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24- 25 D 7 LOS DOMINGOS DE Tal vez ésa sea la magia de la peregrinación y su poder redentor, tan parecida a la de un buen libro: nadie acaba su lectura o su viaje de la misma manera que lo inició Sucede con el Camino de Santiago lo que con la vida o el amor: uno no puede irse de este mundo sin entregarse a él sin cortapisas al menos una vez Turno de comida, una pausa en los trabajos de la jornada Maniobras de cadetes y marineros: las tareas nunca terminan en un velero truos, sino en el sentido de fin del mundo material donde, la cohabitación entre los vivos y los muertos se producía por poderoso y sagrado nexo con la tierra. La recuperación de este viaje ancestral que se ha culminado esta semana es, ya de entrada, un hallazgo atribuible a la Dirección General de Turismo de Galicia, los Amigos del Camino de Santiago de la Comunidad Valenciana, la editora Silvia Pérez, y la inestimable labor de Emilio Ruiz Barrachina, escritor y director de cine, los organizadores de este viaje en nuestros descreídos días y, sin embargo, tan necesitados de fe, iniciado el siglo XXI, y con el nombre de Traslatio Xacobea- Literaria vo, que un buque insignia cargado de cadetes rusos, de la antigua y laica Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas sea la nao que repita la travesía de uno de los grandes apóstoles de la cristiandad. Desde Valencia a Cartagena, donde nos sorprendió un temporal inesperado que escoró el barco de estribor peligrosamente, hasta Málaga y Cádiz, desde la Tacita de Plata a Lisboa y de allí a Villa García de Aroussa, los jóvenes cadetes dieron una prodigiosa demostración de precisión y trabajo en equipo, de disciplina y generosidad con los viajeros foráneos, subiéndose a los intrincados mástiles y cuerdas como prodigiosos acróbatas, de día o de noche, hubiese temporal o calma chicha, en un peligroso espectáculo de lo que el ser humano es capaz cuando trabaja con otros. El capitán nos contó, incluso, que había algún joven marino que descendía de españoles exiliados en sus tierras. Otro ejemplo de generosidad y de labor común fue la de los peregrinos a bordo, entregados en la cotidianidad del día a día entre ellos, con los marineros rusos y, sobre todo, con la arisca y solitaria tribu de los escritores, a los que asumieron con la sabiduría de muchos años de ca- Para un escritor, este camino conserva todas las resonancias míticas, rituales, literarias, que suponen un aliciente en sí para embarcarse, aunque no es el único minar juntos, con una enorme entrega y afecto en estado puro. No me extrañaría que, la pacífica relación y aclimatación de los escritores en el barco, acostumbrados a una vanidad sobredimensionada y a solitarios odios contra los otros integrantes del gremio, no fuese otro milagro de Santiago, ayudado por el sedante oleaje y el nombre del navío. En algún momento se podría pensar que tanto escritor junto, como Marta Rivera de la Cruz, Fernando Marías, Basilio Rodríguez Cañada, Gustavo Martín Garzo, Ramón Pernas, Francisco Quintero, Milagros Frías, Luisa Castro, Beatriz Becerra, Rosa Regás, Juan Bolea, Fanny Rubio, Juan Manuel de Prada, Espido Freire, Almudena de Arteaga y Fernando Martínez Laínez, entre otros, podía terminar como Asesinato en el barco peregrino por emular el mítico relato de Agatha Christie Asesinato en el Orient Tentaciones en cubierta A bordo de la paz Para un escritor, este camino conserva todas las resonancias míticas, rituales, literarias, que suponen un aliciente en sí para embarcarse, aunque no es el único. El hecho de que el barco que nos ha transportado fuera el buque escuela ruso Mir cuyo nombre significa Paz no deja de ser doblemente simbólico y surrealista, por lo que reverbera que un navío bautizado con ese nombre nos lleve dentro en este viaje y, en segundo lugar y no menos llamati- Express o, como en la perversa y divertida novela Diez Negritos tema que a alguno daría para un buen libro, pero no llegó la sangre al mar. Hubo uno más insoportable que otro, alguno más integrado que el resto, y, aunque por tener tuvimos hasta un escritor polizonte que dijo ser acreditado por un periódico, cosa que no resultó ser cierta, y que parece imprescindible en todo viaje literario que se precie, tuvo el detalle de no traerse a sus negros de burdosllers históricos, y los peregrinos y cadetes, escritores o no, decidimos no echarlo por la borda al estilo Errol Flynn. Aunque he dicho el pecado omitiré el pecador, que al fin y al cabo la peregrinación tiene eso, que a uno lo hace mejor que lo inició. Tal vez esa sea la magia de la peregrinación y su poder redentor, tan parecida a la de un buen libro: nadie acaba su lectura o su viaje de la misma manera que lo inició y, si es de verdad, uno no sólo termina enriquecido vivencialmente, sino mejorado. Podría perderme en poéticas digresiones sobre la belleza de los atardeceres, del viento en las lonas y velámenes, de los delfines que jugaron con su proa como una bendición divina de buena travesía, con los versos que se leyeron en la popa una tarde mientras los marineros tocaban instrumentos y mezclaban su música y su idioma con el nuestro, los gestos de camaradería, y hasta las perversas y en el fondo inocentes bromas entre los escritores, desvalidos tan fuera de su medio, e insignificantes ante la omnipotencia secular del Mediterráneo o del Atlántico, pero sólo sería un artificio tan recurrente como cierto. Lo importante es que sucede con el camino de Santiago lo que con la vida o el amor: uno no puede irse de este mundo sin sentirlo y entregarse a él sin cortapisas al menos una vez. Esa es la poderosa razón de esta travesía por océano y tierra, de estos caminos de mar y viento: ser conscientes de nuestra grandeza dentro de nuestra minúscula existencia en comparación con el poder de los elementos. De nuestra consciente insignificancia dentro de las aguas del universo y del tiempo, al que damos sentido. De nuestra pertenencia a la vida a la que tenemos que ir a buscar poniendo los pies en la senda, saliendo de nosotros mismos. Lo dijo Antonio Machado, un enorme poeta mucho antes que yo, y mejor: Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar