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26 8 07 VIAJES La ciudad para todos los públicos TEXTO Y FOTOS: MANENA MUNAR San Francisco o Vivir en San Francisco es un privilegio. Así lo afirman sus habitantes. ¿Será porque en San Francisco todo y todos tienen cabida? ¿Será por su perpetua niebla, que todo lo lava? Sea por lo que sea, es una delicia de ciudad a la que no le falta ni le sobra nada l despertador matutino de la ciudad suele ser el lánguido aullido de las sirenas, anunciando el paso de sus barcos entre la niebla al atravesar el puente del Golden Gate: la Puerta Dorada por la que hace apenas dos siglos llegaban navíos con un pasaje variopinto en busca de sus sueños y de un lugar en donde hacerlos realidad. De Asia, de Europa, de otras zonas de América... Muchos cruzaron el emblemático canal, especialmente allá por el 1849 cuando la Fiebre del oro atrajo a todo tipo de gente allende los mares. Hoy, San Francisco es el resultado de la mezcolanza que la vio crecer, y dentro de su arquitectura se codean las casas victorianas o eduardianas de influencia inglesa, con las misiones, iglesias, y barrios de corte español, con un Chinatown muy consi- E derable, y con una moderna City testigo de los tiempos que corren. Al igual que sus habitantes, yuppies y hippies artistas y comerciantes, los chicos de Silicon Valley y los predicadores callejeros que conviven en desenfadada armonía. Un punto clave desde donde espiar al Golden Gate asomando orgulloso entre la niebla, es el parque de Presidio. Allí sopla un viento constante, un tópico tan típico de San Francisco, como los tranvías, como la niebla, como las casas victorianas... Parada obligatoria en el Cliff House al comienzo de la kilométrica playa de Ocean Beach, en donde se degustan unas deliciosas ensaladas Louis de cangrejo o de gambas, y se observa una curiosa colección fotográfica de actores, que han sucumbido a los encantos del Cliff House, bien por la belleza de su enclave, bien por sus ensaladas, quizás por ambas. Los surferos apasionados se pelean con las olas del Ocean Beach, mientras que los más tranquilos vuelan sus cometas. Enfrente, en el parque del Golden Gate que rellena la ciudad de verdor, unos bailan rock en un magnifico anfiteatro, otros navegan los bucólicos estanques, o dan de comer a las ardillas, o visitan la Academia de las Ciencias de California y La Casa de Té Japonés. Hay actividades para todos los gustos... Bordeando el parque, desde la calle Fulton se adivina el Capitolio, blanco y reluciente y cogiendo el trolebús en la misma Fulton, se pasa por la plaza del Álamo, representativa de la época victoriana con sus casas de tejados picudos, y de la eduardiana con los tejados planos, lo poco que quedó en pie tras el terremoto de 1906. Viento y cangrejos Y llegando a la City aparecen los rascacielos, liderados por la famosa Pirámide de la Transamérica y se escucha el bullicio callejero. Tiendas, cafés, restaurantes, grandes almacenes; Macy s para todos los bolsillos, y Nieman Marcus para los más llenos. Festivales de distintos temas; el más famoso el de jazz de la calle Filomore. Cabalgatas de todo tipo, la más conocida la gay Jugadores de ajedrez que no levantan la cabeza del tablero allá vuelva a temblar la tierra, profetas del fin del mundo, predicadores... Y por fin se llega a Market St. arteria de la metrópolis, en donde esperan, entrañables decadentes, los tranvías que siguen fieles a su recorrido y trepan por las empinadas calles de San Francisco, pasando por Lombard St. serpenteada de hortensias. Tras mostrar unas vistas espectaculares, depositan a sus boquiabiertos pasajeros al lado del Café Buena Vista, ideal para tomarse una gigantesca cañita americana. Un vista- Los entrañables tranvías. La vida en la calle es estimulante y el verano, pródigo en actividades Jugadores de ajedrez que no levantan la cabeza del tablero allá vuelva a temblar la tierra, profetas del fin del mundo, predicadores... La City es un microuniverso