de La Vanguardia, y que fue también corresponsal de guerra en Londres, donde fue testigo directo de los bombardeos. En los últimos días de mi estancia allí llegó un enviado de EFE, apellidado Navarro, pero no me consta que ningún otro español acudiera al proceso. No es que fuera exactamente un consejo de guerra, ya que el tribunal estaba integrado por una representación plurinacional, y tanto su procedimiento como su desarrollo tenían muchas características propias de la jurisprudencia americana. A veces se ha considerado que hubiera sido una crueldad menor ejecutar a los presos tras la celebración de un consejo sumarísimo, tal y como preferirían los rusos, pero se omite el hecho de que algunas sentencias fueron de absolución, y otras supusieron encarcelamientos no sucesivos. Es cierto que hubo determinada crueldad, pero no sé si hubiera sudo posible otro tipo de final para la guerra más importante y más mortífera conocida por la humanidad. Curiosamente, los reproches que se hicieron entonces al tribunal, relativos a su falta de base jurídica, se han ido diluyendo con los años. Si no hubiesen aparecido, a lo largo de las audiencias, revelaciones y pruebas sobre los campos de concentración y otras terribles acciones cometidas por M la mayoría de acusados, se hubiera podido dudar de la base del proceso. Mantengo recuerdos físicos muy vivos y una sensación de incomodidad. Aquel año, en la Europa central hubo una gran helada- -fue uno de los más fríos del siglo- -y aún conservo aquella impresión sobre la piel. Era difícil escribir en aquellas circunstancias, pero todo quedaba compensado por la fascinación de estar en el recinto como si uno se hubiera introducido en la historia como un voyeur. Transcurridos los primeros días, recoger información se volvió un trabajo un poco monótono, ya que se acumulaba una gran cantidad de informes y testimonios, tanto de la defensa como de la acusación. Resultaba muy difícil no caer en la confusión y mantener una línea informativa con interés humano, sin la cual estaba convencido de que acabaría aburriendo al lector En la conferencia de Teherán ya se habló de instituir, al terminar la guerra, un tribunal militar que condenase los crímenes que se estaban cometiendo. Entonces, los líderes aliados no dudaban ya de que ganarían la contienda más temprano que tarde, y no les importaba, empezando por Churchill, que la guerra se alargase un poco más para conseguir una rendición sin condiciones. Al tratar del proyecto del tribunal en la conferencia de Teherán, se produjo ya un incidente que algunos consideraron anecdótico, pero que, de hecho, daba Carlos Sentís Periodista y escritor A veces se ha considerado que hubiera sido una crueldad menor ejecutar a los presos tras la celebración de un consejo sumarísimo, tal y como preferirían los rusos Si no hubiesen aparecido, a lo largo de las audiencias, pruebas sobre los campos de concentración y otras terribles acciones, se hubiera podido dudar de la base del proceso cuenta del trasfondo que tiempo después afloró a la superficie. Stalin dijo que las condenas a muerte no debían estar por debajo de 50.000. Churchill no se pudo contener, se levantó y dijo que él no quería ni oír hablar de una matanza de semejante proporción: Si se acordara esto, yo saldría al jardín y me pegaría un tiro Entonces Stalin simuló estar de broma, y de forma muy aguda, añadió: Bien, el señor Churchill tiene razón, no tienen que ser 50.000, sino 49.000 Todos se echaron a reír y prefirieron que la cosa quedase así. Cifras aparte, los rusos no querían procedimientos judiciales que no fuera sumarísimos y concluidos con un tiro en la nuca. Así se había procedido en los famosos procesos judiciales de Moscú en los años treinta. Quería, simplemente, venganza y, de hecho, en parte la obtuvieron porque de una manera sumarísima mataron a bastante gente, militares o no, de los territorios recuperados y de los ocupados, como la misma zona alrededor de Berlín. Los ingleses, por su parte, no veían con buenos ojos un tribunal, y tampoco eran partidarios de un proceso con todas las de la ley en el que, entre otras cosas, saldría a relucir el trato que Inglaterra mantuvo con la Alemania de Hitler- -recuérdese la firma cuatripartita de los acuerdos de Múnich- Además, Inglaterra había vendido al ejército y a la Marina alemanas gran cantidad de armamento procedentes de sus fábricas y atarazanas. Únicamente uno de los aliados, representado por Roosevelt y después por Truman, quería realmente un tribunal jurídico con fiscales y defensores y testigos de ambas partes, es decir, con luz y taquígrafos. ¿Qué decían a todo esto los franceses? Como ya se sabe, Francia no se sentó ni en la conferencia de Teherán ni en la de Casablanca, ni en la de Yalta, ni, finalmente, en la de Potsdam. De Gaulle no perdonó nunca estas ausencias, pero como en el último momento, y no sin problemas de protocolo, Francia pudo sentarse como vencedor en las mesas de la paz, le co-